7 de diciembre de 2011
El Salvador: Querer más cosecha, debilitando al sembrador
por Cristina López G.
Cristina López es columnista de El Diario de Hoy (El Salvador) y estudiante de políticas pública en Georgetown University.
La impotencia, de que en este tema no importa qué opinemos, porque nadie nos va a consultar. La preocupación, de que el próximo año nos va a alcanzar todavía menos el sueldo. La rabia, de ver que por ese dinero no se rinden cuentas y a simple vista, sirve para mantener los lujos de unos pocos a costa del sacrificio de muchos. El anuncio de las reformas fiscales preparadas por el Órgano Ejecutivo, ha sido capaz de despertar la combinación de todos esos sentimientos en muchos ciudadanos: mejor que cualquier telenovela.
El problema es que con la “propuesta de una tabla para el impuesto de la renta” (con disculpas por la pedantería de la exactitud, pero al presidente le resulta ofensivo que se diga que está aumentando impuestos), se pretende atacar un síntoma (el del déficit fiscal) en lugar de erradicar la enfermedad (gasto gubernamental excesivo). En una economía anémica, tenemos un Estado obeso, que se rehúsa a entrar en un régimen de austeridad que evite el colapso fiscal. Para ejemplos, las cifras que demuestran un ejemplo del crecimiento estatal: según fuentes del Instituto Salvadoreño del Seguro Social, los empleados del sector público, ese que no genera riqueza, han aumentado de 135.871 que eran en 2010, a 145.420 en 2011. Aunque el presidente Funes en sus declaraciones en que pretendía justificar la necesidad de la reforma fiscal mencionara el salario de los 3.300 nuevos agentes policiales que se gradúan año con año de la Academia Nacional de Seguridad Pública, esta cifra difícilmente explica el crecimiento de más de 9.000 empleados en el cuerpo laboral del sector público.
Parecen olvidar los técnicos del Ministerio de Hacienda y asesores de la presidencia, que si crece la economía, crecen también los ingresos fiscales, ya que con el comercio, inversión y consumo mejoran los ingresos para el gobierno, provenientes de IVA, ISR e importaciones. Por lo tanto, aumentar los impuestos (perdón, “reformar la tabla del impuesto de la renta”) al encontrarse en la necesidad de tener una economía creciente, es el equivalente a querer más maíz, y debilitar al que lo siembra.
Sin embargo, estar al borde del abismo de un déficit fiscal hondísimo, tiene el efecto secundario de causar la aplicación de soluciones simplistas y populistas, ignorando por completo la posibilidad de ahorrar en el gasto fiscal a través de diferentes medidas, como pueden ser la suspensión temporal de gastos superfluos del Estado: publicidad, gastos de viaje, gasolina, compra de vehículos innecesaria, por mencionar algunos.
Ojalá que a los diputados, sobre quienes ahora recae la responsabilidad de analizar esta peligrosa reforma, tengan presente que los aumentos en el impuesto sobre la renta, por pequeños que sean, envían mensajes equivocados: cuando se coloca un impuesto al tabaco, se desincentiva su consumo. Colocar entonces un mayor impuesto sobre el salario, desincentiva el trabajo y la superación laboral, dos componentes del crecimiento económico que tan desesperadamente necesita nuestro país.
"La nueva tabla propuesta favorece a más de 260.000 contribuyentes", dijo en sus declaraciones el presidente Funes, obviando por supuesto, mencionar la cifra de contribuyentes que resultan perjudicados directamente, la cantidad de ciudadanos que tendrán que pagar precios más altos por los productos que consumen, el número de empleos que no se crearán y por supuesto, la cantidad de emprendimientos que no se realizarán debido a la inestabilidad e inseguridad jurídica causada por el cambio en las reglas del juego.
Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de Hoy (El Salvador) el 4 de diciembre de 2011.



























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