El Salvador: Disciplina, votos y sistemas electorales

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El Salvador: Disciplina, votos y sistemas electorales

8 de Noviembre de 2012
Manuel Hinds es ex Ministro de Finanzas de El Salvador y co-autor de Money, Markets and Sovereignty (Yale University Press, 2009).

El tema de la compra de votos en la Asamblea Nacional apareció recientemente con las acusaciones que ARENA hizo de que GANA había tratado de comprar a algunos de sus diputados. Aunque la acusación desapareció tan súbitamente como apareció, el tema ha quedado vivo.

Muchas personas creen que debe legislarse para forzar a los diputados a votar siempre con su partido, evitando así las disensiones. Si este fuera el objetivo, la manera más práctica de lograrlo sería tener sólo un diputado por partido político, dándole un número de votos en la Asamblea que sería determinado por el número de votos ciudadanos recibidos por el partido en cada departamento. Es decir, en las elecciones el pueblo no elegiría diputados sino que determinaría el número de votos legislativos que tendría el diputado de cada partido político.

Así, por ejemplo, en vez de que ARENA tenga 33 diputados, el diputado único de este partido tendría 33 votos, el del FMLN 31, y así los de los otros partidos. En realidad, no tiene sentido tener 84 diputados si con cinco se puede manejar la Asamblea más eficientemente y evitando cualquier falta a la disciplina partidaria.

El problema de este sistema es que no puede asumirse que mantener el poder político en manos de las cúpulas partidarias sea el objetivo fundamental de nuestro sistema electoral. Las sospechas de compra de votos en la Asamblea, que han sido penosamente comunes en nuestro país, replantean el conflicto que existe entre dos mandatos constitucionales, uno que especifica que la representación del pueblo se ejercerá a través de los partidos políticos, y el otro que especifica que los representantes del pueblo responden únicamente ante el pueblo mismo, y por lo tanto son libres de votar de acuerdo a su consciencia.

Para resolver un conflicto entre dos mandatos constitucionales es necesario determinar cuál de los dos está basado en un principio más fundamental. No hay duda de que el mandato que debe privar es el de que los representantes deben representar al pueblo, no a los partidos, y que por lo tanto son libres de votar de acuerdo a su consciencia. De otra forma, si los diputados tuvieran que obedecer a sus cúpulas, se iría en contra del principio fundamental que dice que el soberano es el pueblo. Los soberanos serían los de las cúpulas.

Esto es lo que está pasando ahora y no protestamos por la usurpación del poder. Aceptamos esta anomalía tan naturalmente que en la discusión del problema la desobediencia de los diputados no se relaciona con el mandato del pueblo sino con los mandatos de las cúpulas —de los dueños, podríamos decir, de los partidos. La discusión es para encontrar una manera en la que unas cúpulas no les puedan robar diputados a otras cúpulas. Nadie discute cómo hacer para que las cúpulas o los diputados no les puedan robar votos a los ciudadanos votando en contra de sus deseos, algo que pueden hacer aunque voten en bloque con toda la disciplina del mundo si la cúpula, no el pueblo, es la que manda.

Este es el problema fundamental que hay que resolver. El robo de votos es sólo una de las manifestaciones de esa usurpación de poder que han hecho las cúpulas.

Aun en el sistema mixto actual de votación —por candidato y por partido— el pueblo no tiene manera alguna de hacerle sentir su poder ni a los partidos ni a los diputados. Puede asegurarse de que alguien salga electo, pero no puede desalojar a un diputado que ha hecho algo que al pueblo no le gusta —sea venderse a otro partido, u obedecer ciegamente a su cúpula sin tomar en cuenta los deseos del pueblo. Esto sucede porque un diputado puede salir electo aunque no reciba un solo voto si es que está arriba en la lista de su partido. Por eso, los diputados sienten que tienen que quedar bien con la cúpula, o con la cúpula de otro partido que los compre, no con el pueblo.

Para devolver el poder al pueblo, hay que dejar a los diputados solos frente a sus electores, estableciendo distritos electorales que elegirían a un solo diputado. Esto haría al diputado totalmente responsable ante sus electores. Si ella o él hicieran algo que a sus electores no les gusta, no lo reelegirían en la siguiente elecciones —no importando si ese algo que a los electores no les gustó fuera venderse o alquilarse a otro partido, o no tener columna vertebral para votar con su consciencia en defensa de los intereses de sus electores.

Sólo con un sistema como este podremos terminar con la usurpación que las cúpulas y los diputados han hecho de la soberanía del pueblo.

Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de Hoy (El Salvador) el 5 de noviembre de 2012.