21 de diciembre de 2012

El negocio de cambiar el mundo

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por Gabriela Calderón de Burgos

Gabriela Calderón es editora de ElCato.org, investigadora del Cato Institute y columnista de El Universo (Ecuador).

Viña del Mar, Chile— “¿A qué te dedicas?” suele ser una pregunta difícil de contestar para quienes trabajamos en el mercado de las ideas. Empiezo explicando que me dedico a difundir ideas que fomenten una sociedad de individuos libres de la coacción de otros. La usual cara de incomprensión de mi interlocutor me lleva a dar otra explicación: me dedico a seleccionar, desarrollar, editar y/o traducir y formatear publicaciones y contenidos para el sitio Web en español del Cato Institute, Washington, DC, un centro de investigaciones de políticas públicas (“thinktank”) de corte liberal. Como complemento, escribo esta columna desde hace siete años. Esta es una explicación larga y, a pesar de serlo, no logra comunicar por qué es fundamental que hayan personas que se dediquen a tiempo completo a defender las ideas que sustentan una sociedad abierta.

¿Por qué? Para el latinoamericano promedio —sin importar su nivel de ingreso— las ideas no importan, porque “nadie vota por ideas”. Pero las ideas importan. John Maynard Keynes decía que “Las ideas de los economistas y los filósofos políticos, tanto cuando son correctas como cuando no lo son, son más poderosas que lo que es comúnmente entendido. De hecho el mundo está regido por poco más. Los hombres prácticos, que se creen totalmente exentos de cualquier influencia intelectual, son usualmente los esclavos de algún economista difunto”.

Que hoy sean políticamente rentables las propuestas que concentran más poder (y recursos) en el Estado no es culpa del “pueblo sin educación”, ni de “la naturaleza de la política”. Si fuera cierto eso, la humanidad nunca hubiera avanzado hacia cada vez mayores grados de libertad individual. En realidad, la razón por la que hoy son políticamente rentables las propuestas de corte socialista/populista/colectivista es porque nuestras élites ignoraron la importancia de las ideas permitiendo que los colectivistas —socialistas, comunistas, fascistas, estatistas— lleguen a copar prácticamente todos los espacios de lo que se puede entender como “nuestra cultura”.

No es que la mayoría de los ecuatorianos nacen con la disposición a depender del Estado. Es que se nos inculca desde múltiples ámbitos, nos la presentan como la verdad incuestionable. Son décadas de una educación pública controlada por intelectuales marxistas, del cual salieron los periodistas, abogados, historiadores, políticos y profesores que hoy continúan influyendo en la formación de la opinión pública. Además de la escuela, la universidad y los medios, desde hace décadas escuchamos prédica colectivista de varios representantes de la Iglesia Católica en nuestro país.

Ojalá esta experiencia con un gobierno autoritario haga que nuestras élites tengan una mayor conciencia acerca de la importancia de las ideas y fomenten thinktanks, cátedras en universidades, eventos académicos y/o culturales, documentales, y artistas que contrarresten la hegemonía cultural que hoy tiene el colectivismo en nuestro país. Y que lo hagan —esto es crucial— con total independencia de cualquier proyecto político y sin tecnicismos.

Las propuestas de quienes promovemos ideas liberales probablemente son “políticamente imposibles” hoy, pero esta es una inversión a largo plazo. Milton Friedman decía que “si alguna vez debemos de tener un mundo mejor, alguien debe soñar; y debe soñar acerca de una era en la que las masas ya no son engañadas”. Por eso estamos en el mercado de las ideas o, como dirían algunos colegas, en “el negocio de cambiar el mundo”.

Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador) el 21 de diciembre de 2012.