26 de enero de 2009
Políticas que Obama debería enterrar
por Ted Galen Carpenter
Ted Galen Carpenter es vicepresidente de Estudios de Defensa y Política Exterior del Cato Institute y autor o editor de varios libros sobre asuntos internacionales, incluyendo Bad Neighbor Policy: Washington's Futile War on Drugs in Latin America (Cato Institute, 2002).
Lord Salisbury, quien se desempeñó como secretario extranjero inglés a fines del siglo dieciocho, observó que “el error más común en política es mantener los cadáveres de medidas muertas”. Mientras que Barack Obama entra a la Casa Blanca, varias venerables políticas estadounidenses apestan a decadencia. Tres políticas tienen la particular necesidad de ser sepultadas durante los primeros meses de gobierno del nuevo presidente.
La primera es nuestro intento —que está por entrar en su sexta década— de aislar a Cuba. Cualquiera que haya sido el razonamiento para esa medida durante la guerra fría, cuando los líderes estadounidenses veían al régimen de Fidel Castro como un aliado de la Unión Soviética y una peligrosa y desestabilizadora influencia por sobre el hemisferio occidental, la justificación se debilitó considerablemente una vez que la Unión Soviética colapsó. Además, inclusive durante la guerra fría, el intento de aislar a Cuba no funcionó terriblemente bien. Gran parte de la comunidad internacional, incluyendo a Canadá y gran parte de los aliados más cercanos a EE.UU., gradualmente retiraron su apoyo a la política de Washington y buscaron relaciones diplomáticas y económicas sustanciales con la Habana. Esa tendencia se ha acelerado en el mundo después de la guerra fría.
El embargo económico estadounidense ha causado daño al pueblo cubano, ya que la pérdida del mercado estadounidense hizo de un país ya empobrecido por los disparates económicos marxistas aún más pobre. Sin embargo, no ha causado la caída del sistema comunista o siquiera incomodado seriamente a la elite política en Cuba. De hecho, le ha dado al régimen comunista el chivo expiatorio perfecto para los crónicos fracasos económicos del país, silenciando así a la potencial oposición doméstica.
Luego de alrededor de medio siglo del fracaso de esta medida, es hora de intentar algo nuevo. Gran parte de la política de Washington hacia Cuba ni siquiera ha sido guiada por consideraciones racionales de política exterior. En cambio, ha sido el producto de cálculos de política doméstica, específicamente la percibida necesidad de aplacar a las comunidades cubano-americanas tremendamente anti-comunistas de Florida y otros pocos estados que tienen bloques cruciales de votos electorales en las elecciones presidenciales de EE.UU.
Pero los tiempos han cambiado y también debería hacerlo nuestra política hacia Cuba. La sucesión de Raúl Castro como el nuevo líder del país ya ha derivado en señales de pragmatismo y, tal vez, un prospecto de reformas económicas serias. En EE.UU., una porción considerable de la comunidad cubano-americana respalda ahora el diálogo en lugar del aislamiento hacia la isla. Esa actitud es especialmente popular entre los más jóvenes de los cubano-americanos. Particularmente, Cuba ya no es un peón geopolítico que puede ser explotado por un superpoder rival a EE.UU. El gobierno de Obama debería empezar a negociar con la Habana para restaurar las relaciones diplomáticas, y Obama en sí debería presionar al congreso para liberalizar, sino eliminar, el sistema de sanciones económicas.
La política de Washington de intentar hacer de Irán un paría ha estado en su lugar por treinta años, más de medio siglo en el caso de Cuba, pero es igual de mal concebida. El régimen islámico en Teherán está entre los gobiernos más represivos del mundo y es un conocido auspiciante de movimientos terroristas, pero como en el caso de la política estadounidense hacia Cuba, el intento de aislar Irán en gran parte ha fracasado. Es cierto que el gobierno de Bush ha inducido al Consejo de Seguridad de la ONU a imponer sanciones económicas en respuesta al programa nuclear de Teherán, pero los países claves incluyendo aliados tan importantes de EE.UU. como Francia y Alemania, mantienen considerables lazos de inversión y comercio con Irán.
Aunque les guste o no a los políticos estadounidenses, Teherán es un gran poder en el Medio Oriente, y jugará un papel importante en varios aspectos. Como el vecino de Irak, Irán tendrá una influencia significativa sobre ese país, especialmente en lo que respecta a sus correligionarios shiitas que constituyen 60 por ciento de la población iraquí y controlan el gobierno en Bagdad. Habrá poca estabilidad en Irak luego del retiro de fuerzas estadounidenses si es que Teherán no colabora. De igual manera, los prospectos de estabilidad en Líbano o de un progreso en el conflicto israelí-palestino requieren de una postura constructiva de Irán. Inclusive la misión estadounidense en Afganistán podría convertirse más precaria de lo que es ahora si Irán decide silenciar su anterior hostilidad hacia los militantes sunitas de al-Qaeda y el Talibán. El gobierno de Obama debería emprender un esfuerzo para normalizar sus relaciones con Irán. Eso significa tener una voluntad de negociar sin condiciones a un amplio rango de cuestiones —no solamente el programa nuclear, sino también la posición general de Irán acerca de Irak y sus políticas a lo largo del Medio Oriente. Tal cambio de estrategia necesita que EE.UU. acepte a Irán como un jugador regional importante, y una admisión tácita de que la actual política estadounidense es obsoleta y contraproducente.
El último cadáver político es la guerra contra las drogas de EE.UU. —tanto su aspecto doméstico como el internacional. Los líderes estadounidenses se han apegado a una política prohibicionista desde que se aprobó la Ley Harrison en 1914 y han buscado un esfuerzo intensificado para eliminar el narcotráfico de drogas y el uso de drogas desde que Richard Nixon declaró una “guerra” contra las drogas a principios de la década de los setentas.
La prohibición de drogas es otra política vieja que ha producido pocos resultados positivos. A pesar del gasto de cientos de miles de millones de dólares en la creación de una grande burocracia para la guerra contra las drogas a nivel federal, de estados y local, las tasas de uso de drogas son hoy más altas que cuando Nixon inició su cruzada. Mientras tanto, hemos llenado nuestras cárceles de violadores de leyes contra las drogas, incurriendo un costo enorme para los contribuyentes. Más del 60 por ciento de los encarcelados en prisiones federales y alrededor de un tercio de aquellos en las cárceles a nivel de estados están ahí debido a ofensas relacionadas con las drogas. La inmensa ganancia en el mercado negro que resulta de la prohibición derivó en que el año pasado hayan violentas peleas entre pandillas que trafican droga en varias ciudades de EE.UU.
El componente internacional de la guerra contra las drogas ha producido resultados igual de perversos. Washington coima y presiona a los gobiernos de naciones de donde proviene la droga —especialmente Colombia y otras naciones andinas, México y Afganistán— para librar una guerra en contra del comercio de droga. Como en el frente doméstico, la atractiva ganancia de mercado negro garantiza que el comercio será dominado por elementos criminales sin escrúpulos, quienes utilizarán sus amplios recursos para corromper e intimidar a los funcionarios gubernamentales. Los esfuerzos de Washington para reducir la oferta ahora se encuentran en su cuarta década de fracaso. Por ejemplo, a pesar de gastar más de $5.000 millones a lo largo de ocho años en Plan Colombia —el programa para erradicar drogas en la región andina— un reporte reciente de la Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno (GAO, por su sigla en inglés) confirmó que la cantidad de cocaína, la principal droga exportada desde la región, de hecho ha aumentado. Lo mismo se puede decir de una variedad de drogas provenientes de México.
La guerra contra las drogas es tanto cruel como fútil. La prohibición no funcionó cuando se la aplicó al alcohol en los 1920 y a principios de los 1930s, y esa estrategia no está funcionando hoy con respecto a la marihuana, la cocaína, y otras drogas ilegales. El Presidente Obama debería exigir una reconsideración comprensiva de esa política.
Es difícil deshacerse de los cadáveres pesados de políticas muertas. Pero una de las virtudes de una elección presidencial es que al principio de un nuevo gobierno se crea la oportunidad para las ideas frescas. En lugar de estar cargado con políticas que han fracasado por décadas y que no muestran prospecto real alguno de rendir frutos en el futuro, el Presidente Obama debería realizar unos muy retardados entierros.



























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