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20 de noviembre de 2007

Argentina y el Club de París

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por Mary Anastasia O'Grady

Mary Anastasia O’Grady es editora de la columna de las Américas del Wall Street Journal.

Argentina, al actual campeón mundial de la cesación de pagos, quiere volver a los mercados internacionales de capital. Dada la agenda anti libre mercado que el presidente Néstor Kirchner y su Partido Peronista han impuesto en la economía desde 2003, ese es un pensamiento aterrador. No obstante, hay algo aún más temible: el Fondo Monetario Internacional (FMI) parece estar desesperado por jugar un papel en el debut argentino como moroso rehabilitado.

Cualquiera que haya presenciado el colapso de Argentina bajo la dirección del FMI hace siete años entiende que las dos partes —al igual que un adicto y un facilitador— se merecen el uno al otro. Pero alguien debe detener al Fondo antes de que vuelva a "ayudar". Inscribirse en el próximo capítulo de las aventuras del populismo peronista no es necesario ni deseable. Es mejor dejar que los gauchos diseñen y ejecuten su propia política económica. Los prestamistas deberán entonces evaluar el riesgo argentino —sin las distorsiones causadas por una sanción del FMI— y cobrar una prima apropiada. Los políticos, asimismo, no sentirán la tentación de depender de las líneas de crédito del FMI para cubrir un déficit de gasto. Si todo esto termina en fracaso, los argentinos pueden quemar sus propias estatuas en esta ocasión.

En 2001, Argentina daba la impresión de que su posición en el mercado crediticio no le importaba. Cuando el presidente interino Adolfo Rodríguez Saá anunció una moratoria en los pagos de más de US$100.000 millones de deuda externa a finales de aquel año, el Congreso aplaudió. Poco después, el gobierno desechó otro contrato al devaluar el peso. Posteriormente, anuló los acuerdos que había firmado con las compañías españolas y francesas de servicios públicos, las cuales habían apostado a que el país se había convertido en un lugar confiable para hacer negocios.

Rodríguez Saá no dio ninguna indicación sobre cuándo o cómo los acreedores podrían obtener su dinero. Luego de 17 meses, en mayo de 2003 cuando Kirchner tomó posesión de la presidencia, no mejoró la situación. Muchos argentinos que tenían deuda gubernamental sufrieron la cesación de pagos en carne propia. Pero su situación apremiante fue ignorada mientras Kirchner lanzaba diatribas contra los extranjeros. Mientras la economía se recuperaba de la crisis, culpar a los bárbaros en tierras lejanas se volvió un deporte para el Partido Peronista. La culpa del colapso recayó en los pies de los acreedores, gobiernos e inversionistas extranjeros, y del FMI. No fue sino hasta febrero de 2005, que Kirchner ofreció US$0,30 por dólar a los bonos con valor de US82.000 millones que tenían sus acreedores.

Esto fue bueno para las arcas y para los políticos. Al jugar la carta nacionalista mientras se oprime a los acreedores, los Kirchneristas crearon la ilusión de que Argentina se transformó milagrosamente de ser pobre a rica sacudiéndose a los extranjeros.

Pero ahora el licor de la fiesta se está acabando. Luego de haber demolido los derechos de propiedad, el gobierno se está topando con que las tasas de inversión son demasiado bajas para sustentar un crecimiento modesto. Un problema más inmediato es la falta de financiación para el sector energético, que no ha sido capaz de dar abasto a la demanda en los años recientes. Esta es la razón por la que se espera que la presidenta electa Cristina Fernández de Kirchner intente reestructurar casi US$6.500 millones de deuda e intereses acumulados desde 2001 con los gobiernos que conforman el Club de París.

La razón para reconciliarse con el Club de París es que las agencias de exportación (como el banco de Export-Import Bank, en EE.UU.) no pueden otorgar financiamiento subsidiado a las compañías que hacen negocios en Argentina mientras no se pague la deuda bilateral. Cristina Fernández de Kirchner quiere que los diabólicos extranjeros regresen a Argentina a construir plantas eléctricas y vías ferroviarias. Los inversionistas, asimismo, quieren volver a apostar, siempre y cuando su financiamiento sea subsidiado. Se están quejando de que Brasil, Rusia, India y China están acaparando todas las oportunidades mientras que los empresarios de los países que conforman el Club de París no reciben ayuda del gobierno.

La propuesta argentina de saldar su deuda con el Club de París es un acontecimiento positivo. El impago del gobierno no es nada nuevo y si Buenos Aires está dispuesta a regularizar su deuda bilateral, debe dársele la oportunidad.

Ahora, si los miembros del Club de París deben garantizar nuevo financiamiento en un país que no respeta los derechos de propiedad es un tema aparte. Sin embargo, lo que sí debe descartarse es un nuevo programa del FMI como parte de la negociación con el Club de París. Argentina no quiere un nuevo programa del FMI, pero algunos han sugerido que es un requerimiento del club. No lo es. Puede ser un precedente, pero sólo porque las naciones deudoras que renegocian su deuda bilateral normalmente están en bancarrota. En este caso, Argentina no sólo no está en quiebra, sino que tiene efectivo en abundancia. Podría pagar por completo lo que debe de manera inmediata aunque, como buen gobierno peronista, no se siente obligada a hacerlo.

Para el FMI, un programa para Argentina es atractivo debido a que podría venir en un momento en que la base de "clientes" de la institución, y por ello su relevancia, está disminuyendo. Pero si los patrocinadores del FMI buscan mejorar el bienestar de la población argentina y la salud de los mercados crediticios internacionales, harán todo lo que puedan para que el Fondo no participe. La economía es un accidente que ya mismo ocurre y nadie de afuera puede impedir que entre en serios aprietos mientras el control de precios, la manipulación de los datos de inflación, los altos impuestos, los subsidios en energía y transporte, y el dispendio fiscal sean las herramientas políticas en Buenos Aires. Como vimos en 2001, el Fondo no tiene poder para influir en la clase política obsesionada con su propio poder.

Las primas de alto riesgo, y no una nueva línea de crédito del FMI, son lo que podría guiar a la señora Kirchner hacia un comportamiento más racional. El gobierno necesita recaudar US$7.000 millones en los mercados de capital el próximo año y un estimado de US$10.000 millones en 2009. Mientras tanto, la tendencia de los inversionistas a preferir instrumentos de mayor calidad luego de la debacle de los créditos de alto riesgo ha elevado los costos de endeudamiento para Argentina. Un bono en dólares a 10 años lanzado la semana pasada tuvo una tasa de 10,5%. En comparación, el rendimiento de los bonos a 10 años brasileños es de 5,6%. En otras palabras, los acreedores argentinos piden casi cinco puntos porcentuales más que Brasil para protegerse de los riesgos de la agenda económica insostenible de un gobierno que se burla de los derechos de propiedad, la seguridad de los contratos y la libertad de precios. Los bonos con valor de US$22.000 millones aún si pagar que tiene el sector privado, tampoco ayuda.

Los peronistas siguen insistiendo que la economía de mercado es parte de un plan de la derecha "neoliberal". En otras palabras, tienen mucho que aprender. La comunidad internacional puede ayudar dejándolos que aprendan por su cuenta.

Este artículo fue publicado originalmente en el Wall Street Journal (EE.UU.) el 19 de noviembre de 2007.

Este artículo ha sido reproducido con el permiso del Wall Street Journal © 2007
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