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2 de octubre de 2007

Rechazo al CAFTA le puede costar caro a Costa Rica

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por Mary Anastasia O'Grady

Mary Anastasia O’Grady es editora de la columna de las Américas del Wall Street Journal.

El único senador socialista de Estados Unidos viajó a Costa Rica la semana pasada. Pero no fue a fortalecer los lazos entre ambas naciones.

Bernie Sanders, de Vermont, y el congresista demócrata Mike Michaud, de Maine, fueron a apoyar a la oposición local al Tratado de Libre Comercio entre los Estados Unidos y América Central (Cafta, por sus siglas en inglés), que aún no ha sido ratificado por Costa Rica.

El momento de la visita de los legisladores estadounidenses fue planificado estratégicamente. Como uno de los siete suscritos al Cafta, y el único que aún no lo ha ratificado, Costa Rica sólo tiene hasta el 29 de febrero para adoptar la legislación que se requiere para unirse al pacto comercial. Pero primero tiene que ratificarlo y el tiempo se está acabando. El asunto ha estado estancado en el Congreso costarricense, así que el próximo domingo habrá un referendo nacional para que el electorado decida.

Sanders y Michaud fueron invitados por el líder del movimiento anti Cafta Ottón Solís. Su papel era el de impulsar la campaña del "No" al decir que el rechazo al Cafta no afectará el acceso preferencial que los productos costarricenses tienen en los mercados estadounidenses bajo la Iniciativa de la Cuenca del Caribe (CBI, por sus siglas en inglés). Los congresistas Charles Rangel (demócrata por Nueva York) y Sandy Levin (demócrata por Michigan) le enviaron a Solís una carta con un mensaje similar en enero pasado. Harry Reid, líder de la mayoría demócrata en el Senado, y Nancy Pelosi, presidenta demócrata de la Cámara de Representantes, mandaron la semana pasada una carta al embajador de Costa Rica en Washington expresando lo mismo. La idea es socavar el argumento de reciprocidad que podría contribuir a apoyar el Cafta.

Es extraño que legisladores estadounidenses se empeñen tanto en desincentivar la apertura de mercados para los exportadores de Estados Unidos. Pero animar a los costarricenses a derrotar el Cafta también va en contra de los intereses políticos de Estados Unidos, ya que ese pacto es una herramienta esencial para fortalecer el capitalismo democrático en América Central. Un fracaso en Costa Rica será una victoria para Hugo Chávez. El presidente venezolano trata de separar a América Latina de Estados Unidos y ayudar a Irán a echar raíces en el patio de Estados Unidos.

Según los últimos sondeos, el referendo está en un empate estadístico. La fuerza de la oposición al Cafta se explica en parte por los poderosos y bien organizados sindicatos del país, encabezados por el sindicato del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), el monopolio estatal de electricidad y telecomunicaciones. El ICE se opone al Cafta porque el tratado introduciría la competencia en los servicios inalámbricos y de Internet, aunque no haría nada por perturbar su monopolio en la telefonía fija y la electricidad.

Otros sindicatos del sector público se han unido al ICE, en especial los profesores de secundaria. Pero también hay intelectuales, la clase universitaria y un sorprendente número de costarricenses radicalizados cuyo objetivo político más importante parece ser el anti-americanismo. La campaña para derrotar el Cafta ha estado marcada por la violencia y la intimidación.

Muchas veces se menciona a Costa Rica como un modelo de tolerancia y democracia en la región. La lucha en torno al Cafta muestra cuán lejos hacia la izquierda ha girado este país. La izquierda dura no será la mayoría, pero es ciertamente una fuerza que amenaza la civilidad de esa nación. Una derrota del Cafta probablemente llevará al país aún más en la dirección de los extremistas de la anti globalización.

También existen enormes costos económicos asociados a un rechazo al Cafta. Si el acuerdo fracasa, Costa Rica será el único país de Centroamérica sin un compromiso institucionalizado hacia el libre comercio e inversiones con sus vecinos y Estados Unidos. Esto causaría un grave daño a su perfil de inversiones. Las cosas podrían empeorar aún más si el Congreso estadounidense, tal como se espera, ratifica el tratado de libre comercio con Panamá. Las barreras a las importaciones en Costa Rica probablemente llevarán a que el comercio y los flujos de capital se desvíen hacia mercados más abiertos.

En ese caso, la eficiencia, productividad y el crecimiento de seguro sufrirán. En el sector de las telecomunicaciones, por ejemplo, Costa Rica ya se ha quedado muy por detrás de sus vecinos debido al monopolio del ICE. Muchos de sus servicios no son confiables y tecnologías modernas que otros países dan por sentado —por ejemplo, aparatos como el BlackBerry— no son más que sueños futurísticos en Costa Rica. En algún momento, los inversionistas extranjeros compararán a Costa Rica con sus vecinos y responderán de manera negativa a la descendiente competitividad del país en un sector que está tan ligado a la productividad.

En cierto sentido, el voto del domingo será un referendo sobre si Costa Rica debiese avanzar e integrarse con el mundo moderno, o si debiese aferrarse a su economía cerrada y tradiciones de un Estado niñera. Solís, un candidato presidencial que perdió en los comicios del año pasado, quiere preservar el pasado, aunque no es fácil ver cómo podría lograrlo. Los salarios, las pensiones, el servicio de la deuda y la educación superior absorben un 80% del presupuesto fiscal cada año. En cambio, la policía y los magistrados, las calles y los puertos están siendo privados de capital. El gobierno simplemente no tiene el dinero para construir una red moderna de telecomunicaciones.

Hace dos semanas, la campaña a favor del Cafta recibió un fuerte golpe al filtrarse un memo que revelaba que un miembro del gabinete del presidente Óscar Arias había aconsejado jugar duro para ganar votos. Después llegaron Sanders y Michaud para apuntalar la agenda de Solís. Fue ahí cuando el campo a favor del libre comercio se recuperó en las encuestas.

La visita de los 'gringos' aparentemente fue vista como un insulto a la nación de Costa Rica, sobre todo si se toma en cuenta que el país no aprecia a políticos estadounidenses que interfieren en sus asuntos internos. Pero tal vez hubo otra cosa que enfadó a los costarricenses. He aquí dos estadounidenses proteccionistas que prometen que, aun con la muerte del Cafta, el mercado de Estados Unidos seguirá abierto a los bienes de Costa Rica. Muchos olieron gato encerrado.

En pocos días, los costarricenses se enteraron de cuán proteccionistas eran estos "amigos" de Solís. Sanders siempre ha votado en contra del libre comercio. El año pasado, sin ir más lejos, él y Reid votaron en contra de la Asociación Comercial entre Estados Unidos y la Cuenca del Caribe (CBTPA, por sus siglas en inglés), acuerdo que provee a los textiles de Costa Rica un acceso libre de impuestos a Estados Unidos. La página Web de Michaud, en tanto, hace alarde de su oposición al Cafta en nombre de defender empleos en Maine. ¿Estos proteccionistas notorios defenderían preferencias comerciales o un tratado de libre comercio para Costa Rica tras la muerte del Cafta? Eso se percibió como un insulto a la inteligencia costarricense. Un político local los llamó "lobos con piel de ovejas".

El hecho es que la CBTPA expira en septiembre de 2008 y que el presidente de Estados Unidos puede rescindir la CBI si sus beneficiarios no hacen esfuerzos por liberalizar sus economías. Es más, el sentimiento proteccionista está creciendo en el poder legislativo de Estados Unidos. Las preferencias comerciales de países que se niegan a abrir sus propios mercados están cada vez más bajo escrutinio. Tanto el senador Charles Grassley (republicano por Iowa), como el senador Max Baucus (demócrata por Montana) han sugerido que tal vez no sigan. Es decir, si Costa Rica rechaza el Cafta, el país tiene que estar preparado para perder su acceso preferencial al mercado estadounidense. Es un precio que tal vez ni siquiera los seguidores de Solís estén dispuestos a pagar. Y es por eso que invitó a que amigos de Washington.

Este artículo fue publicado originalmente por el Wall Street Journal el 1 de octubre de 2007.

Este artículo ha sido reproducido con el permiso del Wall Street Journal © 2007
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