10 de junio de 2008

Un nuevo amanecer en Colombia

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por Mary Anastasia O'Grady

Mary Anastasia O’Grady es editora de la columna de las Américas del Wall Street Journal.

Son apenas pasadas las 5:30 y el extenso cielo azul índigo que se ha estado oscureciendo toda la tarde por fin se abre. Capas de lluvia caen sobre las llanuras verdosas; de vez en cuando las ráfagas de viento tropical hacen que el aguacero caiga de lado y que las hojas de los árboles se levanten.

La tormenta es espectacular, pero nosotros nos mantenemos seguros y secos bajo la terraza cubierta de la finca, tomando vino. Un vecino ha cabalgado unos ocho kilómetros para acompañarnos. Como suele pasar en Colombia en estos días, la conversación gira en torno a la paz que por fin se percibe tras años de un terror que las palabras no pueden expresar.

Nancy Pelosi, la vocera de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, se niega a permitir la votación del Acuerdo de Libre Comercio entre EE.UU. y Colombia, porque dice que el presidente Álvaro Uribe no ha hecho lo suficiente para sofocar la violencia política en su país, particularmente en contra de los sindicalistas. Muchos colombianos cuestionan tal afirmación.

Desde una base puramente estadística, la acusación de Pelosi es absurda. Desde 2002, cuando Uribe asumió el poder, la tasa de asesinatos entre los colombianos ha bajado 40% mientras que la tasa de asesinatos entre miembros de los sindicatos —por los que Pelosi parece especialmente preocupada— ha caído 87%. El financiamiento del gobierno para proteger a los sindicalistas ha crecido 285% durante la gestión de Uribe. Hoy, la vida de un sindicalista es mucho más segura que la de la población en general. Y la población en general no ha estado tan segura en años.

Pero estos son los fríos e impersonales datos. Para entender más a cabalidad cómo Uribe ha cambiado para bien este país, no hay nada mejor que salir a hablar con los propios colombianos.

No hace falta viajar a las llanuras para escuchar sobre el renacimiento del país. A donde quiera que vaya en Colombia, se habla sobre la nueva oportunidad del país. En el aeropuerto de Bogotá, un hombre de mediana edad que trabaja en el sector petrolero, me acorraló cuando se enteró que era periodista.

Durante 15 minutos no dejó de hablar sobre los horrores que su familia padeció cuando el gobierno abandonó su papel de proveer seguridad a la población y las guerrillas marxistas y los ejércitos paramilitares libraban una encarnada lucha. Hacia el final de su soliloquio sus ojos se llenaron de lágrimas: "Yo fui prisionero en mi propio país antes de este presidente", me dijo antes de salir corriendo a alcanzar su vuelo.

Aquí en la sabana, donde la crianza de toros cebú y la exploración de crudo son negocios tradicionales, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) actuaron a sus anchas en los años 90. Una práctica escalofriante era el secuestro mediante el uso de controles en las carreteras en busca de una víctima preciada, alguien por quien su familia pagaría un gran rescate. Los pobladores le llamaban la "pesca milagrosa", por un juego en los parques de diversión en el que se combinaba la habilidad y la suerte.

En 1998, cuatro ornitólogos estadounidenses fueron secuestrados por las FARC en el estado aledaño de Meta. El caso provocó titulares en EE.UU. pero para los colombianos, el riesgo de ser secuestrado a cambio de una recompensa era rutina.

Las guerrillas también impusieron su propia justicia, llegando hasta dictar quién se casaría con quien. Usaron la extorsión para obtener el pago de los dueños de fincas y se hicieron con el control de fincas y rancho a punta de pistola. Quienes se resistían a menudo encontraban la muerte. Lo peor acerca de las guerrillas, me cuenta un residente, era que nunca cumplían su palabra. Los ciudadanos que cumplían la ley siempre estaban a su merced. Esta miseria allanó el camino para la aparición de grupos de auto defensa conocidos como paramilitares o, simplemente, paras.

Hoy, los paras son condenados por la sociedad debido a que se han transformado en pandillas criminales. En sus primeros años, sin embargo, eran considerados como vigilantes heroicos que tenían la valentía de luchar contra el reino del terror. Muchos de sus miembros eran familiares de las víctimas de las FARC.

Los habitantes de estas partes de Colombia reconocen que los paras fueron la cura para el terrorismo de las FARC. Una persona lo dice de la siguiente manera: "a mi modo de ver, los paramilitares fueron como la quimioterapia. Te enfermas y se te cae el pelo, pero te salva la vida".

Según la mayoría de las versiones, era más fácil tratar con los para, pero tenían sus propias prácticas crueles. Se dice que entraron en el negocio del narcotráfico para recaudar fondos para sus ejércitos. A la larga, el narcotráfico y el poder que lo acompañó acabó por corromperlos. Los paras también recurrieron a la extorsión. Algunos de los peores incidentes de violencia en la región tuvieron lugar cuando dos grupos de paras se involucraron en una lucha por el poder.

Entonces, ¿cómo regresó el imperio de la ley? Los residentes de esta región apuntan a Uribe, quien ofreció a los combatientes un acuerdo para deponer las armas. Aquí en Casanare los paras se desmovilizaron y, a partir de entonces, me dicen los rancheros que presencian esta tormenta conmigo, las batallas acabaron y una fuera militar y de policía se encarga de mantener la paz.

Esta es una gran noticia para todos los colombianos, con la excepción de los defensores de Pelosi en este país. Muchos de ellos simpatizan con las FARC y esperaban que su terrorismo produjera un nuevo orden. Por fortuna, la democracia colombiana sobrevivió y las FARC no están por ganar ninguna elección.

Este artículo fue publicado originalmente en el Wall Street Journal (EE.UU.) el 9 de junio de 2008.

Este artículo ha sido reproducido con el permiso del Wall Street Journal © 2011
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