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8 de mayo de 2006

Es hora de que Canadá mire más al sur

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por Juan Carlos Hidalgo

Juan Carlos Hidalgo es Coordinador de Proyectos para América Latina del Cato Institute.

El viaje a Cancún hace unas semanas del Primer Ministro canadiense Stephen Harper para reunirse con los Presidentes de Estados Unidos y México también constituyó su primer periplo oficial a América Latina. Aunque mejorar las relaciones con su vecino del sur era una de las prioridades en la agenda del Sr. Harper, esta visita también podría representar el primer paso en construir un fuerte liderazgo canadiense con el fin de alcanzar un Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA).

Hay varias razones por las cuales el Sr. Harper debería jugar un papel central en la promoción del ALCA. Primero, Canadá es la segunda economía más grande de América y también es una de las más abiertas al comercio e inversión internacional. El comercio con Latinoamérica y el Caribe, sin embargo, representa solo un 4,2% del total del intercambio canadiense. Un ALCA en buen funcionamiento ciertamente aumentaría el comercio en ambas direcciones.

Segundo, la realineación de fuerzas en Latinoamérica—con la izquierda populista avanzando a lo largo de la región—junto con el bajo capital político del Presidente Bush, han dejado al ALCA muy necesitada de un liderazgo político sólido. Dadas las credenciales del Sr. Harper como un firme defensor del libre comercio, podríamos esperar que asuma este rol. Sus esfuerzos serían muy bien complementados por otros defensores del libre comercio en la región, tales como los Presidentes Álvaro Uribe (Colombia), Antonio Sacca (El Salvador) y Oscar Arias (Costa Rica).

Tercero, otro gran punto a favor sería la particularmente buena imagen que Canadá tiene en el resto del continente. Para aquellos que han seguido el debate del ALCA en los últimos años, se ha vuelto cada vez más difícil distinguir entre la retórica anti-comercio del discurso anti-estadounidense. Un área de libre comercio hemisférica es vista en gran parte de Latinoamérica como un intento más por parte de Estados Unidos de subyugar a la región—y algunos líderes populistas latinoamericanos como Hugo Chávez de Venezuela juegan esta carta muy bien. Esta percepción podría cambiar dramáticamente si el Sr. Harper se convirtiera en la principal voz a favor del libre comercio en América.

Cuarto, gran parte de la oposición al ALCA por parte de algunos países latinoamericanos, especialmente de Brasil y Argentina, parte del hecho de que Estados Unidos confiere subsidios considerables a su sector agrícola. Este no es el caso con Canadá. Aunque algo de la resistencia sudamericana probablemente persista aún si el Sr. Harper asumiese un papel más importante en la promoción del ALCA, el liderazgo canadiense podría ayudar a reducir estas objeciones.

Quinto, Canadá desde ya tiene acuerdos de libre comercio con algunas naciones latinoamericanas (México, Costa Rica y Chile), que han demostrado ser exitosos para todos los países involucrados. Canadá también está negociando o considerando más tratados bilaterales con otros países en Centroamérica, la Comunidad Andina y la Comunidad del Caribe. Alcanzar estos tratados bilaterales solo puede servir como una base sólida para negociaciones multilaterales más amplias.

Finalmente, ésta sería una oportunidad fantástica para que el Sr. Harper comience a formular su perfil internacional y a aumentar la importancia geopolítica de Canadá en el hemisferio. Aunque Latinoamérica en sí puede que sea irrelevante para un líder del G8—en relación a los otros retos y oportunidades que representan otros continentes como Asia y África—el potencial está ahí y él tiene una oportunidad de liderar un proyecto que mejoraría el bienestar de millones de personas en las Américas.

Dejar pasar esta oportunidad debilitaría a la causa del libre comercio en un momento en que el proteccionismo avanza decididamente en Latinoamérica. Necesitamos la ayuda y el liderazgo del Sr. Harper.