Analistas economicos mexicanos: ¿Confundidos o malentendidos?

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Analistas economicos mexicanos: ¿Confundidos o malentendidos?

20 de Abril de 2000
Roberto Salinas-León es presidente del Mexico Business Forum.

En vez de manifestar preocupación sobre si la economía mexicana merecía un "grado de inversión" -ante la falta de tantas tareas pendientes, como la reforma eléctrica, los derechos de propiedad, la reforma fiscal, el saneamiento del sistema bancario o la reforma laboral -, al coro de economistas le mortifica que el esperado mayor flujo de capital se traduzca en una apreciación del peso, en la cacareada sobrevaluación, y con ello en la pérdida de competitividad de las exportaciones mexicanas.

Es decir, en vez de criticar las reglas utilizadas en la asignación de una medalla, perdemos el tiempo criticando la medalla. Eso equivale a declarar que la cura al cáncer es mala porque la industria de la salud dejará de percibir ganancias.

Esa posición de los comentaristas económicos revela su alto grado de confusión. La economía -concretamente, la deuda soberana de México - recibió grado de inversión, pero los analistas económicos lo que merecen es el infinitamente menos distinguido "grado de confusión" .

No hay diferencia entre criticar el grado de inversión recibido por tratarse de una fuente de apreciación cambiaria indeseable y condenar la reforma eléctrica, el tratado comercial con Europa o cualquier otro cambio estructural que mejore la confianza, logre aumentar la inversión y amplíe el bienestar.

Un flujo sano de capital se traduce en mayor poder adquisitivo para los mexicanos, más empleo y más alto nivel de vida. Sólo un economista despistado y confundido es lo suficientemente ingenuo como para proclamar que la buena noticia para México será fuente de "desequilibrio en la balanza de pagos" . Vaya, si de impedir la inversión se trata, ¿porqué no proponer abandonar el NAFTA-TLC? O volver a estatizar la banca y retroceder a las épocas de constante devaluación e inflación, cuando -por supuesto - exportábamos bastante más de lo que importábamos.

Bajo esa óptica, Albania, Venezuela, Ecuador y el México de 1995 son modelos envidiables de competitividad. La confusión de esos analistas es producto de una burda versión de la curva de Phillips, del trueque de reducir el bienestar para bajar el déficit en cuenta corriente, de cambiar un más alto nivel de vida de los mexicanos por un vil subsidio cambiario que beneficia sólo a un puñado de exportadores privilegiados.

Adicionalmente, lo que los economistas confundidos añoran es un espejismo porque un peso depreciado sólo aumenta la competitividad a través de la depresión de los salarios reales. Se trata, entonces, de una transferencia de recursos del sector que gana sus ingresos en pesos a manos del sector que gana en dólares, pero eso no equivale a la creación verdadera de riqueza.

Por si fuera poco, la confusión actual ocasiona un "riesgo moral" perverso. Es más fácil cabildear y lograr un ajuste cambiario que lograr desregulaciones. El llanto devaluador en contra de la "sobrevaluación" unido al falso himno de la competitividad nacional es síntoma de una economía distorsionada.

Una economía que sufre del monopolio aéreo, del mercantilismo telefónico, de la energía estatal, leyes laborales medievales, un sistema fiscal que ni estimula ni recauda, de inseguridad personal e impunidad criminal, derechos de propiedad indefinidos y un sistema financiero incapaz de cobrar un crédito por la vía legal.

Tales distorsiones impiden la competitividad de las empresas mexicanas por los altísimos costos de transacción. Sin embargo, pedir devaluación o un ajuste hacia abajo de la paridad es caer en el mismo juego proteccionista: "no me quites o dame más a costa de los demás" .

Es peor cuando los proteccionistas cambiarios contratan estudios de firmas especializadas en decir tonterías. Esos son los abogados de la economía al revés, quienes insisten que para estar bien, primero hay que estar bien mal.

Bajo un régimen de flotación, millones de personas intercambiando bienes y capitales, y no un burócrata sabelotodo, son quienes determinan el valor de la moneda y el nivel de la paridad. La esquizofrenia actual es patente: ahora que las cosas han mejorado, muchos analistas y economistas ven esto como algo negativo.

No faltará el mediocre que recomiende cerrarle las puertas a la inversión o devaluar permanentemente los salarios reales de los trabajadores, para así alcanzar la "prosperidad".