21 de diciembre de 2010
La libertad de prensa, según la OEA
por Guillermo Lousteau
Guillermo Lousteau es Presidente del Interamerican Institute for Democracy (EE.UU.).
Según un frecuente lugar común, lo primero que ataca un gobierno autoritario es la libertad de prensa. Discrepo con esa idea, pese a lo intuitivo de su afirmación: la libertad de prensa es el último eslabón, al que se ataca cuando ya se han apoderado de las otras instituciones republicanas.
Por eso, cuando se produce el hostigamiento a la prensa libre es una obligación de todos enfrentar a los autoritarios, en defensa de su libertad.
En una reciente audiencia en el Senado de EE.UU. quedó evidenciado que hay un verdadero peligro para la democracia en los países andinos de Venezuela, Ecuador y Bolivia, y que uno de sus elementos decisivos es el amordazamiento de los medios de comunicación, tal como quedó claro en las exposiciones de Alejandro Aguirre, que acaba de dejar la presidencia de la Sociedad Interamericana de Prensa, y de Zuloaga, perseguido político de Chávez. En los otros países de la región la situación no es tan grave y muestra otros síntomas, algo más sofisticados, como el caso de la Argentina. Pero el peligro está generalizado.
En su última Asamblea, la SIP enumeró las situaciones que afecta a la libertad de expresión en esos países y por unanimidad aprobó el informe sobre el uso de los medios públicos, la publicidad oficial, sobre la ley de medios y el ataque a medios, periodistas y a Papel Prensa en Argentina.
El Índice de Desarrollo Democrático, elaborado por la Fundación Konrad Adenauer, incluye en su cálculo indicadores que forman ese índice. En su “Dimensión de Responsabilidad Social” utiliza como elemento esencial “Las condiciones para el ejercicio de una prensa libre, el acceso a la información y la protección personal”.
Esas condiciones se dan como un indicador compuesto que refleja, por un lado, el grado de libertad existente en una sociedad para el ejercicio de la actividad periodística y, a la vez, la eventual existencia de hechos de violencia como medio de presión contra los periodistas. La libertad de prensa es considerada como la posibilidad que tiene la población para hacer denuncias y se mide como la percepción provenientes de sondeos de opinión y encuestas.
Por supuesto que no es casual que esos indicadores específicos coincidan y tengan un alto grado de correlación con el índice general con el Índice de Desarrollo Democrático, donde Bolivia, Ecuador y Guatemala figuran como países de desarrollo democrático mínimo y Venezuela, como una democracia de bajo desarrollo.
Por su parte, la FLACSO ha analizado y procesado la encuesta sobre Gobernabilidad y Convivencia Democrática en América Latina, realizada por IPSOS, de la que surge que la confianza y credibilidad de la gente está depositada en primer lugar en los noticieros de TV: un 69% confía algo o mucho en ellos y sólo un 9,2% no les tiene confianza. Un porcentaje todavía mayor cree que la TV ayuda a que el gobierno los escuche más.
A estos análisis, se suma ahora el Segundo Informe sobre la Democracia en América Latina, elaborada por la Organización de Estados Americanos. Pocas cosas hay ya que sorprendan de esta desprestigiada OEA, pero este informe lo consigue.
La forma más violenta de restringir la libertad de prensa ha sido, para la OEA, el asesinato de periodistas, que en la gran mayoría se trata de víctimas del crimen organizado. El otro gran peligro, agrega el informe, consiste en que la diversidad de información y la pluralidad disminuye a medida que aumenta la concentración de la propiedad de la prensa y los medios. Según este análisis, “los conglomerados nacionales e internacionales que controlan más de tres cuartas partes de la oferta audiovisual en la región ejercen un poder fuerte y difícilmente puedan ser fiscalizados”.
Esta situación le permite a los medios, dice el informe, “hacer política sin rendir cuentas, influir en la agenda pública, determinar qué es importante y qué no lo es e incluso intervenir en procesos electorales favoreciendo a unos y atacando a otros. Ciertamente, aquí no se aplica la idea de la distribución igualitaria del poder”.
Lo más grave de este hecho, concluye la OEA, es caer en el facilismo de identificar al medio de prensa como el beneficiario de estas acciones, cuando en realidad es sólo la expresión de poderes fácticos que nada tienen que ver con la prensa.
Esta afirmación se apoya en la descripción previa que contiene el informe acerca de cómo funciona la política en América Latina: los discursos y propuestas de líderes políticos siguen las opiniones y preferencias públicas que se reflejan en las encuestas, las cuales a su vez, son moldeadas, por los factores de poder y los medios de difusión masiva. Así, sostiene el informe, “los líderes tratan de conocer las preferencias cambiantes de la opinión y esas preferencias están moldeadas por los complejos sistemas de creación cultural en manos de intereses privados”.
Hay una diferencia entre lo cierto y lo verdadero. Esta descripción puede ser cierta, pero no constituye la verdad sobre el tema, que tiene otros matices. Ciertamente que valdría la pena discutirlo en otro momento, no cuando la libertad de prensa se encuentra bajo otra amenaza.
Resulta cuando menos llamativo que, para la OEA, los peligros a la libertad de prensa provengan básicamente de sectores privados, sea éste el crimen organizado o intereses económicos, y no de los gobiernos autoritarios. Es como avalar los abusos de los Chávez, los Correa, los Morales y los Kirchner.
Con defensores así, ¿quién necesita enemigos?
Este artículo fue publicaro originalmente en Diario de las Américas (EE.UU.) el 3 de diciembre de 2010.



























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