7 de agosto de 2006
Líbano: ¿Atacarlos para ganar su apoyo?
por Ted Galen Carpenter
Ted Galen Carpenter es vicepresidente de Estudios de Defensa y Política Exterior del Cato Institute y autor o editor de varios libros sobre asuntos internacionales, incluyendo Bad Neighbor Policy: Washington's Futile War on Drugs in Latin America (Cato Institute, 2002).
Un ataque aéreo israelita mató a casi 60 ciudadanos en la aldea libanesa de Qana el domingo. Los líderes israelitas enfatizan que su principal objetivo es degradar la habilidad de Hizbolá de lanzar ataques de misiles en contra del norte de Israel, pero ellos también mencionan otro motivo: forzar al pueblo libanés a entender que respaldar a Hizbolá no les resultará en nada menos que sufrimiento. Con aquella realización, así va el razonamiento, gran parte de los libaneses se tornarán en contra de las organizaciones terroristas.
La lógica sugiere que la reacción más probable será un mayor odio de los libaneses hacia Israel y, por lo tanto, más respaldo para Hizbolá. Es extraño asumir que desplazar a una población y destruir la infraestructura de un país de alguna manera conducirá a que el pueblo al que se está bombardeando se ponga en contra de los adversarios del poder que lo ataca en lugar de ponerse en contra del poder que lo ataca.
No obstante, los estadounidenses con tendencia a querer involucrarse en conflictos están urgiendo al gobierno de Bush a que imite la estrategia dudosa de Israel y lance ataques aéreos en contra de Irán—tanto debido a la aparente búsqueda de armas nucleares por este país y por su respaldo de Hizbolá. Un asalto militar, argumentan ellos, resultaría en la caída del gobierno clerical represivo. Los iraníes supuestamente estarían tan furiosos con los clérigos por traerles destrucción que depondrían a los mullahs. William Kristol, editor del Weekly Standard explícitamente respalda el razonamiento de un bombardeo como un catalizador político. Aseverando que “el pueblo iraní no está contento con su régimen”, él predice que “el uso correcto de fuerza militar…podría provocar que ellos reconsideren si en verdad quieren mantener a ese régimen en el poder”.
La noción de que la gente se manifestará en contra de los gobiernos de sus propios países y sostener una causa común con países que están matando a sus seres queridos desafía a la historia y a la comprensión. A pesar del masivo bombardeo de Alemania y Japón en la Segunda Guerra Mundial, los regimenes fascistas ahí permanecieron en el poder hasta el amargo final. El bombardeo estadounidense del norte de Vietnam durante los 1960s y el principio de la década de los 70s no removieron a Ho Chi Minh o a sus sucesores del poder. El bombardeo por parte de la OTAN de Serbia en 1999 de hecho provocó que la popularidad de Slobodan Milosevich aumente por algún tiempo. No fue hasta mucho después—principalmente por razones domésticas—que la oposición democrática fue capaz de librarse de el.
El bombardeo de Irán con mucha seguridad sería contraproducente para el objetivo de cambiar el régimen. Como muchas otras personas, no se puede esperar que los iraníes se unan a la causa estadounidense si su país sufriese un ataque. El Premio Nóbel Shirin Ebadi, un crítico liberal de la teocracia, de igual manera expresa el punto de vista de muchos de sus compatriotas cuando ella advierte a Washington no atacar a Irán: “Nosotros defenderemos nuestro país hasta que se derrame la última gota de sangre”. Si esa es la actitud de una iraní pro-Occidente y liberal, uno solo puede imaginarse lo que los iraníes que son más hostiles al actual gobierno harían.
Tratar de lograr un cambio de régimen forzado tiene una probabilidad particular de fallar debido a Irán. Muchos iraníes se acuerdan que EE.UU. interfirió en el pasado en los asuntos políticos del país, y el resultado no fue uno placentero. Fue, después de todo, un golpe de estado diseñado por la CIA, el cual removió del poder a un gobierno democrático y reinstauró al autocrático Shah al poder en 1953. Su gobierno cruel y represivo a lo largo del próximo cuarto de siglo ha labrado el camino para la revolución islámica y el surgimiento del actual régimen odioso. Cualquier intento de bombardear a Irán hasta que cambie de régimen es casi seguro que despertará nuevamente esos viejos reclamos, aún entre los iraníes que detestan a los mullahs.
Bombardear podrá ser una manera efectiva de librar una guerra, pero es una terrible manera de ganar los corazones y el favor de la gente. Israel no fue sabio al optar por esa estrategia en Líbano, y EE.UU. sería tonto si la prueba en Irán.
Este artículo fue publicado en el Philadelphia Inquirer el 1 de agosto de 2006.
Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.



























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