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20 de diciembre de 2007

Agro y desigualdad

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por Porfirio Cristaldo Ayala

Porfirio Cristaldo Ayala es corresponsal de AIPE y presidente del Foro Libertario.

La ansiedad que despiertan las crecientes desigualdades en el continente no se limita a los Altos empobrecidos de Bolivia, o a las tierras rotas de Catamarca, sino que se proyecta al debate de los candidatos republicanos en EE.UU. En el mundo, unos 3.000 millones de personas, entre las más pobres, sobreviven trabajando en el agro. La suba del precio de los alimentos pareciera haber beneficiado a todos reduciendo las desigualdades de ingresos. La realidad es muy diferente. En muchos casos, debido al intervencionismo, en lugar de una bendición, muchos países experimentaron una verdadera maldición.

El discurso predominante no se ha limitado a cuestiones prácticas que hacen a la oferta y demanda de alimentos en los mercados internacionales, hoy popularizada como “agflation” (inflación con aumento de la demanda y salarios), sino que se ha planteado en términos de la recuperación de la “cohesión social” iberoamericana para evitar que las desigualdades continúen “insultando la conciencia de la sociedad”. Olvidan que lo más ofensivo es el estancamiento, la corrupción y las malas políticas de los gobernantes.

La desigualdad de ingresos solo es un problema artificial inventado por intelectuales que lo elevaron a nivel de “crisis”. Ni en el socialismo bolivariano de Hugo Chávez, ni entre los cocaleros bolivianos existe riqueza alguna esperando a ser distribuida como si fuera una torta. La riqueza debe ser antes producida por el esfuerzo humano. Todo lo que se produce, desde petróleo hasta oleoductos, han creado personas que invierten y arriesgan su esfuerzo y ahorros. La riqueza le pertenece a los que la producen, en las condiciones pactadas, previas a la producción, y a nadie más. Apropiarse de lo producido por otro en estas condiciones es un robo, como ocurrió en Bolivia con el gas natural.

Que la producción no origine desigualdades, por otra parte, es casi imposible, dado que las personas por su naturaleza son desiguales, tienen desiguales talentos, ambición, energía, capacidad de trabajo, ahorro e innovación. Alex Epstein, del Ayn Rand Institute, explica que la desigualdad de ingresos es una parte natural y deseable de una sociedad libre y próspera. Toda la riqueza es creada por seres humanos productivos; en consecuencia, por derecho, lo producido les pertenece a los que lo han originado, o a sus beneficiarios. En cambio, es absurdo reclamar la producción realizada por otras personas con su esfuerzo y arriesgando sus patrimonios.

La suba de precio de los alimentos, por ejemplo, benefició a los países que liberalizaron sus mercados agrícolas, pero perjudicó a aquellos cuyos gobiernos restringieron el aumento de precios para proteger a sus consumidores, como Argentina y Rusia. La suba también benefició a países exportadores como EE.UU. Pero los grandes importadores como Japón, China, México y otros gastarán mucho más en comprar sus alimentos. A menudo se olvida que los pobres —trabajadores urbanos y sin tierras— son compradores de alimentos netos. El avance de Asia y los subsidios al etanol mantendrán un sostenido aumento de precio de los alimentos.

El precio de los alimentos dio un salto, como se había advertido ocurriría, debido al aumento en la demanda de etanol para su uso como biocombustibles, así como los exagerados subsidios y exigencias de mezclas en EE.UU. (30% del maíz se dedica al etanol). La época de los commodities y alimentos abundantes y baratos parece haber quedado definitivamente atrás. Los exportadores como Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay obtendrán sustanciales ganancias, y los importadores, pérdidas. No obstante, si negocios y salarios son liberados, el resultado podría ser diferente, no habría controles de precios y habrían surgido numerosas oportunidades de negocios.

En la antigua tradición del liberalismo, Locke define un “estado…de igualdad”, en el que todo el poder es recíproco y nadie tiene más que otro…”. La igualdad es la oposición al privilegio, sea como aranceles, monopolios, o subsidios, y solo huyendo del intervencionismo los países pobres podrán salir del atraso.

Este artículo fue publicado originalmente en el ABC (Paraguay) el 20 de diciembre de 2007.