29 de mayo de 1998
En el Banco Mundial, el dinero no importa
por Ian Vásquez
Ian Vásquez es Director del Centro para la Libertad y la Prosperidad Global del Cato Institute.
Uno de los mayores proyectos de infraestructura de América Latina, el gasoducto de 3.200 kilómetros que a un costo de 2.100 millones de dólares llevará gas boliviano a Brasil, parece a primera vista un triunfo del libre mercado. A lo contrario de otras grandes obras tradicionales, el gasoducto aparenta ser un proyecto privado en el lado boliviano y, del lado brasileño, es el primer proyecto de gas con participación privada.
Pero el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo son fuentes importantes de fondos, lo cual provoca serias dudas sobre la viabilidad del proyecto y sobre lecciones que las agencias de desarrollo han debido aprender a través de los años.
Al Banco Mundial le llevó décadas reconocer que sufría de una "cultura del préstamo", aflicción que el BID, más hermético, todavía no admite. A los gobiernos latinoamericanos les ha tomado 50 años descubrir que la planificación estatal -generosamente financiada por esos dos bancos- no funciona. Las agencias de ayuda externa ahora predican las virtudes del mercado, pero en proyectos de infraestructura contradicen su propia retórica.
No hay duda que la creciente demanda de energía en Brasil excede la oferta. Como siempre, se habla del potencial de crecimiento del Brasil, en apoyo de proyectos financiados por el gobierno. Pero, el intento de cubrir las necesidades sin evaluación adecuada de costos y riesgos -a lo que el experto en desarrollo Peter Bauer llama "economía sin precios"- típicamente conduce a más deuda que desarrollo.
El Banco Mundial ha conducido un análisis de costo/beneficio que concluye que el gasoducto aunque rentable nosería financiado por el sector privado. De esa manera el Banco Mundial pone en duda el buen juicio del mercado, por incapaz de financiar proyectos a largo plazo e, inclusive, no contar con suficientes fondos para proyectos de tal magnitud.
Ese no es un argumento creíble. Los que se benefician del financiamiento subsidiado son algunas de las empresas más ricas del mundo, incluyendo los principales dueños de Gas Transboliviano (Enron y Royal Dutch/Shell), que con otras empresas privadas del lado brasileño gozan de ventas anuales po fmás de 75.000 millones de dólares. Si empresas de esa envergadura no están dispuestas a asumir todos los riesgos, probablemente hay buenas razones para que no se obligue a los contribuyentes de impuestos a hacerlo, vía los bancos de desarrollo.
No hay evidencia alguna que indique que las agencias multilaterales de créditos tienen una habilidad superior para adivinar el futuro. El presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn, admite que se equivocaron cuando hace poco alabaron la economía de Indonesia. El mismo Brasil es uno de los principales clientes del Banco Mundial y también fue una de las mayores víctimas de la crisis de la deuda en los años 80. Aunque el grueso de la deuda brasileña era con bancos privados, la expectativa implícita (posteriormente justificada) era que si algo sucedía con los principales países deudores, las agencias multilaterales acudirían al rescate.
El deseo de evitar repetir los mismos errores condujo a participar en proyectos privados como el gasoducto. Pero si las agencias multilaterales no están suplantando al financiamiento privado, sí están cuestionando el juicio del mercado en cuanto a la inversión. Eso es especialmente arriesgado en Brasil, país con un preocupante y creciente déficit fiscal que se ha negado a introducir verdaderas reformas.
De hecho, Brasil es uno de los países con menos libertad económica en América Latina. El Banco Mundial admite que una de las razones por las que no hay financiamiento privado adecuado para el proyecto es que "los mercados de energía en Brasil no han sido todavía suficientemente desregulados". Proveer ayuda bajo tales condiciones no tiende a promover reformas de mercado, sino que le permite a Brasil dejar de instrumentar las políticas que atraerían la inversión privada. James Burham, anterior director ejecutivo del Banco Mundial, dice que los bancos multilaterales de esta manera han frecuentemente desplazado a otras fuentes de financiamiento. Esto es especialmente cierto en el sector de energía, donde insiste que "capital local lo mismo que inversión extranjera se harían cargo si los gobiernos permitieran que las condiciones normales de mercado prevalecieran".
Los bancos multilaterales no se debieran entusiasmar en estar subsidiando a los grandes grupos empresariales en América Latina. Tailandia, Indonesia y Corea del Sur desde hace tiempo sufren de un problema que en gran parte causó la crisis actual: capitalismo de compadrazgo, algo de lo que ha sufrido América Latina por mucho iempo. La experiencia señala la necesidad de erigir una separación entre las empresas y los gobiernos. Ahora que América Latina avanza de la planificación hacia el mercado, estas prácticas sólo refuerzan viejas costumbres y la percepción popular que la economía de mercado sólo beneficia al rico a expensas del pobre.
Lamentablemente, los bancos de desarrollo siguen apoyando a las empresas estatales. Los préstamos para el gasoducto van a una empresa brasileña cuyo principal accionista es Petrobras, la empresa estatal. Y, peor todavía, Petrobras se está metiendo en Bolivia, ayudando a financiar el gasoducto allá. El consultor en temas de energía Roberto Hukai declaró al Financial Times en 1996, mucho antes que se involucraran los bancos de desarrollo, que "al sector privado le encantaría construir el gasoducto sobre una base económica, pero el gobierno insiste en darle el control a una inmensa empresa estatal".
Está claro que el gobierno brasileño planea reducir eventualmente la participación de Petrobras en la empresa de gas. Pero eso sólo subsidiará ganancias caídas del cielo al sector privado, a costa de los contribuyentes de impuestos. Quizá el Banco Mundial debe hacer caso a los consejos sobre privatización de su propio libro, publicado en 1995, "Desencadenando al sector privado: una historia latinoamericana": "Las nuevas inversiones en la rehabilitación, modernización o expansión (de las empresas estatales) deben ser dejadas a los futuros dueños".
Este apoyo al gasoducto recuerda los esfuerzos, en última instancia desestabilizadores, del presidente brasileño Juscelino Kubitschek en los años 50, con los que intentaba "50 años de progreso en cinco". Puede que los bancos multilaterales estén ahora apoyando proyectos privados, pero un desarrollo forzado no funcionará mejor que antes. Brasil puede y debe alcanzar un rápido crecimiento con altos flujos de capital privado. Eso requerirá una amplia liberalización, proceso que tendrá mayores posibilidades de éxito si Brasil le saca el cuerpo a las presiones institucionales de los bancos de desarrollo para prestarle dinero.
Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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