La carreta antes de los bueyes

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La carreta antes de los bueyes

7 de Noviembre de 2012
Cristina López G. es abogado salvadoreña con maestría en políticas públicas de Georgetown University.

La generación del milenio, la más educada de la historia, se ha ganado la tapa de los diarios por llenar la Puerta del Sol, ocupar Wall Street y diferentes ciudades del mundo, exigiendo cambios y respuestas, protestando temas como el desempleo, la corrupción en los gobiernos y corporaciones, entre otras cosas. Protestando síntomas pero en algunos casos pidiendo como remedio más de aquello que causó la enfermedad: más gobierno y más Estado de Bienestar.

Es un hecho que el Estado de Bienestar está en crisis: los déficits han arrinconado a muchos gobiernos al borde del colapso fiscal, dejando al paso muchas promesas rotas basadas en populismo electorero y no en verdadera sostenibilidad. La tentación perversa de los políticos, es continuar haciendo estas promesas a sus votantes hoy y postergar la responsabilidad de cargar con el peso de los déficits que siguen creando a su paso a nosotros, la generación del milenio.

Es precisamente lo anterior lo que le da a esta generación toda la legitimidad de protestar: el tener que cargar con la deuda de un sistema insostenible, cuyos beneficios no llegaremos a disfrutar porque habrá colapsado mucho antes y cuya única posibilidad de supervivencia implica sacrificar crecimiento económico a cambio de gasto estatal, generando peores males: desempleo, inflación, y pobreza, o en otras palabras, abonando a la relación negativa entre el crecimiento estatal y el crecimiento económico que tan bien ha demostrado el economista de la Universidad de Harvard Robert Barro.

El crecimiento del Estado de Bienestar es lo que continúa creando las burbujas que revientan en dolorosas crisis financieras que terminan afectando más y de peor manera, a los más pobres a quienes supuestamente se quería ayudar en primer lugar.  Por muy buenas que sean las intenciones, los resultados hacen que los gobiernos terminen en un ciclo parecido al de un perro que se persigue la cola: por un lado, con una mano instalan programas de transferencia de dinero para subsidiar necesidades básicas como la alimentación de las familias más pobres mientras que con la otra mano, interviene en la economía y en la agricultura creando distorsiones que encarecen los precios de la comida.

Muchos justifican la continuidad del modelo en el éxito de países como Suecia, olvidando que el crecimiento económico precedió por mucho al crecimiento del aparato del Estado de Bienestar, como prueba recientemente el académico Nima Sanandaji. Intentar lograr el crecimiento económico que aliviará las crisis de desempleo y devolverá la esperanza a la generación más preparada de la historia al mismo tiempo que se continúan agregando programas populistas y gasto estatal es tan práctico como poner la carreta delante de los bueyes.

El reto para la generación del milenio es enorme: lograr una transición pacífica y exitosa de la crisis al progreso, de la pobreza a la movilidad social, de la dependencia a la participación ciudadana activa, procurando el crecimiento económico que permita ampliar las oportunidades para todos, y no solo para los sectores que podrían beneficiar con votos a gobiernos populistas. Lo anterior es un llamado a la responsabilidad individual: al ahorro y a la prevención para el futuro, además de incurrir en un voluntariado activo para lograr avances relevantes en la lucha contra la pobreza. Pretender que sea solo el Estado el responsable de ayudar al prójimo necesitado no es más que la comodidad hipócrita de no querer actuar personalmente.

Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de Hoy (El Salvador) el 29 de octubre de 2012.