El estado de la tecnología y la tecnología del Estado

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El estado de la tecnología y la tecnología del Estado

30 de Enero de 2013
Xavier Sala-i-Martín es catedrático de Columbia University.

21 de julio de 1969. 02:56 UTC. Cuatro días después de despegar desde el Kennedy Space Center en Florida, Neil Armstrong pone el pie en la luna y pronuncia la frase: “un pequeño paso para un hombre, un paso de gigante para la humanidad”. Se pasa dos horas caminando y recogiendo muestras con Buzz Aldrin. Cuando finalizan, el pequeño módulo que los ha llevado hasta la superficie lunar se eleva de nuevo y se acopla al módulo de comando que se ha quedado orbitando y donde les espera Michael Collins. Llegan a la tierra tres días después.

En el centro de toda esta espectacular operación está el más potente ordenador del momento: el IBM System/360 Modelo 75. Es tan grande como un edificio entero, pesa varias toneladas, cuesta millones de dólares y tiene menos capacidad que... ¡un IPhone!

En el mundo hay cerca de mil millones de “smartphones” (o “listófonos” como se apresurarán en llamarlo los mismos iluminados que nos trajeron el “balompié” y el “güisqui”). Pero en lugar de utilizar todo ese poder computacional para enviar hombres a la luna, sus propietarios los utilizan para matar cerdos a golpe de pájaros. ¡Y no! No lo digo como una crítica a los “Angry Birds” ni estoy sugiriendo que enviar hombres a la luna sea mucho más productivo, útil o deseable que jugar con las aplicaciones del iPhone. Lo que digo es que tener una gran capacidad computacional no necesariamente nos lleva a conseguir metas más altas. Es una simple cuestión de objetivos.

Todo esto me viene a la cabeza cuando oigo hablar de recortes en el sector público. El excesivo endeudamiento de nuestros gobiernos les está obligando a seguir políticas de reducción de gastos y eso, supuestamente, reduce los servicios que recibe el ciudadano. Incluso se habla del fin del estado del bienestar.

La pregunta es: ¿el recorte del gasto implica necesariamente la reducción de los servicios públicos? Hay analistas económicos (que a menudo son catedráticos de políticas públicas) que dicen que sí. Al menos eso se deduce de sus estudios en lo que comparan los niveles de gasto entre países y lo equiparan a un supuesto nivel de bienestar social. Pero identificar gasto con servicio es patatero, primitivo y carece totalmente de sentido por dos razones. La primera es que hay mucho gasto inútil. Y la segunda es que diferentes tecnologías permiten tener diferentes prestaciones con un mismo gasto. En el mundo de las telecomunicaciones o la informática, por ejemplo, tenemos unos servicios cada día mejores ¡con un gasto cada día menor!

Esto quiere decir que se podrían utilizar tecnologías modernas para intentar reducir el gasto público sin reducir la calidad del servicio. Por ejemplo, el “cloud computing” que está siendo utilizando las empresas privadas para reducir costes podría implementarse en el gobierno con el mismo objetivo. En lugar de organizar a los empleados públicos por ministerios, cada uno con su burocracia, con sus expertos informáticos y sus cuerpos legales, se podrían organizan todos como un gran cuerpo de superexpertos independientes que operan desde la nube para cualquier ministerio que lo requiera. Un día trabajarían en un proyecto del ministerio de interior hoy y al día siguiente para el de fomento o sanidad. Como todos los resultados estarían en la nube a la vista de todos, se evitaría duplicar proyectos y errores, cosa que ahorraría miles de millones de euros prescindiendo de miles de funcionarios redundantes.

Las tecnologías de seguimiento posicional permiten cobrar a los usuarios por la utilización carreteras o autopistas: hace años que los economistas decimos que esa (y no los impuestos de los pobres que no utilizan las carreteras) es la mejor manera de financiar servicios públicos con problemas de congestión como las carreteras. Los peajes son incómodos y pueden crear colas y más congestiones y por eso ha habido cierta reticencia a generalizarlos en el pasado. Pero el seguimiento por GPS permite el cobro por utilización sin tener que pagar en un peaje.

Las nuevas teorías de psicología conductural deberían permitir entender mejor qué incentivos mueven a los ciudadanos y aprovechar ese conocimiento para conseguir resultados deseables del mismo modo que los psicólogos diseñan los modernos supermercados y deciden la posición de cada uno de los productos (y eso incluye los chicles al lado de la caja registradora) para conseguir que los clientes gasten la máximo posible. La telemedicina puede contribuir a reducir costes y, a la vez, descongestionar hospitales. Los GPS pueden ser utilizados con pulseras de seguimiento electrónico puede reducir el número de reclusos no peligrosos en las cárceles. Y en mi artículo del pasado del pasado 17-12-12 (“Señor Wert, es una inmoralidad”), ya expliqué cómo las nuevas tecnologías permiten mejorar el sistema educativo.

Resumiendo, el debate de los recortes del gasto público debería incluir una discusión sobre la existencia y utilización de tecnologías disponibles que permiten aumentar la eficiencia de los aparatos del estado.

Claro que una idea tan normal en el sector privado se convierte en extravagante cuando se trata del sector público principalmente porqué se va a encontrar con la oposición frontal de tres estamentos. El primero es el funcionariado, de naturaleza conservadora, burócrata y reticente a cambiar. El segundo es la clase política, que siempre ha utilizado el sector público (y sus puestos de trabajo) como una herramienta para ganar votos y para colocar a amigos, familiares y simpatizantes del partido. Y finalmente, el de los intelectuales que piensan que el sector público es un gran centro que empleo para gente que en algún momento de su vida ha sabido memorizar 200 temas para pasar unas oposiciones.

A los tres grupos se les debería explicar que el estado no debería ser un instrumento al servicio de funcionarios y políticos, sino un instrumento al servicio de los ciudadanos.

Este artículo fue publicado originalmente en el blog de Xavier Sala-i-Martin el 14 de enero de 2013.