7 de octubre de 2008

El poder del mercado

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por Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner es periodista cubano residenciado en Madrid.

Los enemigos de la libertad económica están felices. Ven la actual crisis financiera estadounidense y europea como la demostración de la superioridad del socialismo planificador sobre el mercado. Celebran el entierro de algo muy confuso a lo que llaman ‘neoliberalismo’, y sueñan con implantar gobiernos fuertes que dirijan las actividades económicas y controlen el aparato productivo mediante un enjambre de funcionarios brillantes y bienintencionados de la estirpe ideológica de Hugo Chávez, Evo Morales y Daniel Ortega, dedicada a construir el bienestar de la sociedad por medio de sus impulsos altruistas.

El error intelectual surge de no entender lo que es el mercado. En las sociedades en las que existe propiedad privada y funciona el Estado de derecho, millones de personas toman constantemente billones de decisiones en busca de la satisfacción de sus necesidades, dando lugar a lo que el premio Nobel F. Hayek llamaba ‘el orden espontáneo’, una organización más apta para crear riquezas, asignar bienes y servicios y disminuir los niveles de miseria, que las colmenas dirigidas por los ingenieros sociales.

Por supuesto que ese orden espontáneo no es perfecto, ni produce un equilibrio económico, dado que no hay nada más revolucionario y, a veces, impredecible que el mercado, pero los errores, crisis y contramarchas forman parte del método habitual de trabajo y aprendizaje en las sociedades libres.

Los individuos y las empresas, en su afán de competir por las preferencias del consumidor, recurren al aleccionador método de tanteo y error, exploran diversas intuiciones e hipótesis, e intentan estrategias guiados por los aciertos y por los descalabros, hasta alcanzar el triunfo o hundirse en el fracaso, dos resultados que generalmente son provisionales.

De las 100 empresas principales que existían en EE.UU. a mediados del siglo XX, sólo veinte sobreviven hoy en posiciones dominantes. Las ochenta restantes se consumieron en la ‘destrucción creadora’ del mercado, como muy gráficamente señaló Joseph Schumpeter, pero no sabemos cuántas nuevas y valiosas iniciativas surgieron de las cenizas de los empeños que no llegaron a buen término.

Lo que sí podemos asegurar, a principios del siglo XXI, es que en las naciones del primer mundo, organizadas en torno al mercado son más ricas, saludables y educadas que la que existía a mediados del XX, pese a las guerras, las crisis cíclicas, las catástrofes naturales y las estupideces periódicamente cometidas por los gobernantes y por los individuos de la sociedad civil.

¿Cómo se produjo este avance en medio de tantos disparates y calamidades? Muy sencillo: el orden espontáneo tiene un efecto cicatrizador asombrosamente efectivo, algo que no debemos olvidar en medio de la llamada “crisis de las hipotecas”.

Artículo de Firmas Press
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