Estalinismo y figura hasta la sepultura

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Estalinismo y figura hasta la sepultura

24 de Julio de 2007
Carlos Alberto Montaner es periodista y escritor cubano, residenciado en Miami, Florida.

Hace aproximadamente un año, a punto de morir tras un grave motín intestinal, Fidel Castro abandonó la gerencia del manicomio cubano, pero dejó la dirección del país en piloto automático. Mientras él viva continuará el modelo comunista químicamente puro en lo político y en lo económico, aunque la sociedad se deshaga en pedazos en el esfuerzo inútil, mil veces fracasado, de construir el paraíso soñado por Marx. Mientras el ''Máximo Líder'' respire, las palabras apertura, pluralismo, tolerancia o iniciativa privada serán combatidas a sangre y fuego. Estalinismo y figura hasta la sepultura.

¿Retomará Castro las funciones previas a sus tres agónicas operaciones y a la irreverente instalación de un ano artificial? No lo creo. Mi impresión es que, mentalmente, Fidel ya ha cambiado de papel. Suele ocurrir cuando uno está al borde de la muerte. Se jubiló como Comandante en Jefe y ahora se reinventa como un profeta bíblico que reparte fuetazos y admoniciones desde el Sinaí habanero. No me lo imagino de nuevo presidiendo marchas sudorosas o pronunciando discursos de siete horas. Llegó el momento de pasar de jefe a faro, de hombre de acción a hombre de pensamiento. Así se autopercibe hoy: es la luz que ilumina, la conciencia revolucionaria que guía al mundo desde las páginas de Granma por medio de unas incoherentes columnas de prensa, pomposamente llamadas Reflexiones, que lo mismo sirven para combatir la producción de etanol que para denunciar el costo de los submarinos británicos.

Pero Fidel es también otra cosa en estos días crepusculares: es el estratega del socialismo del siglo XXI, esa curiosa manera de llamarle al cruel disparate colectivista y al nuevo espasmo imperial, esta vez surgido en América Latina. Por su pabellón de reposo pasan Chávez, Daniel Ortega y Evo Morales a recibir lecciones de supervivencia revolucionaria. Es verdad que se encuentran a un anciano que divaga, golpeado por la anestesia y las isquemias cerebrales transitorias, un viejo que dice tonterías y hace interminables historias sobre cuestiones secundarias, pero en la conversación a veces surge un chispazo oportuno: cómo aplastar a un enemigo, cómo culpar a Washington, cómo asustar a los europeos. Ya no es el padre de la patria revolucionaria, sino el abuelo matrero, siempre animosamente dispuesto a decirles a los demás lo que deben hacer.

Otro dato a tener en cuenta: Fidel Castro es la autoridad única que ha colocado al Estado cubano al servicio de la nueva aventura bolivariana. Nadie más ha sido consultado. Nadie ha podido evitarlo, aunque todos, corazón adentro, hubieran deseado detener esa locura. Es él quien decidió que veinte mil médicos, dentistas y personal sanitario presten sus servicios en los nuevos territorios conquistados para la causa. Es él quien ordenó que el vasto aparato cubano de inteligencia, espionaje y promoción de imagen, calcado de la extinta URSS, construya la carpintería totalitaria en Venezuela y Bolivia. Los que lo rodean saben que dedicarse a clonar el fracasado modelo cubano más que un crimen es una estupidez, pero todos aplauden y bajan la cabeza.

Nadie debe equivocarse: aún con la voz pastosa y el cerebro pulverizado por los años y los achaques, Fidel Castro continúa mandando. Lo obedecen por miedo, por inercia, y porque es lo que la clase dirigente ha hecho durante medio siglo. No sabe hacer otra cosa. El caudillismo es eso. Es entregarle la facultad de razonar y el derecho a decidir a un jefe supremo e incuestionable. Y ni siquiera es la primera vez que un caudillo continúa ejerciendo el poder tras haber perdido todas sus facultades. En 1968 el dictador portugués Antonio de Oliveira Salazar se cayó de una silla y quedó prácticamente descerebrado, pero aun moribundo, conectado a un resucitador y sin conciencia, continuó siendo Primer Ministro de su país hasta su muerte, dos años más tarde, sin que nadie se atreviera a modificar el rumbo que había dispuesto desde 1932. Comenzó mandando sin corazón y acabó mandando sin cerebro. Me temo que con Fidel se repetirá la historia.