10 de mayo de 2001

Kioto: El chanchullo europeo

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por Patrick J. Michaels

Patrick Michaels es Académico Titular de Estudios Ambientales para Cato Institute.

Ya me cansé de escuchar las injurias de europeos contra Estados Unidos. La semana pasada escuché en la BBC a un miembro laborista del Parlamento británico decir: "¿Acaso no es Estados Unidos un país detestable? Con apenas el 5% de la población del mundo produce 20% de esos terribles gases que están recalentado nuestra atmósfera. ¡Cómo se atreve a decir el presidente Bush que no acepta el Protocolo de Kyoto de la ONU sobre recalentamiento global!".

Más importante es lo que ese parlamentario no dijo. Kioto dañaría el motor que hace avanzar a Estados Unidos, mientras Europa se rezaga. Las grandes diferencias de las economías y de los niveles de empleo entre Estados Unidos y Europa no son cosas accidentales. Los líderes europeos saben que Kioto borraría esas diferencias.

Si instrumentamos el Protocolo de Kioto, como quisieran los europeos, nos costaría alrededor del 3% del PIB al año. Y ¿para qué? Según los modelos climáticos (cuya veracidad está por verse), si todos los firmantes de Kioto lo cumplieran a cabalidad, el monto neto de recalentamiento evitado en los próximos 50 años sería de 0,11 grados centígrados, una cantidad demasiado pequeña para ser medida.

Acusar a Estados Unidos de irresponsabilidad ambiental es absurdo. Es cierto que éste país es el principal emisor de dióxido de carbono, pero ¿qué significa eso? La gente, más bien, debe fijarse en lo eficiente que somos con respecto a esas emisiones. Si la India y China producen, digamos, la mitad de nuestras emisiones per cápita (lo cual harán en pocos años), emitirán mucha mayor cantidad. Y si el PIB de esos países sigue estando por debajo del nuestro, sufrirán del doble pecado de emisiones e ineficiencia.

Veamos entonces lo que realmente cuenta: ¿cuál es la productividad por cada dióxido de carbono? La mejor manera de calcularlo es dividiendo nuestras emisiones de gases invernadero por nuestra producción económica, lo cual nos da las emisiones por dólar de PIB. Utilizando esa medida, el peor de los 10 más grandes productores de gases invernadero es Rusia, donde 148 millones de habitantes casi no producen nada. La pobreza rusa está comenzándose a ver en la expectativa de vida de sus ciudadanos, la cual se está reduciendo para los hombres a 50 años, el nivel del año 1900.

Asignémosle entonces a Rusia la peor clasificación emisión / economía: 100. En esa escala relativa, la clasificación de Estados Unidos es 33, en tercer puesto después de Alemania y Japón. Otros son Sudáfrica 68, Arabia Saudita 62, Canadá 36. El primer puesto del Japón se debe a su uso intensivo de energía nuclear.

En promedio, alrededor de un tercio del uso de energía va al transporte, por lo cual los países más grandes geográficamente tienden a emitir más dióxido de carbono.

Una solución es ajustar las emisiones por unidad de PIB según el área de cada país. En ese cálculo, Estados Unidos obtiene el primer puesto, como la nación más eficiente del mundo y el peor le corresponde a Gran Bretaña, donde tanto se quejan de la posición de Bush respecto a Kyoto.

Hay varias explicaciones de la buena puntuación de Estados Unidos. Una es que los ferrocarriles eficientemente transportan cerca de 40% de lo que producimos, mientras que en Europa los trenes sólo transportan gente. Tantos europeos andan en tren porque no pueden pagar los altísimos precios de la gasolina, gracias a los altos impuestos para combatir el recalentamiento terrestre. Estados Unidos es demasiado grande para que la gente se traslade en trenes entre las grandes ciudades del Atlántico, el Pacífico, el Golfo de México y los Grandes Lagos. Pero trasladar la gente en pocas horas por vía aérea es más rápido y más eficiente, aunque una turbina de jet emite más gases invernadero por kilómetro que cualquier otro tipo de propulsión.

Nuestra necesidad de transporte masivo nunca desaparecerá. Y como resultado del tamaño de Estados Unidos -a lo contrario de la muy compacta Europa- los impuestos a la energía (léase al transporte) del Protocolo de Kioto nos colocaría en inmensa desventaja con nuestros competidores.

En pocas palabras, por eso es que le molesta tanto a los gobiernos europeos que Bush le haya dicho "no" a Kioto, cuando ellos lo veían como un instrumento para destruir la economía de su principal competidor, aun sabiendo que no lograría nada en cuanto al recalentamiento terrestre. Los datos se conocen y la comisión de energía presidida por el vicepresidente Cheney debería publicarlos.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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