El Salvador: Engañados, pero felices

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El Salvador: Engañados, pero felices

17 de Enero de 2013
Cristina López G. es abogado salvadoreña con maestría en políticas públicas de Georgetown University.

A finales del pasado junio, la New Economics Foundation realizó entre bombos y platillos, el lanzamiento de su tercer Índice del Planeta Feliz (HPI, por sus siglas en inglés). Debido a que lo usual en nuestro país es que las estadísticas más consumidas y comentadas sean las del fútbol o las de la cantidad diaria de homicidios, los resultados de un índice estadístico tan poco conocido habrían pasado desapercibidos para la mayoría, y sin embargo, fueron de lo más comentado y compartido a nivel de redes sociales.

Con enorme orgullo, se compartió y celebró como gran “logro” que El Salvador estaba en el quinto lugar del ranking. Instituciones gubernamentales fueron incluso más allá de la generalizada algarabía que le dio viralidad al suceso en redes sociales y dedicaron al respecto notas de prensa en sus páginas web, con titulares tan rimbombantes como definitivos: “El Salvador es el quinto país más feliz del mundo”.

Llama la atención cómo en un país donde hasta el presidente del órgano legislativo da muestras de un escepticismo tal que ha incluso cuestionado la legitimidad de opiniones como la de la Relatora Especial de las Naciones Unidas sobre la Independencia Judicial, muchos (incluidos equipos de comunicación de instancias gubernamentales, periodistas y políticos) hayan decidido tomarse como cierta, y no meritoria de cuestionamiento alguno, la publicación hecha por una fundación poco conocida, simplemente porque decía exactamente lo que querían oír.

Se ignoró que el nombre del índice era completamente engañoso. No se refería a la felicidad como estado de ánimo o medida de bienestar, ni encuestaba a muestras de la población para llegar a determinadas conclusiones. El Índice, elaborado por un tanque de pensamiento que ha sido blanco de múltiples críticas por parte de expertos debido a los supuestos en los que basan sus resultados, llamaba “felicidad” a la multiplicación de la esperanza de vida de un país por un número determinado por ellos mismos al que llamaron “Bienestar Experimentado”, dividido entre la “huella ecológica”. Justificaban el título diciendo que no debe ser el bienestar económico o el desarrollo humano lo que determine la felicidad, sino la “sostenibilidad”.

Tanto para “huella ecológica” como para “sostenibilidad” hay tantas definiciones como opiniones, por lo que los resultados obtenidos son a lo mucho, subjetivos más que científicos. La ausencia de huella ecológica está, para sorpresa de nadie, altamente relacionada con la ausencia de industrialización y en el caso de muchísimos países, de desarrollo. Si bien es cierto que si la amistad o puestas de sol fueran producto de exportación seríamos una de las naciones más desarrolladas del mundo, muchas de las penurias que sufre la ciudadanía salvadoreña se originan de la ausencia de desarrollo y la bajísima productividad en nuestro país, lo que difícilmente puede traer bienestar o felicidad, por mucho que se le quiera llamar así.

Otra metida de pata de los “expertos” fue asignar valores normativos y no positivos a sus postulados basando su índice en lo que les parece que debería ser y no en lo que es. El estudio es por lo tanto, tendencioso e hipócrita. La hipocresía de estos expertos radica en llamar “sostenible” y “verde” a la ausencia de energía eléctrica que impide a una familia encender un foco cada noche y decirle “feliz” al niño que por la ausencia de ese foco, no puede estudiar en óptimas condiciones.

Por eso es que otros índices que no cometen el pecado de disfrazar agenda política de estadística son mucho más útiles en describir la realidad de un país y realizar predicciones sobre el rumbo hacia el que se dirige. Pero esos son menos útiles para tapar el sol con un dedo.

Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de Hoy (El Salvador) el 13 de enero de 2012.