10 de marzo de 2011

No intervengan en Libia

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por Malou Innocent

Malou Innocent es analista de política exterior del Cato Institute.

Al testificar la semana pasada ante el Comité del Senado para Relaciones Exteriores sobre los disturbios en Libia, la Secretaria de Estado Hillary Clinton insistió en que “se están considerando todas las opciones”. En otras palabras, la intervención militar estadounidense todavía es posible. Al igual que la mayoría de estadounidenses, yo también quiero ver que el sufrimiento del pueblo libio sea aliviado. La brutalización sistemática que caracteriza al gobierno de Muammar Gaddafi, como ordenar a sus militares registrar todas las casas en busca de los manifestantes y cazarlos como “ratas” y “cucarachas”, es detestable. Nuestro deseo de ayudar, sin embargo, debe ir acompañado de evaluaciones prácticas sobre cuáles son los métodos más eficaces.

En primer lugar, debemos establecer una relación significativa entre los intereses y los resultados. Los estudiosos de la sórdida historia de EE.UU. durante la Guerra Fría en el mundo musulmán están plenamente conscientes de un pasado repleto de intervenciones militares, golpes de estado fallidos y programas de acción encubierta que abarcan Irán (1953), Egipto (1956), Siria (1957), Líbano (1958), y otros países. Incluso si algunas de las intervenciones de EE.UU. tuvieron éxito, fue difícil predecir o anticipar bajo qué condiciones surgirían resultados perjudiciales.

Ayudar a los necesitados sigue siendo, en principio, moralmente justificable. La cuestión principal, sin embargo, es si la acción militar es lo más adecuado para esa tarea. El récord histórico muestra claramente que las buenas intenciones no siempre son suficiente. No se puede moldear y diseñar la realidad a nuestro antojo. Nuestros valores liberales nos dicen poco acerca de los medios más eficaces para avanzar hacia ellos, especialmente teniendo en cuenta las limitaciones en la práctica y las consecuencias imprevistas que surgen en el curso de la intervención humanitaria armada.

Asimismo, la intervención en Libia puede ser psicológicamente satisfactoria para muchos activistas políticos bienintencionados y para los patrioteros estadounidenses, pero necesitamos desesperadamente tener una conversación de adultos sobre los intereses de EE.UU. y su relación con el uso legítimo del poder estadounidense. No hemos aprendido nada de los ataques terroristas del 11 de septiembre si ignoramos el hecho de que le conviene a EE.UU. reducir la cantidad de radicalismo anti-estadounidense que alimenta al terrorismo. Para reducir el radicalismo anti-americano debemos: reconocer que existe, entender qué lo alimenta y entender cómo son percibidas nuestras acciones en el contexto extranjero.

Por ejemplo, a pesar de la ilusión patriótica de que los libios nos recibirían como sus libertadores, el éxito de EE.UU. en Libia sería difícil. EE.UU. tendría que superar la percepción generalizada de que busca debilitar y dividir al mundo musulmán invadiendo una vez más su tierra y bombardeando a su pueblo, así como la abrumadora percepción de que la intervención en Irak —a pesar de la brutalidad de Saddam— era profundamente ilegítima. Por otra parte, a pesar de nuestra invocación constante de que somos la mejor democracia del mundo, sigue siendo cierto que tenemos varias colonias penales en el extranjero, donde los prisioneros musulmanes no gozan de las pregonadas protecciones de nuestras libertades civiles. Dadas estas creencias —reales o no— ¿será que los musulmanes —no sólo los libios— verán nuestra intervención como algo completamente altruista?

Por último, los políticos estadounidenses parecen estar confundiendo al involucramiento con la aprobación. Por ejemplo, contrastando la situación en Libia con los disturbios en Egipto, es evidente que EE.UU. no está dispuesto a arriesgar una ruptura con el régimen egipcio, pero aquel compromiso no nos obliga a proporcionarle al irresponsable Estado policíaco de El Cairo recursos masivos mientras que encarcelan, torturan y matan a disidentes políticos, algunos de los cuales son liberales y pro-Occidente. Después de todo, parte del problema con la percepción de EE.UU. en el mundo musulmán es la doble moral de Washington cuando pide más libertades civiles sin apoyarlas verdaderamente en Egipto, donde las leyes anti-terroristas a menudo son utilizadas como una cubierta para suprimir las amenazas al régimen gobernante.

A diferencia de Egipto, EE.UU. ha limitado severamente las opciones con Libia. EE.UU. tiene menos cartas bajo la manga qué utilizar para sacar suavemente a Gaddafi del poder. Irónicamente, el respaldo de 30 años de EE.UU. al régimen de Mubarak —con una suma de casi $60.000 millones— es lo que produjo el apalancamiento para ayudar a sacarlo del poder. Hoy en día, el régimen de El Cairo es un complejo conjunto de instituciones que giran en torno a su ejército y permanece firmemente intacto a pesar de la salida de Mubarak. El tiempo dirá si se dará una auténtica revolución.

EE.UU. puede y debe estar del lado de las decenas de millones de personas alrededor del mundo que anhelan libertad política y económica. Una de las maneras más fáciles de hacerlo es no malgastar el dinero de los contribuyentes en esquemas infructuosos que le brindan apoyo a dictadores en el tercer mundo.

Este artículo fue publicado originalmente en Daily Caller (EE.UU.) el 4 de marzo de 2011.