14 de julio de 2006

Hay que hablar de seguridad nuclear en la reunión G-8

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por Rensselaer Lee

Rensselaer Lee Cabrera es académico titular del Foreign Policy Research Institute y autor del Cato Institute Policy Analysis no. 571 "Reappraising Nuclear Security Strategy".

Cuando los líderes G-8 se reúnan en Rusia este fin de semana, la proliferación nuclear será una prioridad en la discusión. Mientras que gran parte de la atención la recibirán Irán y Corea del Norte, el Presidente Bush debería discutir con Vladimir Putin otra cuestión importante: la continuación de la protección (o falta de) los materiales y conocimientos nucleares rusos. Un reporte reciente del Consejo sobre Relaciones Exteriores cuestiona el apego a la no-proliferación de Rusia. En vista de las relaciones nucleares cercanas con Irán y la tendencia que tienen algunos funcionarios rusos de restarle importancia al peligro de que haya un robo nuclear, ya ha pasado el momento de lidiar con estos asuntos y asegurarse de que los materiales nucleares no caigan en manos equivocadas.

Por lo menos del lado estadounidense, el principal obstáculo no es la falta de dinero . Desde el 2005, EE.UU. ha estado gastando $1.000 millones al año en proyectos de seguridad nuclear y desarme en el extranjero, con muchos de los fondos siendo dirigidos hacia Rusia. Los esfuerzos de Washington para contrarrestar un robo nuclear en Rusia se han concentrado principalmente en fortalecer la seguridad de las facilidades nucleares, distribuir equipos tecnológicos de monitoreo en puntos claves de las fronteras, y chequear la diseminación de conocimientos militares considerables.

Aún así todavía existen debilidades de seguridad, sobre todo con respecto del personal ruso. Los chequeos de seguridad y monitoreo de los científicos y de los guardias de seguridad en las facilidades nucleares son extremadamente relajados, y esta falla podría permitir que grupos del mercado negro y terroristas que estén bien financiados obtengan materiales para armas nucleares. Los expertos rusos y estadounidenses están de acuerdo en que un robo puede ocurrir un robo con tan solo cuatro o cinco cómplices de adentro. De acuerdo a Matthew Bunn de la Kennedy School of Government de Harvard University, “una vez que el material robado es sacado del control autorizado, gran parte de la batalla ya está perdida—encontrar material robado dentro de un país, o detectar o interceptarlo en su pasaje a través de alguna frontera, son tareas herculeanas”. Dado eso, ¿qué ha hecho el gobierno estadounidense para fortalecer la seguridad? No lo suficiente.

El Programa de Protección, Control, y Registro de Materiales (MPC&A por sus siglas en inglés), el plan de Washington para prevenir el robo nuclear, fracasa en lidiar con estas cuestiones de personal de manera adecuada. El programa trata de inculcar una “cultura de seguridad” en la comunidad nuclear rusa, pero no tiene estipulaciones para disuadir a los miembros del personal con inclinaciones criminales. En vez de crear sistemas de monitoreo extensivos que aumentarían los riesgos de robar materiales nucleares, el programa simplemente trata de enseñarle a los científicos cómo cumplir con las normas y procedimientos. Aún si estos programas tuviesen la audiencia adecuada, sus marcos de tiempo nos dejan vulnerables: los objetivos proyectados en el presupuesto para el 2007 del Departamento de Energía incluyen asegurar 350 pasajes fronterizos para el año 2012 y crear 11.000 plazas de trabajo en el sector privado para los científicos desplazados para el 2019. Trece años para permitir que los terroristas se roben los materiales nucleares rusos es demasiado tiempo.

EE.UU. y Rusia necesitan lidiar con estas cuestiones de personal conjuntamente. Este método crearía “perfiles de vulnerabilidad” de cada facilidad rusa que opera con materiales nucleares. Los perfiles podrían ser basados en condiciones económicas, niveles de salarios, y la presencia de crimen organizado y grupos terroristas. También sería posible, con la cooperación de EE.UU., medir la susceptibilidad a sobornos o chantajes de la fuerza laboral, con el consumo de drogas, apuestas, y el consumo conspicuo como señales de alarma.

Tal sistema tendría una implementación costosa, y hasta la fecha, los rusos no han mostrado disposición de proveer los fondos requeridos. Aquí es donde el papel de EE.UU. sería importante. Nosotros podríamos redirigir fondos hacia este sistema, mientras que al mismo tiempo usamos nuestra propia experiencia de procesamiento para ayudar a los rusos en la creación de una defensa robusta en contra del robo nuclear. Además, deberíamos enlistar a otras naciones G-8 a que compartan los intereses vertidos en asegurar que estos materiales no caigan en manos equivocadas. Un fondo para el MPC&A incluiría fondos estadounidenses transferidos desde proyectos menos merecedores e inversiones por parte de otros miembros G-8. Pero sin la cooperación Rusa, nuestros esfuerzos no rendirán fruto alguno, así que deberíamos involucrar a Rusia y asegurar su respaldo, tanto para esta propuesta y para combatir la proliferación nuclear en general.

El tiempo no está de nuestro lado. Mientras más tiempo pasa y los materiales nucleares rusos siguen desprotegidos, más tiempo tienen los terroristas y los agentes del mercado negro para procurarlos. Deberíamos aprovechar la reunión G-8 para tomar decisiones concretas para acabar con esta amenaza nuclear.

Este artículo fue publicado originalmente en Spectator.org el 14 de Julio de 2006.

1. En inglés: “Democracy is the theory that the comon people know what they want, and deserve to get it good and hard”.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.