Cuando Los liberadores se convierten en invasores

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Cuando Los liberadores se convierten en invasores

28 de Septiembre de 2004
Christopher A. Preble es director de Estudios de Política Exterior del Cato Institute.

El apasionado discurso del Senador Demócrata Zell Miller en la reciente Convención Nacional Republicana fue notable. El ex-Marine parece haber sido particularmente irritado por la sugerencia de que las fuerzas norteamericanas en Irak eran invasoras y no liberadoras. Él replicó que las tropas norteamericanas no son jamás invasoras – que son, y que solo pueden ser, liberadoras.

Esa es su opinión. Pero su opinión no importa. La opinión de los iraquíes es lo que importa.

Las fuerzas norteamericanas que en abril del 2003 pueden haber sido liberadoras son, hoy en día, en Septiembre del 2004, vistas ampliamente como invasoras. Estos sentimientos se han estado acumulando por meses. Cuando en abril del 2004 se les preguntó si veían a la coalición liderada por EE.UU. como “liberadoras” o “invasoras”, 71 por ciento de los que respondieron dijeron “invasoras”. Según otra encuesta hecha en julio, dos terceras partes de la población iraquí eran “fuertemente” o “parcialmente” opuestas a la presencia militar extranjera en su país.

Históricamente, las fuerzas norteamericanas han sido usualmente vistas como liberadoras—por ejemplo, cuando expulsaron a ejércitos extranjeros de países ocupados. Los Estados Unidos lideró las fuerzas que sacaron a las tropas alemanas de Francia en 1944. Fuimos vistos como liberadores; por nuestros actos, y por el sacrificio de miles de soldados norteamericanos, los Estados Unidos liberó al pueblo de Francia del yugo de opresión Nazi. Fuerzas norteamericanas, junto con británicos, canadienses y otros aliados, liberaron a los holandeses y a los belgas tan solo unos meses después.

En 1991, las fuerzas norteamericanas liberaron Kuwait, un país de or í igen es dudoso s liderado por un gobernante s de legitimidad cuestionable, pero sin embargo una nación-estado soberana, reconocida como tal por la ley internacional. Cuando Saddam Hussein declaró a Kuwait una provincia perdida renegada de Irak , y cuando mandó tropas I iraquíes a la frontera bajo el pretexto de devolverle los territorios al pueblo I iraquí, poca gente vio sus acciones como otra cosa que no fuese una invasión no provocada. Unos meses más tarde, los K kuwaitíes nos acogieron como liberadores cuando expulsamos al ejército extranjero de sus tierras.

Desafortunadamente, aún cuando sus intenciones son nobles, los ejércitos de liberación pueden convertirse en agentes de invasión si no regresan rápidamente el poder a la población en cuestión. Por ejemplo, los Estados Unidos coercionó a las fuerzas Japonesas a evacuar el Sudeste de Asia – un acto de liberación celebrado por, entre otros, Ho Chi Minh. Pero las fuerzas japonesas habían a su vez desalojado a las fuerzas francesas. Y cuando políticos norteamericanos decidieron nuevamente invitar a los franceses a la región, Ho y otros nacionalistas vietnamitas vieron deslealtad, y no grandeza, en nuestro seudo acto de liberación.

Y, ocasionalmente, los ejércitos de liberación norteamericanos se pueden convertir, no sólo en agentes de invasión, pero en invasores en sí. A decir verdad, y a diferencia de imperios del pasado, la estrategia norteamericana raramente comienza con tales objetivos de guerra. Y si nuestra seguridad verdaderamente dependiese en mantener indefinidamente tropas norteamericanas en un país extranjero, entonces la mayoría de norteamericanos apoyaría estos despliegues y a pocos les importaría si a nuestras tropas les llaman invasoras.

Pero la seguridad norteamericana raramente depende de tropas norteamericanas en tierras extranjeras, y es usualmente debilitada por ello. Los Estados Unidos desterró al decrépito Imperio Español de uno de sus últimos bastiones en las Filipinas en 1898, aún cuando España no representaba amenaza alguna. En tan sólo unos cuantos meses, los planes norteamericanos de devolver el poder a los filipinos fueron descartados. Y las fuerzas norteamericanas se encontraron inmersas en una batalla contra amargas insurgencias que persistieron por más de una década. Un manojo de norteamericanos murió para liberar a los filipinos de los españoles; más de 4,000 murieron en la lucha por consolidar la independencia filipina. Con lo trágicas que fueron esas muertes, fueron excedidas en número por las del otro bando. Algunos estimados calculan el saldo de filipinos muertos en más de 200,000.

Estamos en peligro de repetir nuestros errores de un siglo atrás. En el 2003, ningún ejército extranjero invadió Irak, y su sangriento gobernante no estuvo bajo control de poder extranjero alguno. Saddam Hussein era un tirano, pero era un iraquí. El objetivo de la política norteamericana debería ser la de regresar una completa, real y genuina soberanía al pueblo iraquí, quien luego debe determinar su propio destino, en el entendimiento de que sus acciones no representen una amenaza para los Estados Unidos. Y debemos irnos. Si no lo hacemos, entonces las intenciones nobles detrás de la invasión norteamericana de Irak serán completamente ensombrecidas por la humillación de la ocupación.