21 de mayo de 2008
Inequidad o libertad en la educación
por Martín Krause
Martín Krause es Académico Asociado del Cato Institute y Profesor de Economía de la Universidad de Buenos Aires (Argentina).
La educación es un tema permanente porque siempre se menciona como la raíz de los problemas sociales y la fuente de sus soluciones. Es probable que ambas cosas sean ciertas, pero se suelen confundir conceptos y de allí que no están claras tampoco las soluciones.
Uno de los casos más controvertidos es el de “equidad”. La palabra “inequidad” no existe en el Diccionario, aunque se usa regularmente, y se refiere a la falta de equidad, que podríamos interpretar como la ausencia de esa “justicia natural” .
Así es que, hablando de educación, el problema es que algunos no estarían recibiendo lo que se merecen. Hay otro problema, por supuesto, que es definir aquello que corresponde por mérito. ¿Todos mereceríamos una educación universitaria? ¿Hablar otros idiomas? ¿Simplemente leer y escribir y algo de matemáticas? ¿Poder manejar una computadora?
Tal vez por esa dificultad algunos han buscado reemplazar inequidad por desigualdad y el problema no es que algunos no estén recibiendo determinado nivel de educación, sino que algunos reciben más que otros, o de mejor calidad. No extraña que ideas como estas sean expuestas por algún líder piquetero, pero lo curioso es que provienen del Ministro de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
En un artículo titulado “El Estado está para igualar y redistribuir” (La Nación, 15/3/08), Mariano Narodowski sostiene: “Sabemos que no todos están en la misma posición de partida a la hora de acceder a la educación, pero creemos que estas diferencias pueden y deben compensarse. No es justo que el éxito en la escuela esté asociado con la cuna en que se nació. El Estado está para igualar y redistribuir conocimientos”.
La situación de la educación pública argentina es clara. Todos sabemos que las escuelas donde asisten los alumnos más pobres tienen pocos recursos, pocos materiales didácticos, edificios inadecuados y maestros y profesores poco preparados. Estos son los alumnos que tienen más posibilidades de dejar sus estudios.
Igualar y redistribuir conocimientos es imposible. No todos podemos ir a Oxford o Harvard, muchos tampoco querrían. Pero si queremos que los que empiezan de más abajo tengan acceso a mejor educación, tal vez deberíamos liberarlos de la condena de acudir a escuelas y colegios estatales donde predominan las malas condiciones antes descritas.
James Tooley, del E. G. West Centre en la Universidad de Newcastle, ha deambulado por todo el mundo, encontrando que existen escuelas privadas en los barrios más pobres de Nigeria y la India. Esas pequeñas escuelas son preferidas por los padres porque sus hijos reciben mejor educación que en las escuelas estatales.
Nada extraordinario las hace más eficientes; simplemente es el mismo principio que se aplica a cualquier otra actividad en el mercado: si no se satisface a los clientes (los padres), estos llevarán a sus hijos a otro lado. En las escuelas estatales, por el contrario, no solamente faltan cursos de estudios y buenas instalaciones sino que también pierden cantidad de días de clases por huelgas.
¿Qué quiere decir redistribuir en este contexto? Si se trata de igualar a las escuelas estatales con las privadas será igualar a todas hacia abajo. Entonces, más que igualar, hay que liberar a los pobres de un sistema de educación pública fracasado e ineficiente que los mantiene atrapados sin salida.
Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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