23 de septiembre de 2010

Mito: El liberalismo clásico es totalitario

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por Carlos Federico Smith

Carlos Federico Smith es un frecuente colaborador de la Asociación Nacional de Fomento Económico de Costa Rica (ANFE).

Empiezo calificando la afirmación de que el liberalismo “es totalitario”. Si se interpreta al totalitarismo como un sistema político en el cual el Estado ejerce todo el poder sin limitación alguna, el liberalismo clásico históricamente siempre se ha opuesto al totalitarismo. Tal vez la mejor expresión del totalitarismo sea lo dicho por Mussolini en el invierno de 1920: “nada fuera del estado, nada contra el estado, todo por el estado”. En este sentido, el liberalismo clásico ha tenido una lucha histórica en contra del absolutismo estatista tan claramente expresado en el dictum anterior. Señala Dalmacio Nero que “el liberalismo, justamente porque su ideal de libertad es total…, puesto que postula la libertad política y, por tanto, no es ‘totalitaria’ al estar delimitada por la responsabilidad, carece, obviamente, de sentido bajo el ‘totalitarismo’…” (Dalmacio Nero, La tradición liberal y el Estado, Madrid: Unión Editorial, 1995, p. 235), quien luego agrega: “El Estado Total, más conocido como totalitario, se autodefine como el contrapunto del Estado liberal de cualquier matiz” (Dalmacio Nero, Ibídem, p. 236).

Nada tiene que ver el liberalismo con el totalitarismo así concebido. Hay otro “totalitarismo”, que deviene de lo que se denomina “holismo”, el cual según la Enciclopedia de Filosofía de la Universidad de Stanford, se refiere al “punto de vista de que la agrupaciones sociales humanas son más grandes que la suma de sus miembros, que esas entidades son “orgánicas” por derecho propio y que actúan sobre sus miembros humanos y definen sus destinos, y que están sujetas a sus propias leyes independientes de desarrollo” (“Karl Popper” en Stanford Encyclopedia of Philosophy, Stanford, California: Center for the Study of Language and Information, Stanford University).

Los holistas consideran que los grupos sociales no deben verse como simples grupos de personas, sino  que “el grupo social es más que la mera suma total de sus miembros, y también es más que la mera suma total de las relaciones meramente personales que existan en cualquier momento entre cualesquiera de sus miembros.” (Karl Popper, La miseria del historicismo, Madrid: Alianza Editorial, 1994, p. 31. Las letras en cursiva son del autor).

Es importante referirse al holismo aunado al punto de vista sobre las ciencias sociales llamado “historicismo” —a veces señalado como “filosofía de la historia”— el cual, en palabras de Popper, “supone que la predicción histórica es el fin principal (de las ciencias sociales), y que supone que este fin es alcanzable por medio del descubrimiento de los ‘ritmos’ o los ‘modelos’, de las ‘leyes’ o las ‘tendencias’ que yacen bajo la evolución de la historia” (Karl Popper, Ibídem, p. 17. Las letras en cursiva son del autor).

Para Popper es la conjunción entre el holismo y el historicismo, en donde el primero aporta la creencia de que los individuos son en esencia formados por los grupos sociales a los que pertenecen, en tanto que el segundo proporciona la idea de que tan sólo se puede entenderse a esas agrupaciones en términos de los principios que determinan su desarrollo —“ritmos”, “modelos”, “leyes”, “tendencias”— lo que da lugar al totalitarismo.

Popper señala que “el punto de vista de que cualquier agrupación social humana no es más (ni menos) que la suma de sus miembros individuales, que lo que sucede en la historia es el resultado (principalmente no planeado e imprevisible) de las acciones de esos individuos y que la planificación social en gran escala, de acuerdo con una heliografía (“blueprint”: esquema) previamente concebida, es inherentemente una formación conceptual errónea —e inevitablemente desastrosa— precisamente porque las acciones humanas tienen consecuencias que no pueden ser previstas.” (“Karl Popper” en Stanford Encyclopedia of Philosophy, Op. Cit. El paréntesis es mío).

La formulación de Marx en el prefacio de El capital resume bien al historicismo, al señalar que “Cuando una sociedad ha descubierto la ley natural que determina su propio movimiento, ni aún entonces puede saltarse las fases naturales de su evolución ni hacerlas desaparecer del mundo de un plumazo” (Karl Marx, El capital, Vol. I, Prefacio a la primera edición en alemán, 1867), la cual encuentra eco en una versión moderna de Karl Mannheim, quien escribió que se trata de remodelar a “toda la sociedad” de acuerdo con un plan determinado al “apoderarse de todas las posiciones claves” y que “el poder del Estado tiene necesariamente que aumentar hasta que el Estado se identifique casi totalmente con la sociedad” (Karl Mannheim, Man and Society in an Age of Reconstruction, Londres, 1940 y citado en Karl Popper, La miseria del historicismo, Op. Cit., p. p. 81-82 y p. 93).

El historicismo, junto con el holismo, conduce a la planificación centralizada, dado que considera que es posible determinar el desarrollo futuro de una sociedad según las tendencias que se convierten en profecías sobre resultados inevitables. La planificación central no hace sino poner en práctica esa posibilidad.

El liberalismo tiene una concepción diferente. Dice Hayek: “El concepto central del liberalismo es que, bajo la aplicación de reglas universales de justa conducta, protegiendo un dominio privado individual reconocible, se formará a sí mismo un orden espontáneo de actividades humanas de mucha mayor complejidad de la que podría producirse alguna vez por medio del arreglo deliberado, y que en consecuencia las actividades coercitivas del gobierno deberían limitarse a la aplicación de aquellas reglas…” (Friedrich A. Hayek, “The Principles of a Liberal Social Order,” en Friedrich A. Hayek, Studies in Philosophy, Politics and Economics, Chicago: The University of Chicago Press, 1967, p. 162). 

Nótese que no se recurre a la idea de una tendencia preestablecida e inevitable, como arguyen los historicistas, ni tampoco, como lo sugieren los holistas, es necesario abandonar el individualismo metodológico (desde la época de Adam Smith, se menciona que los individuos sin proponérselo logran un orden extendido), y más bien se refiere a la conducta de los individuos y no de entes externos a ellos o por encima de los resultados de sus acciones, ni tampoco el orden liberal acepta la posibilidad de que alguna autoridad central pueda disponer de todo el conocimiento ampliamente disperso que diferentes individuos poseen acerca de sus circunstancias específicas de tiempo y de lugar. La planificación central no tiene forma eficiente de utilizar todo el conocimiento disperso en la sociedad. En un comentario previo acerca de si el liberalismo era sólo una actitud, se mencionó a la institución liberal del mercado, como útil no sólo para transmitir información entre individuos sino también por brinda los incentivos necesarios para que actúen en función de dicha información. Dejar las decisiones económicas de los individuos al mercado es todo lo contrario a la planificación central totalitaria, que, por definición, las deja en manos de una persona o de un grupo relativamente pequeño.

Para Schwartz, la institución del mercado “aumenta nuestra adaptabilidad” ante un mundo incierto y en ello radica su mérito: es el mercado la “institución que prima el descubrimiento de soluciones nuevas y la adaptación al cambio…” (“Un mundo misterioso, mezquino e incierto,” en Pedro Schwartz, Nuevos ensayos liberales, Op. Cit., p. 117). La diferencia entre esta institución, además de estar acorde con la primacía de la libertad que considera el orden liberal, y un sistema de planificación central es que el mecanismo de precios propio de un mercado “economiza conocimiento por la forma en que opera o qué tan poco necesita conocer el participante individual para estar en posibilidad de tomar la acción correcta,” (Friedrich A Hayek, “The Use of Knowledge in Society”, en Chiaki Nishiyama y Kurt R. Leube, editores, The Essence of Hayek, Op. Cit., p. 219). Por su parte, el planificador central nunca estará en capacidad de poseer más que todo el conocimiento disperso que los diferentes individuos tienen en un mercado. Aunque aquél fuera el regente de un sistema totalitario, ni aún así estará en capacidad de concentrar todo el conocimiento que hay disperso entre la totalidad de los individuos en un orden social.

Por ello, podemos descartar la aseveración de que el sistema de mercado es totalitario y, por el contrario, resaltar que el liberalismo clásico descansa en la existencia de un orden espontáneo basado en la reciprocidad y la reconciliación de los diferentes intereses individuales, que, lejos de ser totalitario, permite lograr un orden mucho más complejo que el que se podría obtener bajo la coerción.