7 de septiembre de 2010
El déficit es un síntoma, el gasto es la enfermedad
por Michael D. Tanner
Michael Tanner es Director del Proyecto del Cato Institute para la Privatización de la Seguridad Social.
Durante algún momento a inicios de septiembre, la deuda nacional de EE.UU. superó los $13,4 billones.
Coloquémoslo en perspectiva: Si usted ganara $1 cada segundo, se demoraría 425.000 años para ganar suficiente dinero para saldar dicha deuda. Y no hay probabilidades de que la situación mejore pronto. De acuerdo a la Oficina del Presupuesto del Congreso, EE.UU. se endeudará en un $1 billón más el próximo año y durante los siguientes años la deuda continuará aumentando. Con programas de beneficios sociales como la seguridad social y Medicare enfrentándose a más de $100 billones de obligaciones a futuro sin financiamiento, puede que algún día veamos este nivel de deuda como “los buenos y viejos tiempos”.
No obstante, así de espeluznante como son esos números, enfocarse en el déficit y en la deuda es confundir el síntoma con la enfermedad. Como Milton Friedman explicó, el verdadero problema no es cómo la gente paga por el gasto público —deuda o impuestos— sino el gasto en sí. En otras palabras: No solo veamos el déficit, más bien pensemos por qué tenemos uno. La razón por la que tenemos un déficit es muy sencilla: El Estado gasta demasiado.
Tradicionalmente, el gasto federal ha constituido alrededor del 21% del PIB. Pero George W. Bush y (todavía más dramáticamente) Barack Obama han llevado al gasto federal a constituir más del 25% del PIB. Como dice el viejo cuento, esas son las buenas noticias. Cuando se sienta el peso total de los programas de beneficios sociales, el gobierno federal consumirá más de un 40% del PIB para mediados de este siglo. Esto ni siquiera incluye el gasto por parte de gobiernos estatales y locales.
Como cualquier doctor sabe, equivocarse en el diagnóstico conduce a un tratamiento equivocado. Por lo tanto, los miembros del Partido Demócrata dicen querer combatir el déficit al pedir más impuestos. Pero pensemos qué tanto tendrían que aumentarse los impuestos para pagar por todo el gasto público que se viene. Los impuestos federales generalmente se han ubicado en alrededor del 18% del PIB. Actualmente, ese porcentaje se ha reducido a alrededor del 15% del PIB, en gran parte como resultado de la recesión. ¿De verdad estaríamos mejor si, en 2050, el gasto federal llegase al 40% del PIB pero duplicáramos los impuestos para pagarlo? Por lo menos, en teoría, no habría déficit aunque también seríamos más pobres y menos libres.
Por supuesto que es igualmente ilusorio que los miembros del Partido Republicano argumenten que la respuesta es simplemente recortar impuestos, que la economía crezca y así se elimine el déficit. Hay muchas razones buenas para reducir los impuestos —siendo una de las mejores que ese dinero en realidad es nuestro— pero muchos Republicanos argumentan que los recortes de impuestos generarían tanta recaudación adicional que los recortes de gasto ya no serían necesarios. Ellos ilustran la “Teoría de los dos Papá Noel” de Jude Wanniski, la cual sostiene que “si los Demócratas van a jugar a Papá Noel promoviendo más gasto, los Republicanos nunca les podrán ganar promoviendo menos gasto. Ellos tienen que prometer reducir los impuestos para que la economía crezca —no para privar al gobierno de recaudaciones”.
Si, los recortes de impuestos —por lo menos algunos tipos de recortes de impuestos— estimularán el crecimiento económico. Pero ninguna cantidad de crecimiento económico nos permitirá pagar los niveles de gasto que se vienen. Incluso si lo hiciera, ¿sería recomendable? ¿Queremos un Estado grande, incluso si lo podríamos pagar?
El hecho es que no hay Papá Noel —ni el Demócrata que gasta ni el Republicano que reduce los impuestos. El gasto tendrá que reducirse —realmente reducirse: La vieja frase de “fraude, desperdicio y abuso” no serán suficientes esta vez.
Recortar el gasto nunca es fácil en el ámbito político. En tiempos electorales como estos, aquel que sea honesto sobre el gasto probablemente será tildado de “extremista”. Pero es tiempo de que alguien se arriesgue y muestre el valor de decirles a los estadounidenses que Papá Noel no va a venir.
Este artículo fue publicado originalmente en The National Review (EE.UU.) el 25 de agosto de 2010.



























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