23 de enero de 2013

El síndrome de Mickey Mouse

Printer-friendly versionSend to friend

por Alfredo Bullard

Alfredo Bullard es un reconocido arbitrador latinoamericano y autor de Derecho y economía: El análisis económico de las instituciones legales. Bullard es socio del estudio Bullard Falla y Ezcurra Abogados.

El sueño de todo político es ser como Mickey Mouse: ser tan simpático que todo el mundo olvide que es una rata”. Como todo chiste popular, la frase trae un poco de exageración, algo de injusticia y mucho de verdad.

Es injusta con Mickey Mouse, quien no es una rata sino un ratón. Pero lo cierto es que la mayoría de personas consideran desagradables a los ratones. Lo de la rata es una exageración para darle impacto al chiste.

Es también injusta (aunque menos que con Mickey Mouse) al generalizar a toda la categoría de los políticos. Pero es una licencia que el autor del chiste se toma para, usando nuevamente una exageración, reflejar la percepción general. Hay políticos que no son una rata. Pero entrar en política tiene un efecto similar a la pócima de Dr. Jekyll y Mr. Hyde: hace difícil evitar que surjan nuestros instintos y deseos más indeseables.

Los políticos tienden a mentir, abusar y aprovecharse más que el ser humano promedio.

¿Por qué es así? ¿Qué lleva a que la política tenga ese efecto destructivo sobre la conciencia de los individuos? ¿Qué genera esa esquizofrenia en la que el mismo individuo proyecta una sonrisa que busca ser simpática y realiza actos tan antipáticos al sentimiento general?

Pero no es que los políticos sean peores o mejores que el resto de los mortales. Es simplemente que el juego de la política tiene reglas distintas que conducen a conductas diferentes. En otras palabras, la política genera incentivos perversos.

La primera regla perversa es que los políticos toman decisiones sobre lo que no les pertenece. La política es el mundo de lo público, es decir de lo que es de todos. Los políticos deciden cómo se usan nuestros impuestos y qué servicios y bienes públicos se producirán con ellos. Es decir, nos quitan nuestra plata para producir bienes y servicios que, usualmente, son de mala calidad. En otras palabras, nos hacen pagar por sus estupideces.

Cuando uno usa lo ajeno no tiene los mismos incentivos que cuando usa lo propio. Un político es más cuidadoso con su casa o con su carro de lo que es con el suministro de educación o la construcción de una obra pública. Ello genera ineficiencia en el gasto y un disgusto generalizado con los servicios que brinda el Estado.

En segundo lugar, la política es un juego en el que el ganador tiene incentivos para mentir. En los mercados los proveedores mentirosos son castigados sin piedad. Y no me refiero a la multa de Indecopi (Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual) por publicidad engañosa. Si quien vende una refrigeradora miente sobre su calidad, los consumidores dejan de comprarle cuando advierten la mentira. Ninguna marca importante se ha consolidado en el mercado sobre la base de engañar a las personas.

Pero en política las cosas son diferentes. Si escojo mal al votar por el candidato a presidente o a congresista, el resultado no será una refrigeradora en mi cocina que no hace hielo y que crea todos los incentivos para no volver a comprar la misma marca. Al votar, la gente es bastante más ligera que cuando decide qué refrigeradora comprar. La razón es que los costos de votar mal (a diferencia de los costos de comprar mal) se reparten entre todos los demás. Dicho de otra manera, los costos y beneficios de votar bien o mal se trasladan a todos los demás y no solo al que vota, produciendo externalidades. Ello genera desinterés al votar, abriendo el camino a la mentira, la demagogia y el populismo como herramientas del éxito. Es curioso cómo caemos tan fácil en la trampa de votar una y otra vez por la misma persona de la que despotricamos sin piedad.

Walt Disney supo darle a un ratón la simpatía para ser popular y exitoso. Quizás valdría la pena que los políticos escucharan su consejo: “La forma de empezar algo es dejar de hablar y comenzar a hacerlo”.

Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 19 de enero de 2013.