Educación y libertad

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Educación y libertad

20 de Septiembre de 2002
Roberto Salinas-León es presidente del Mexico Business Forum.

Es común reconocer que la educación es el "activo" más importante de una sociedad. Y más común decir que el la fuerza motriz del desarrollo. El debate educativo en México, sin embargo, se ha degenerado a porcentajes de gasto público en educación (el "gasto social"), al tema de la UNAM, o a las necesidades de financiar el desarrollo vía más gasto educativo. No hay un enfoque sobre la calidad de la educación, sobre la reforma educativa, y sobre como se puede despolitizar la educación.

Tristemente, el esquema llamado bono educativo brilla por su ausencia en el debate, por no decir los papeles de la libertad de elección o de una cultura educativa en la sociedad civil.

El argumento alrededor de la libertad de elegir es contundente. Los estudiantes saben más sobre sus necesidades educativas o su futuro educativo que la burocracia o que un político. En la educación básica, la idea es idéntica: más saben los padres de familia sobre las necesidades educativas de sus hijos, que el funcionario o tecnócrata educativo.

La meta tradicional de la educación pública es consecuencia de la fantasía histórica de la ingeniería social, o sea, el desarrollo de una "fábrica" intelectual capaz de crear una elite de gobernantes. La crisis mexicana ha convertido esta meta en un despotismo educativo.

El brutal derroche presupuestal en la educación mexicana tiene varias dimensiones, entre ellas, el costo del financiamiento a la educación universitaria. El costo promedio por estudiante universitario al año es de 34 mil pesos. Una forma de eficientar el gasto público universitario sería la opción de otorgar un bono a cada estudiante, con valor de 34,000 pesos, que sea redimible en la escuela de educación superior de su elección, ya sea pública o privada. Unas instituciones cobran igual o menos, otras más; pero habría la libertad de elegir entre un universo de academias.

De tal forma surgiría un mercado secundario y se permitiría al estudiantado una salida de la parálisis educativa que vive el sistema público.

Esta opción es una caricatura, por supuesto; pero en términos generales, la idea del bono universitario es una aplicación concreta de la idea del bono educativo. Lo mismo se podría hacer a nivel primario, es decir, dedicar los recursos públicos del presupuesto para financiar un bono educativo que sea otorgado a cada familia necesitada, por cada hijo de la edad escolar. Los padres de familia podrían, en su momento, elegir entre escuelas de los sectores público y privado, lo que incentivaría elevar la calidad del producto educativo. Es la sustitución del subsidio a la oferta por el subsidio a la demanda-pero esa transferencia elimina gran parte de la costosa y contraproducente intermediación burocrática.

Habría, entonces, un incentivo de competencia entre los centros de estudio del país y con ello la oportunidad de captar mercado educativo (los bonos) por medio del producto de mayor calidad. La supervisión de este producto educativo, por supuesto, recae sobre las funciones legítimas de las autoridades.

Así, el poder de ejercer la libertad de elección sería una gran fuerza política para que se detone, por fin, la gran revolución pendiente en nuestro país: la revolución educativa.