17 de marzo de 2011

No toquen tambores de guerra para Libia

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por Gene Healy

Gene Healy es Vice Presidente de Cato Institute.

Hace algunos días el Drudge Report destacaba un trío de titulares: “El Reino Unido enviaría un nuevo equipo de espías para ayudar a derrocar a Gaddafi”; “Las fuerzas armadas británicas se preparan para misión con aviso de 24 horas”; y “Obama se va a jugar golf”.

Permítame ofrecer un sólido consejo político que ha sobrevidido la prueba del tiempo: cualquiera y todas las quejas acerca de un presidente que juega demasiado golf están presumiblemente equivocadas. De hecho, si el presidente Obama cede ante la creciente presión para una intervención militar “limitada” en Libia, podríamos terminar deseando que él haya pasado más tiempo visitando los campos de golf.

Drudge difícilmente es la única voz quejándose de que Obama se niegue a intervenir. Sin haber cambiado de opinión por su rol en la debacle de Irak, los senadores John McCain (Republicano por Arizona) y Joe Lieberman (Independiente por Connecticut), recientemente propusieron armar a los rebeldes y mantener a los aviones libios en tierra a la fuerza. En el programa Face the Nation transmitido por CBS hace dos semanas, el Senador John Kerry (Demócrata por Massachusetts) hizo un llamado a que “se rodeen los aeropuertos y carreteras de Libia” y al mismo tiempo insistía que “la última cosa que queremos considerar es cualquier tipo de intervención militar” (intente comprender esa propuesta).

A diferencia de lo que opina Kerry, los funcionarios del Pentágono parecen pensar que bombardear un país de hecho constituye una “intervención militar”.

“Simplemente llamemos a las cosas por su nombre”, dijo el Secretario de Defensa Robert Gates, “Una zona de exclusión de vuelos empieza con un ataque a Libia”.

“Es una operación extremadamente difícil de preparar”, dijo el Almirante Mike Mullen, Jefe del Estado Mayor Conjunto. “También necesitamos pensar francamente sobre el uso de las fuerzas armadas de EE.UU. en otro país de Oriente Medio”, señaló Gates.

Pero estipulemos que los aviones de guerra de la OTAN (en gran parte aviones de guerra de EE.UU., por supuesto) puedan negarle a las fuerzas pro-Gaddafi la capacidad de utilizar su fuerza aérea. Eso no perjudicaría su capacidad de asesinar en tierra. ¿Y después qué?

La OTAN desplegó más de 100.000 helicópteros para la Operación Negar Vuelos, la zona de exclusión de vuelos impuesta sobre Bosnia entre 1993 y 1995, pero aún así eso no fue suficiente para prevenir la limpieza étnica o la matanza de miles de bosnios en la masacre de 1995 en Srebrenica.

Sin embargo, si contribuyó a preparar el terreno para una guerra más amplia y una misión de 12 años para “construir” la nación. Si uno interviene por el costo de un centavo, también lo tendrá que hacer por el costo de un dólar —la intervención suele tener una lógica propia.

Esta es una buena ocasión, por lo tanto, para reflexionar acerca de una pregunta fundamental: ¿Para qué son las fuerzas armadas de EE.UU.? Los intervencionistas humanitarios en la izquierda y en la derecha parecen verlas como una herramienta de uso múltiple para propagar el bien alrededor del mundo —algo así como los Súper Amigos quienes, en los dibujos animados de los sábados de mi juventud, supervisaban los monitores en el Salón de la Justicia para recibir “Alertas de problemas”, precipitándose regularmente a librar la batalla contra el mal.

Nuestra Constitución adopta una visión mucho más limitada. Le otorga la facultad al Congreso de conformar un establecimiento militar para “la defensa común…de EE.UU.”, para lograr más eficazmente el objetivo del preámbulo de “garantizar para nosotros mismos y para nuestros Descendientes los Beneficios de la Libertad”. La liberación armada de pueblos oprimidos alrededor del mundo no era parte de la misión original.

EE.UU. sería “el simpatizante de la libertad y de la independencia para todos”, proclamó John Quincy Adams en un famoso discurso el 4 de julio de 1821, pero sería “el campeón y vindicador solamente de la suya”.

Algunos podrían considerar insensible ese punto de vista; yo lo describiría como prudente y, esencialmente, conservador.

De cualquier manera, el humanitarismo armado es cada vez más impopular fuera de Washington. Una reciente encuesta de Rasmussen mostró que 67 por ciento de los encuestados rechazaban la idea de que EE.UU. respalde directamente cualquiera de los levantamientos árabes; y una encuesta del Wall Street Journal y NBC mostró que el respaldo a la reacción de Obama ante la situación en Libia duplicaba la oposición a esta.

A diferencia de los intervencionistas de la élite política, los estadounidenses nuevamente se muestran reacios a ir al extranjero en busca de monstruos que destruir.

Este artículo fue publicado originalmente en DC Examiner (EE.UU.) el 8 de marzo de 2011.