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Crisis diplomática entre Colombia, Venezuela y Ecuador
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(12 de diciembre de 2007)
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por Juan Carlos Hidalgo
¿Quo vadis Perú?
por Gabriela Calderón
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por Luis Figueroa
VIDEO: Yon Goicoechea en Bolivia
Aquí pueden ver el discurso de Yon Goiboechea, ex-presidente del Parlamento Estudiantil Venezolano, ante un grupo de estudiantes bolivianos en enero de 2008. En el discurso Goicoechea explica cómo surgió el movimiento estudiantil de resistencia civil en Venezuela.
En este mapa interactivo podrás hacer click en cualquier país y/o año en que se ha publicado el Índice de Libertad Económica en el Mundo del Fraser Institute y Cato Institute para ver como ha progresado la libertad económica en el mundo.
Gabriela Calderón en El Universo (Ecuador)
Cato en Andina (Perú), en Diario Sur Noticias (Perú), en 24 Horas Libre (Perú), en RPP Noticias (Perú), en Invertia (Latinoamérica)
Patrick J. Michaels en Siglo XXI (Guatemala), en ABC Color (Paraguay), en El Universal (Venezuela, versión en inglés), en El Tiempo (Colombia), en El Universal (Venezuela), y en El Tiempo (Honduras)
Cato en Diario Sur Noticias (Perú)
Ian Vásquez en Emprendia (España), en Hispanidad (España), en Libertad Digital (España), y en El Economista (España)
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21 de abril de 2000
Frederic Bastiat es tal vez el más claro y entretenido economista que conozca hasta hoy la profesión. Bastiat vivió en Francia desde 1801 a 1850, aunque la vasta mayoría de su obra fue producida en los últimos seis años de su vida. Su esfuerzo principal consistió en crear conciencia de la problemática económica en el ciudadano común.
Petición de los fabricantes de candelas, velas, lámparas, candeleros, faroles, apagavelas, apagadores y productores de sebo, aceite, resina, alcohol y generalmente de todo lo que concierne al alumbrado.
A los señores miembros de la Cámara de Diputados
Señores:
Ustedes están en el buen camino. Rechazan las teorÃas abstractas; la abundancia y el buen mercado les impresionan poco. Se preocupan sobre todo por la suerte del productor. Ustedes le quieren liberar de la competencia exterior; en una palabra, ustedes le reservan el mercado nacional al trabajo nacional.
Venimos a ofrecerles a Ustedes una maravillosa ocasión para aplicar su... ¿Cómo dirÃamos? ¿Su teorÃa? No, nada es más engañoso que la teorÃa. ¿Su doctrina? ¿Su sistema? ¿Su principio? Pero Ustedes no aman las doctrinas, Ustedes tienen horror a los sistemas y, en cuanto a los principios, declaran que no existen en economÃa social; diremos por tanto su práctica, su práctica sin teorÃa y sin principios.
Nosotros sufrimos la intolerable competencia de un rival extranjero colocado, por lo que parece, en unas condiciones tan superiores a las nuestras en la producción de la luz que inunda nuestro mercado nacional a un precio fabulosamente reducido; porque, inmediatamente después de que él sale, nuestras ventas cesan, todos los consumidores se vuelven a él y una rama de la industria francesa, cuyas ramificaciones son innumerables, es colocada de golpe en el estancamiento más completo. Este rival, que no es otro que el sol, nos hace una guerra tan encarnizada que sospechamos que nos ha sido suscitado por la pérfida Albión (¡buena diplomacia para los tiempos que corren!) en vista de que tiene por esta isla orgullosa consideraciones de las que se exime respecto a nosotros.
Demandamos que Ustedes tengan el agrado de hacer una ley que ordene el cierre de todas las ventanas, tragaluces, pantallas, contraventanas, póstigos, cortinas, cuarterones, claraboyas, persianas, en una palabra, de todas las aberturas, huecos, hendiduras y fisuras por las que la luz del sol tiene la costumbre de penetrar en las casa, en perjuicio de las bellas industrias con las que nos jactamos de haber dotado al paÃs, pues serÃa ingratitud abandonarnos hoy en una lucha asà de desigual.
Quieran los señores Diputados no tomar nuestra petición como una sátira y no rechazarla sin al menos escuchar las razones que tenemos que hacer valer para apoyarla.
Primero, si Ustedes cierran tanto como sea posible todo acceso a la luz natural, si Ustedes crearan asà la necesidad de luz artificial, ¿cuál es en Francia la industria que, de una en una, no serÃa estimulada?
Si se consume más sebo, serán necesarios más bueyes y carneros y, en consecuencia, se querrá multiplicar los prados artificiales, la carne, la lana, el cuero y sobre todo los abonos, base de toda la riqueza agrÃcola.
Si se consume más aceite, se querrá extender el cultivo de la adormidera, del olivo, de la colza. Estas plantas ricas y agotadoras del suelo vendrÃan a propósito para sacar ganancias de esta fertilidad que la crÃa de las bestias ha comunicado a nuestro territorio.
Nuestros páramos se cubrirán de árboles resinosos. Numerosos enjambres de abejas concentrarán en nuestras montañas tesoros perfumados que se evaporan hoy sin utilidad, como las flores de las que emanan. No habrÃa por tanto una rama de la agricultura que no tuviera un gran desarrollo.
Lo mismo sucede con la navegación: millares de buques irán a la pesca de la ballena y dentro de poco tiempo tendremos una marina capaz de defender el honor de Francia y de responder a la patriótica susceptibilidad de los peticionarios firmantes, mercaderes de candelas, etc.
¿Pero qué diremos de los artÃculos ParÃs? Vean las doraduras, los bronces, los cristales en candeleros, en lámparas, en arañas, en candelabros, brillar en espaciosos almacenes comparados con lo que hoy no son más que tiendas.
No hay pobre resinero, en la cumbre de su duna, o triste minero, en el fondo de su negra galerÃa, que no vean aumentados su salario y su bienestar.
Quieran reflexionarlo, señores, y quedarán convencidos que no puede haber un francés, desde opulento accionista de Anzin hasta el más humilde vendedor de fósforos, a quien el éxito de nuestra demanda no mejore su condición.
Prevemos sus objeciones, señores; pero Ustedes no nos opondrán una sola que no hayan recogido en los libros usados por los partidarios de la libertad comercial. Osamos desafiarlos a pronunciar una palabra contra nosotros que no se regrese al instante contra Ustedes mismos y contra el principio que dirige toda su polÃtica.
¿Nos
dirán que, si ganamos esta protección, Francia no ganará nada porque
el consumidor hará los gastos?
Les responderemos:
Ustedes no tienen el derecho de invocar los intereses del consumidor. Cuando se les ha encontrado opuestos al productor, en todas las circunstancias los han sacrificado. Ustedes lo han hecho para estimular el trabajo, para acrecentar el campo de trabajo. Por el mismo motivo, lo deben hacer todavÃa.
Ustedes mismos han salido al encuentro de la objeción cuando han dicho: el consumidor está interesado en la libre introducción del hierro, de la hulla, del ajonjolÃ, del trigo y de las telas. - SÃ, dijeron Ustedes, pero el productor está interesado en su exclusión. - Y bien, si los consumidores están interesados en la admisión de la luz natural, los productores lo están en su prohibición.
Pero, dirán Ustedes todavÃa, el productor y el consumidor no son más que uno solo. Si el fabricante gana por la protección, hará ganar al agricultor. Si la agricultura prospera, abrirá mercado a las fábricas. - ¡Y bien! Si nos confieren el monopolio del alumbrado durante el dÃa, primero compraremos mucho sebo, carbón, aceite, resinas, cera, alcohol, plata, hierro, bronces, cristales, para alimentar nuestra industria y, además, nosotros y nuestros numerosos abastecedores nos haremos ricos, consumiremos mucho y esparciremos bienestar en todas las ramas del trabajo nacional.
¿Dirán Ustedes que la luz del sol es un don gratuito y que rechazar los dones gratuitos serÃa rechazar la riqueza misma bajo el pretexto de estimular los medios para adquirirla?
Pero pongan atención a que Ustedes llevan la muerte en el corazón de su polÃtica; pongan atención a que hasta aquà ustedes han rechazado siempre el producto extranjero porque él se aproxima a ser un don gratuito y precisamente porque se aproxima a ser un don gratuito. Para cumplir las exigencias de otros monopolizadores, Ustedes tenÃan un semi-motivo; para acoger nuestra demanda, Ustedes tienen un motivo completo y rechazarnos precisamente por usar el fundamento de Ustedes mismos sobre el que nos hemos fundamentado más que los demás serÃa formular la ecuación + x + = -; en otros términos, serÃa amontonar absurdo sobre absurdo.
El trabajo y la naturaleza concurren en proporciones diversas, según los paÃses y los climas, a la creación de un producto. La parte que pone la naturaleza es siempre gratuita; la parte del trabajo es la que le da valor y por la que se paga.
Si una naranja de Lisboa se vende a mitad de precio que una naranja de ParÃs es porque el calor natural y por consecuencia gratuito hace por una lo que la otra debe a un calor artificial y por tanto costoso.
Luego, cuando una naranja nos llega de Portugal, se puede decir que nos ha sido dada la mitad gratuitamente, la mitad a tÃtulo oneroso o, en otros términos, a mitad de precio en relación con aquella de ParÃs.
Ahora bien, es precisamente esta semi-gratuidad (perdón por la palabra) lo que Ustedes alegan para excluirla. Ustedes dicen: ¿Cómo el trabajo nacional podrÃa soportar la competencia del trabajo extranjero cuando aquél tiene que hacer todo y éste no cumple más que la mitad de la tarea, pues el sol se encarga del resto? Pero si la semi-gratuidad les decide a rechazar la competencia, ¿cómo la gratuidad entera les llevará a admitir la competencia? O no son lógicos o deberÃan rechazar la semi-gratuidad como dañina a nuestro trabajo nacional, rechazar a fortiori y con el doble más de celo la gratuidad entera.
Otra vez, cuando un producto, hulla, hierro, trigo o tela, nos viene de fuera y podemos adquirirlo con menos trabajo que si lo hiciéramos nosotros mismos, la diferencia es un don gratuito que se nos confiere. Este don es más o menos considerable conforme la diferencia sea más o menos grande. Es de un cuarto, la mitad o tres cuartos del valor del producto si el extranjero no nos pide más que tres cuartos, la mitad o un cuarto del pago. Es tan completo como podrÃa ser cuando el donador, como hace el sol por la luz, no nos pide nada. La cuestión, lo postulamos formalmente, es saber si Ustedes quieren para Francia el beneficio del consumo gratuito o las pretendidas ventajas de la producción onerosa.
Escojan, pero sean lógicos; porque, en tanto que Ustedes rechacen, como lo han hecho, la hulla, el hierro, el trigo y los tejidos extranjeros en la proporción en que su precio se aproxima a cero, qué inconsecuente serÃa admitir la luz del sol, cuyo precio es cero durante todo el dÃa.
Traducido del francés por Álex Montero. Este ensayo fue tomado del sitio de Movimiento Libertario, en Costa Rica.