8 de abril de 2009
¡No copien a España!
por Juan Ramón Rallo
Juan Ramón Rallo es Director del Instituto Juan de Mariana (España) y columnista de ElCato.org. Juan Ramón obtuvo el tercer lugar en nuestro primer concurso de ensayos, Voces de Libertad 2008.
Consciente o inconscientemente, la administración Obama se está mirando en el espejo de España, tanto para salir de la crisis como para regular la economía en el futuro. Algo curioso si tenemos en cuenta que España es uno de los países europeos que peor está resistiendo la crisis y que más tardará en recuperarse. En concreto, Obama pretende adoptar el plan español de subvencionar las energías renovables para crear puestos de trabajo; asimismo, la propuesta de Geithner para regular el sistema financiero internacional es muy parecida a la que ya existe en España.
La nueva administración demócrata ha afirmado en diversas ocasiones que pretende crear entre tres y cinco millones de puestos de trabajo en el sector de las energías renovables (esencialmente, solar y fotovoltaica) y ha apelado a fijarnos en el ejemplo de España para comprobar el éxito de semejante política de inversiones públicas. Sin embargo, Obama peca de lo que Henry Hazlitt consideraba el criterio básico para distinguir entre un buen y un mal economista: entender que existen consecuencias económicas distintas a las directamente observables.
A este respecto, varios investigadores de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, entre los que me encuentro, hemos analizado la experiencia española de inversión en green jobs que tanto agrada a Obama. Los resultados son lo bastante descorazonadores como para que se continúe planteando seriamente las subvenciones a las renovables: por cada empleo que se creó en este sector, se destruyeron 3,2 en el resto de la economía. O, dicho de otro modo, el efecto neto de intentar crear un puesto de trabajo adicional en la economía vía energías renovables fue el de destruir 2,2 empleos en su conjunto. Así, si Obama pretende crear entre 3 y 5 millones de puestos de trabajo, sólo logrará destruir entre 6,6 y 11 millones.
La razón es evidente: las renovables siguen siendo hoy una fuente energética muy cara y poco competitiva. El precio medio de la electricidad de las centrales solares es aun hoy una siete veces mayor que con el resto de fuentes no renovables. Por este motivo, el Gobierno tiene que subsidiarlas mediante precios garantizados que terminamos pagando los españoles por una de las dos caminos posibles: o incrementos en la tarifa eléctrica (el propio regulador estima que hay que encarecer el precio de la electricidad en un 31%, en su mayor parte por los subsidios a renovables) o con impuestos. En cualquier caso, los dos métodos terminan afectando al resto de compañías del país, ya sea vía costes a las muy intensivas en intensiva o vía ingresos a las que dependen de las rentas gravadas.
Pero la administración Obama también se ha fijado en la regulación del sistema financiero español para aplicarla al estadounidense. Al fin y al cabo, hasta el momento los bancos y cajas españoles habían resistido bastante bien los avatares de la crisis internacional.
En particular, Geithner pretende que todas las instituciones que presten servicios de banco (el “shadow banking”) queden bajo supervisión y regulación de la administración (aquí esta labor la realiza el Banco de España) y que las entidades doten año a año provisiones para hacer frente al riesgo sistémico (en España esto se ha venido implementando mediante la llamada “provisión estadística”).
El problema es que todas estas injerencias del Estado en el sistema bancario español no han evitado que nuestras instituciones comiencen a quebrar. A finales de marzo, el Banco de España tuvo que intervenir una caja de ahorros que contaba con un agujero de 3.000 millones de euros. Lo curioso del caso es que las pérdidas no procedían de invertir en complejos productos estructurados como los CDO, sino de prestar dinero a promotores inmobiliarios, una actividad bastante típica del modelo de banca tradicional hiperregulada que Geithner pretende generalizar. Tampoco las provisiones sistémicas le sirvieron de nada a la caja para evitar su insolvencia.
Y es que la crisis no es fruto de ninguna especulación desenfrenada a través de las innovaciones financieras de los últimos años. Eso puede haber sido el vehículo en que se ha transmitido la crisis (del mismo modo que hace 10 años lo fueron las acciones tecnológicas), pero no la causa. Ésta sólo cabe buscarla en la organización de nuestro sistema bancario, basado en un banco central que refinancia diariamente la deuda a corto plazo de unos bancos que la utilizan para invertir a largo.
Pero Obama no parece querer meterle mano a este privilegio estatista. Debería fijarse que en España también hemos sufrido de una burbuja inmobiliaria sin necesidad de shadow banking. Que le pregunte al Banco Central Europeo por qué.



























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