3 de julio de 2006

La intervención óptima vs. la intervención política

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por Porfirio Cristaldo Ayala

Porfirio Cristaldo Ayala es corresponsal de AIPE y presidente del Foro Libertario.

La intervención del gobierno en la economía, para fijar precios, regular, planificar y dirigir, inevitablemente produce el efecto contrario al que se busca. La escasez de la carne, por ejemplo, causó conmoción entre los gobernantes del cono sur. En Argentina se prohibió por seis meses la exportación, tratando de reducir los precios con la disminución de la demanda. En Paraguay, en cambio, se dispuso la planificación y el subsidio a los ganaderos para reducir el precio aumentando la oferta de carne. Ambas políticas están destinadas al fracaso.

Los buenos precios internacionales incrementaron la demanda de carne en los países exportadores, elevando el precio en sus mercados internos. Pero la exportación no debería preocupar, pues significa que en el país se crean nuevos empleos y mejoran los salarios y el nivel de vida de la población. Para que aumente la inversión, en cualquier sector, es preciso que aumente el precio. Esta es la señal que la economía necesita para aumentar la producción.

La intervención del presidente argentino Néstor Kirchner consiguió todo lo contrario. Prohibió la exportación para contrarrestar el aumento de precios, pero eso creo incertidumbre y que los ganaderos, en lugar de invertir más para aumentar la producción que conduciría a una reducción futura de los precios por la mayor oferta, dejaron de invertir. Así no se eliminó la escasez y, cuando se permita de nuevo exportar, los precios serán aún más altos.

La intervención del presidente paraguayo Nicanor Duarte Frutos es peor porque le quita a la gente común para subsidiar a los ganaderos, olvidando que “las vaquitas son ajenas”. El subsidio no reducirá el precio de la carne y parte de los créditos pasarán a la especulación financiera. Es falso que los intereses en bancos privados sean “prohibitivos” para la ganadería, dado que esas tasas son las que establece el mercado para cada actividad. Ese es el costo del dinero. Lo que a menudo es prohibitivo no es la tasa de interés, sino el propio negocio ganadero, agrícola o industrial que productores pretenden realizar.

Los bancos privados tienen suficiente dinero para prestar y desean hacerlo. Ese es su negocio. Si se muestran renuentes a prestar dinero para algunas actividades, en determinadas condiciones de plazo e interés, es por el elevado riesgo de la actividad o del país. Ni el Banco Mundial, ni el BID, ni el FMI pueden cambiar esa realidad, si antes no cambian las condiciones vigentes en el país. El subsidio estatal lo único que hace es distorsionar los precios, promoviendo negocios que normalmente no son rentables ni convenientes, lo que origina el derroche de recursos y una terrible injusticia social.

La pretensión de planificar es otro absurdo. En Paraguay, el gobierno desarrolló elaborados programas de “retención de vientres” para aumentar la oferta de ganado. Pero los productores, desde el que tiene 2 vacas hasta el que tiene más de 20.000 cabezas de ganado, saben cómo planificar su producción futura. Además, ningún gobierno puede planificar por miles de ganaderos, cada uno con una realidad particular y distinta sobre su condición financiera, la capacidad de su campo, el costo del dinero, los peligros de invasiones, expropiaciones y abigeato. Lo único que el gobierno debe hacer es informar que no habrá subsidios para nadie.

Es infinitamente mejor dejar que miles de personas planifiquen su negocio a que un grupo de burócratas iluminados pretendan elaborar un plan que luego será aplicado en forma compulsiva. A los ganaderos, desde el más chico al más grande, el aumento de los precios de la carne –con el consecuente aumento de la rentabilidad de su negocio– les da el incentivo para aumentar su hato, sin necesidad de subsidios. Cuanto más alto sean los precios, más rápidamente se harán las inversiones necesarias para aumentar la producción ganadera y, por ende, más pronto bajarán los precios.

En lugar de sentir pánico ante el aumento de los precios de la carne, los tomates o la gasolina, lo que deben hacer los gobernantes frente a la escasez es dejar que la gente en un mercado libre de injerencia estatal establezca precios reales. La óptima solución a la escasez es respetar la libertad individual y dejar de obstaculizar los mercados.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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