13 de febrero de 2009
La crisis bancaria
por Lorenzo Bernaldo de Quirós
Lorenzo Bernaldo de Quirós es presidente de Freemarket International Consulting en Madrid, España y académico asociado del Cato Institute.
La crisis financiera internacional está poniendo de relieve la fragilidad de los sistemas bancarios nacionales. Esta tiene un origen estructural: la existencia de un modelo de reserva fraccional que permite una brutal expansión del crédito con una base de capital muy pequeña. Si los depositantes, correcta o incorrectamente, perciben que sus depósitos corren riesgo, su demanda para retirar efectivo se dispara. Los bancos no pueden hacerla frente y van a la quiebra. En términos estilizados esa es la esencia de todas las crisis bancarias registradas a lo largo de la historia. Entidades que, sin un shock exógeno serían solventes, enfrentados a él se encuentran con un problema de liquidez que puede conducir a la insolvencia. Un economista de la Escuela Austriaca diría que esa es la inevitable consecuencia de un esquema, la reserva fraccional, que es a priori y a posteriori incapaz de mantener su solvencia cuando se enfrenta a una perturbación inesperada o, más claro, es insolvente por naturaleza y tendría razón, pero ese es otro cuento...
La diferencia entre la crisis de un banco y la de cualquier otra empresa es el denominado riesgo sistémico, esto es, la posibilidad de que se extienda al resto de la banca y al conjunto del sistema económico. Como la información sobre las causas o la magnitud de un shock inicial y sobre la exposición a ese riesgo de otras entidades bancarias no está inmediatamente disponible resulta muy difícil evaluar su impacto. Cuando los mercados de crédito se deterioran, la calidad de la información pública y privada también lo hace y la incertidumbre se dispara. En este contexto, la aversión al riesgo de los distintos participantes en el mercado se dispara y realizan ajustes de su cartera en términos de cantidades (retirada de depósitos hacia otros activos seguros) y no de precios (tipos de interés). En otras palabras, no se realizan préstamos aunque los prestatarios estén dispuestos a pagar cualquier precio/interés.
En este contexto, el mercado no discrimina entre buenos y malos bancos, entre buenos y malos deudores. Aunque es fácil distinguir a los “inocentes” de los “culpables” después de la crisis, es complicado identificarlos antes. Esta falla se agudiza porque la banca con la asistencia de los gobiernos y/o de sus supervisores no suministra información sobre su auténtico estado y tiende a minimizarle u ocultarle en escenarios críticos. En este marco es peliagudo distinguir que instituciones son viables y cuáles no. Al mismo tiempo, la ausencia de una estrategia proactiva de luz y taquígrafos desde los poderes públicos sólo sirve para extender el fantasma de la insolvencia sobre el conjunto del sistema financiero. La tendencia de los gobiernos y de la banca central a confundir la estabilidad con la opacidad sólo conduce a agravar y a contagiar la crisis a las partes sanas del sistema.
Este enfoque es vital para entender cómo debe articularse una respuesta eficaz a la crisis financiera cuando la mayoría de los gobiernos y de los bancos centrales están cometiendo los errores analizados en el párrafo anterior, cuando inventan día a día, nuevos mecanismos para resolverla. Si el riesgo sistémico procede de bancos y cajas, en el caso español, en una posición de insolvencia, la opción justa y ortodoxa es proceder a un proceso de reestructuración y de liquidación. Lo contrario, suministrar ayuda pública ese tipo de entidades, constituye un derroche del dinero de los contribuyentes que no reciben nada a cambio, premia los comportamientos irresponsables que han sido una causa determinante de la debacle y además penaliza y genera una competencia desleal hacia los bancos y cajas de ahorro que han sido prudentes y están bien gestionadas.
En este marco teórico, la opción ideal sería obtener recursos de inversores privados para mejorar los ratios de capital y mejorar la liquidez de las entidades solventes. Así lo han hecho muchos bancos dentro y fuera de España. Si esto no es posible, la asistencia estatal habría de limitarse a suministrar liquidez contra colaterales sólidos para evitar una venta desordenada de sus activos e incluso podría pensarse en recapitalizar las entidades viables para protegerlas del contagio hasta que el mercado reconozca su “inocencia” y los precios y los flujos crediticios se ajusten y vuelvan a la normalidad. Por desgracia, la historia reciente muestra que los gobiernos no han solido realizar esa elemental discriminación. Han proporcionado ayudas a entidades insolventes que luego han mostrado su inviabilidad lo que ha retrasado la dinámica de ajuste y ha incrementado los costes agregados de ella para los contribuyentes y para el resto de la economía. Esta es una lección elemental y fundamental a tener en cuenta cuando España haya de afrontar la próxima e inevitable crisis de buena parte de su sistema banca-cajas.
Los procedimientos de contención del riesgo sistémico señalados son mucho más limpios, transparentes y eficaces que toda la panoplia de medidas arbitristas instrumentadas hasta el momento por la mayoría de los países desarrollados como, por ejemplo, la creación de “bancos malos” para gestionar unos activos tóxicos cuyo valor es imposible de determinar y que se multiplicarán en variedades insospechadas a medida que la recesión se acentúe. Por otra parte reduciría los problemas de riesgo moral y de agencia asociados con las intervenciones del gobierno. Por último contribuiría a potenciar la disciplina de mercado y, en consecuencia, a fortalecer los incentivos de los gestores de las entidades financieras para que recuperen las virtudes de la prudencia debilitadas durante los largos años del “boom” económico. Ahora bien, una iniciativa de esta naturaleza no resuelve la inevitable inestabilidad de los sistemas de reserva fraccionaria. Sin duda existe un modelo teórico mejor, la instauración de un sistema de reserva del 100 por 100 de todos los depósitos bancarios y de las operaciones de crédito pero eso será objeto de otro artículo.



























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