El euro, adulterado por la política

Title

El euro, adulterado por la política

27 de Noviembre de 2012
Pedro Schwartz es Presidente del Tribunal de Defensa de la Competencia de Madrid y Profesor de Economía de la Universidad San Pablo CEU.

Pese a la resistencia de Alemania y otros países nórdicos, el euro está cambiando de naturaleza. El euro se diseñó como un cuasi-patrón oro. Sus creadores pretendían que fuera una moneda firme cuyo banco central estuviera centrado primordialmente en el control de la inflación. Para que el Banco Central se viera libre de las posibles presiones de políticos acuciados por el malgasto, se le prohibía todo préstamo o crédito a las instituciones de la Comunidad Europea y a los Estados-miembro. La consecuencia, por así decir automática, de estas cortapisas a la actuación del BCE era que los Estados se veían forzados a acudir a los mercados financieros para cubrir sus excesos de gasto. A medida que las necesidades públicas se hacían mayores, más crecía la de colocar deuda pública. En una crisis, los Estados se quedaban sin fondos para salvar sus bancos y cajas cuando éstos se hubieran excedido en sus préstamos. También se encontraban sin fondos para financiar las perentorias demandas de unos sistemas de bienestar social generosamente ampliados en tiempos de bonanza.

Esa disciplina querida por los fundadores del euro es lo que lleva a muchos defensores del liberalismo económico, algunos tan auténticos como Jesús Huerta de Soto, a ver la moneda europea como un acertado invento. En opinión de mi admirado amigo Jesús Huerta, la crisis que tanto dolor nos está causando se debe a los vaivenes de unas monedas carentes de ancla, hueras de valor y multiplicadas imprudentemente por un crédito bancario sin freno. Por eso, había mantenido hasta ahora, con característica energía, que la vuelta al patrón oro era un remedio necesario para la elefantiasis del Estado democrático. Nadie esperaba que saliera en defensa del euro como lo hizo en la reciente reunión de la Sociedad Mont Pèlerin en Praga, cuando tantos liberales lo vienen denunciando desde hace años el euro como una construcción artificial típica de planificadores sociales a la francesa. Es fácil entender el porqué de su nueva postura: ve el euro como una bienvenida disciplina o cilicio para gobiernos incontinentes. Por citar el caso de España, si no fuera por la necesidad de mantenernos en la moneda única, no estaría nuestro gobierno tomando las medidas fiscales y aplicando las reformas sociales que, poco a poco, están enderezando el rumbo del país. Luego el euro es bienvenido.

Esa consoladora conclusión sólo puede mantenerse, sin embargo, si se olvida que todo avezado político europeo es capaz de rivalizar ventajosamente con el mago Harry Houdini, el prestidigitador capaz de escapar de cualquier lazo o nudo con el que el público quisiera atarle. Cierto es que los países incumplidores están aplicando (mal que bien) los duros remedios que los prestamistas exigen de ellos —con la excepción de Grecia para la cual la medicina ha llegado tarde—. Pero al mismo tiempo son cada vez más numerosas las voces que se elevan exigiendo una reforma del euro y del BCE, para convertir la moneda única en una típica divisa fiduciaria, reducida a ser un instrumento de política económica al servicio de los gobernantes de turno.

Imitación de EE.UU.

Cuando hablan de la necesidad de permitir que el BCE compre deuda pública de los Estados-miembro, de la urgencia de conseguir una unión bancaria, de la conveniencia de dotar la eurozona de una Hacienda común que sepa gastar para promover el crecimiento, en realidad quieren que el euro se convierta en una moneda como la de EE.UU., donde se ha permitido que la deuda pública pase del 100% del PIB y los votantes reelijan a un presidente a quien no le ha importado llevar al país al borde de un "precipicio" financiero. Pese a la resistencia de la opinión pública alemana, finlandesa u holandesa, los países deudores están consiguiendo transformar el sistema monetario de la UE en una futura caja de financiación de gobiernos sin disciplina. Temo, pues, que aquel banco central independiente de todo poder político, que aquel euro con aspiraciones de ser una moneda firme, creados por el Tratado de Maastricht y reforzados por el primer Pacto de Estabilidad y Crecimiento, hayan muerto para ser sustituidos por algo parecido al dólar y a la Reserva Federal.

En el momento del nacimiento de la moneda europea se reunieron alrededor de la cuna muchas hadas buenas. La una prometió que serviría para reducir los costes del comercio entre las naciones del Continente. La otra vaticinó que fomentaría la extensión del mercado único. Una tercera habló de las facilidades para los turistas, cansados de pagar comisiones en sus cambios de moneda. La cuarta destacó que la nueva moneda facilitaría los flujos de capitales y reduciría los tipos de interés de todos los miembros al nivel de Alemania. Pero repentinamente se lanzó sobre la cuna el brujo Delors, que profetizó que la infante será esclavizada para servir como instrumento y símbolo de una Unión centralizadora, gobernada por oscuros eurócratas. Ahora vemos que ha prevalecido la visión de ese político social-cristiano francés. Con tal de que la bandera del euro no se deshilache, cualquier debilidad ante las fuerzas de la inflación es excusable.

Querido Jesús Huerta: si los políticos fueran ángeles yo también creería en el euro.

Este artículo fue publicado originalmente en Expansión (España) el 24 de noviembre de 2012.