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29 de mayo de 1998

El espacio: Nuevo monopolio estatal

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por Edward Hudgins

Edward Hudgins es el Director de estudios de la regulación estatal en Cato Insitute y editor de la revista Regulation.

El vuelo espacial de John Glenn en 1962 fue un acto de heroísmo ejemplar, pero el plan de darle al senador Glenn un asiento en el transbordador espacial es "pan y circo" para las masas. Es la manera de distraer al público de los astronómicos gastos de la NASA.

¿Por qué John Glenn, 35 años después de haber hecho su primer vuelo espacial no puede tomar un vuelo comercial al espacio? Simplemente porque ninguna agencia estatal manejada con la eficiencia del Pentágono o del correo jamás alcanzará el sueño de estaciones espaciales o bases en la luna que sean comercialmente viables.

Pongamos los vuelos espaciales en su perspectiva histórica. El primer vuelo de los hermanos Wright fue en 1903 y Charles Lindberg cruzó el Atlántico en 1927. Desde fines de los años 30, el primer avión comercial exitoso, el DC-3, estaba volando regularmente en diferentes rutas. Pero 35 años después del viaje espacial de Glenn, repetirlo sigue siendo un costosísimo lujo que sólo el gobierno de Estados Unidos está dispuesto a sufragar.

¿Podríamos esperar una situación diferente? Sí, si NASA se hubiera retirado del negocio espacial civil, luego del primer aterrizaje en la luna. Lo sucedido en ese lapso de tiempo en otras áreas respalda esta afirmación. Por ejemplo, el costo de los pasajes aéreos se ha reducido, ajustado a la inflación, en 30% desde que comenzó la desregulación de la industria, a fines de los años 70. Pero el transbordador de NASA más bien ha hecho más costosos los viajes espaciales.

El especialista espacial David Gump estima que aún usando las cifras de NASA, el costo de llevar en el transbordador una libra de peso al espacio costaba $6.000 en los años 80, mientras que en el cohete Saturno V que llevó a los astronautas a al luna costaba $3.800.

El profesor Alex Roland cree que tales cifras no toman en cuenta todos los costos del transbordador que en realidad suman $20.000 por libra de peso transportada. Así es que el costo de las estampillas para enviar a John Glenn ahora al espacio como carga sería de unos $5.600.000. Pero como pasajero de un vuelo en el transbordador, con una tripulación de siete personas y un costo de $1.500 millones por vuelo, el pasaje del Sr. Glenn se dispara a unos $286 millones.

El gobierno ha tenido múltiples oportunidades para cederle actividades espaciales al sector privado, pero desde los años 70, NASA se ha estado desplazando desde la ciencia hacia el transporte de carga espacial y ha querido monopolizar la carga oficial, además de subsidiar la carga privada, rechazando las ofertas de la American Rocket Co.

A fines de los 80, Space Industries de Houston ofreció lanzar una mini estación espacial por $750 millones para transportar carga gubernamental y privada, antes que NASA construyera su propia estación. NASA no lo permitió y el costo de desarrollar, construir y operar su propia estación se estima en $100.000 millones.

Cada transbordador lleva consigo un tanque de combustible de 17 pisos de alto a lo largo del 98% de su recorrido, que luego desprende y se hunde en el mar. NASA con un pequeño costo adicional hubiera podido promover empresas privadas para colocar esos tanques en órbita. Los casi 90 viajes del transbordador a la fecha implican que 90 plataformas con un espacio interior de 11 hectáreas (casi el tamaño del Pentágono) podrían estar girando en el espacio en este momento. Y allí podría funcionar una base del sector privado para estudiar el efecto de la no gravedad en hombres de la edad de John Glenn, además de las otras cosas que inventen hacer los empresarios. Pero eso eliminaría la necesidad de gastar los $100.000 millones en la estación espacial gubernamental.

Mientras NASA controle el espacio no avanzaremos hacia el día en que haya viajes espaciales al alcance del bolsillo de la gente. La lección de este segundo viaje de John Glenn es que al ignorar el factor económico, los entusiastas de NASA ponen en peligro el futuro del transporte espacial.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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