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25 de marzo de 2008

Bogotá le hecha el ojo al modelo irlandés

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por Mary Anastasia O'Grady

Mary Anastasia O’Grady es editora de la columna de las Américas del Wall Street Journal.

Cuando el ministro de Comercio, Industria y Turismo de Colombia visitó las oficinas de The Wall Street Journal en Nueva York hace un par de semanas, el último tema que pensé que podría salir a colación era Irlanda. Para mi sorpresa, ese fue el primer tema que abordó.

Apenas se sentó, Luis Plata empezó a hablar acerca de la transformación de la economía irlandesa, de paupérrimo patito feo a ostentoso cisne de Europa en apenas dos décadas, y por qué un modelo similar de crecimiento es justo lo que Colombia necesita.

Algunos de los ajustes de políticas necesarios ya se están implementando en Bogotá, dijo, y con éxito, las reformas podrían profundizarse.

Pero el gran signo de interrogación está en si el Congreso de Estados Unidos aprobará el tratado de libre comercio con Colombia (TLC). El TLC, Plata explicó, es tan importante para el crecimiento de Colombia como el ingreso a la Unión Europea lo ha sido para Irlanda.

Pensar que los demócratas podrían socavar la visionaria agenda de Plata es preocupante. En 2006, la ayuda oficial estadounidense para el desarrollo, destinada a aliviar la pobreza en el mundo, fue de US$23.500 millones y fue un desperdicio de dinero. Eso es porque el desarrollo requiere de la liberalización económica, y los líderes de los países pobres tienen pocos incentivos para perturbar el status quo de los monopolios y el proteccionismo que los colocó en el poder. Sus incentivos son a veces menores cuando las dádivas de los países ricos están fluyendo.

En este escenario aparece Colombia con un líder, el presidente Álvaro Uribe, que está dispuesto a arriesgar capital político para abrir los mercados domésticos, recortar impuestos e impulsar la competencia en una apuesta para un rápido crecimiento al estilo irlandés. Todo lo que su gobierno le pide a Washington es el comercio bilateral, pero los Demócratas quieren cerrarle la puerta en las narices.

Antes de que Plata se convirtiera en ministro de Comercio Exterior el año pasado, encabezó la agencia gubernamental de exportaciones. "Empezamos yendo a Irlanda hace muchos años", dice, "porque veíamos a los países en el mundo que han sido exitosos al atraer inversión extranjera directa. Lo que descubrimos fue que Irlanda redujo su tasa fiscal corporativa de 40% a 12,5%" y como resultado "empezaron a atraer inversión, había reducido la evasión tributaria e incrementado la recaudación fiscal. Regresamos a Colombia y dijimos '¿por qué no reducimos [nuestra tasa fiscal corporativa] de 38% a 12,5%?'"

.
Ese no fue un punto de vista popular entre las autoridades tributarias colombianas. "Me echaron de sus oficinas", recuerda Plata.

No es de extrañar. Los contadores en cada Ministerio de Hacienda en América Latina le tienen fobia a la reducción de impuestos. Es parte de su ADN. Eso explica por qué frecuentemente consiguen empleos en el Fondo Monetario Internacional, en Washington, luego de que los gobiernos a los que servían en sus países colapsan. En el FMI pueden poner en práctica sus profundas convicciones de que la única política fiscal responsable es la que se hace con análisis estadístico para encontrar la tasa fiscal "correcta".

Adoptar la noción de que la producción crea su propia demanda y que los ingresos fiscales crecen bajo un régimen de bajos impuestos, se considera un comportamiento de alto riesgo.

Plata es más comprensivo con sus colegas. Dice que tienen que balancear los beneficios a mediano y largo plazo de la reducción de impuestos con la demanda más inmediata de financiar al gobierno. Sin embargo, estaba convencido de que la experiencia irlandesa podría aplicarse a Colombia. A pesar de la reacción inicial, su equipo "fue a trabajar" con la idea de atraer inversión foránea mediante un recorte fiscal.

En un mundo perfecto, él habría conseguido una tasa corporativa fija. Pero tuvo que llegar a compromisos y, en su lugar, se le ocurrió la "zona franca uniempresarial". La iniciativa expande la tasa baja de impuestos a las compañías localizadas dentro de la "zona franca", usualmente un parque industrial, a cualquier empresa que cumpla ciertos criterios de inversión. Las empresas (excluyendo las de minería y petróleo) que califican al cumplir los objetivos de una inversión mínima y de comprometerse a cumplir ciertas metas de empleo ahora pagan una tasa fija de 15% en lugar de 33%. Asimismo, importan toda la materia prima sin aranceles y no pagan impuesto al valor agregado.

Además de ofrecer esas ventajas tributarias, el gobierno está haciendo "contratos de estabilidad" para garantizar que las reglas de juego no van a cambiar con el presidente de turno. También está trabajando para reducir la carga regulatoria, ya que los obstáculos burocráticos son una de las quejas más comunes de los inversionistas extranjeros.

La "zona franca uniempresarial" fue lanzada en mayo pasado y a la fecha ha atraído unos US$864 millones en inversión extranjera directa. Ese monto podría ser mayor bajo una tasa fija y, si Colombia va a competir con el milagro irlandés, deberá moverse en esa dirección. Pero para persuadir a las autoridades tributarias para que adopten una tasa fija más amplia, Plata deberá mostrar más resultados.

Esa es la razón por la que el TLC es tan importante. Las compañías que invierten en Colombia están viendo más allá del mercado doméstico y, como apunta el ministro, la reciente disputa con Venezuela, en la que el presidente Hugo Chávez amenazó con cerrar las fronteras, demuestra la fragilidad del mercado de exportaciones colombiano. Alrededor de la mitad de las exportaciones colombianas van actualmente a Venezuela y Ecuador. Tener acceso al mercado estadounidense y a importaciones libres de impuestos provenientes de EE.UU. son cuestiones cruciales para los productores.

Todo esto lleva a la pregunta de por qué los Demócratas en el Congreso estadounidense quieren rechazar el acuerdo de libre comercio con Colombia. Ellos dicen que Uribe no ha hecho lo suficiente para sofocar la violencia en contra de los líderes laborales en el país. Pero los asesinatos han bajado drásticamente y, como dice Plata, "no se puede decir que matando el TLC mejorarán las cosas".

Lo que mejorará las cosas es la inversión, que es lo fundamental para reducir la pobreza. Perú, México y América Central tienen tratados de libre comercio con EE.UU., lo que significa que Colombia automáticamente quedaría en desventaja si se le niega el TLC. Y eso podría perjudicar la seguridad nacional, que es muy frágil. Como apuntó Plata, "uno no logra la paz sólo con soldados. Hay que tener una economía que funciona". Los Demócratas, seguramente, no pueden estar en contra de eso.

Este artículo ha sido reproducido con el permiso del Wall Street Journal © 2007
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