El asunto invisible: América Latina en las elecciones de EE.UU.

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El asunto invisible: América Latina en las elecciones de EE.UU.

5 de Noviembre de 2012
Ted Galen Carpenter es Académico Distinguido del Cato Institute y autor o editor de varios libros sobre asuntos internacionales, incluyendo Bad Neighbor Policy: Washington's Futile War on Drugs in Latin America (Cato Institute, 2002).

Antes del ataque contra el consulado de EE.UU. en Bengasi y el asesinato del embajador Christopher Stevens y tres miembros del personal diplomático, la política exterior desempeñó un papel muy pequeño en la competencia de 2012 entre Barack Obama y Mitt Romney. Incluso ahora, la discusión de la política exterior se centra casi exclusivamente en dos regiones. Una es el este de Asia, donde los candidatos compiten para ver quién puede ser más duro con China —especialmente en cuanto a las fechorías cometidas por Beijing en el ámbito del comercio. La otra región es el Medio Oriente, que rápidamente se está convirtiendo en una obsesión para el equipo de Romney. Las relaciones de EE.UU. con otras regiones del mundo reciben solo una atención marginal. Esto es cierto incluso en el eterno centro de la política exterior de Washington, la relación trasatlántica.

Otra parte del mundo que ha sido casi invisible en los discursos y anuncios de campaña es América Latina. La única excepción parcial es México, pero la discusión de ese tema se limita a argumentos vagos y sentimentales sobre la seguridad fronteriza y la inmigración ilegal.

La falta general de atención a América Latina en la carrera presidencial es lamentable, ya que la región ha tenido desarrollos diplomáticos, económicos y de seguridad importantes para EE.UU. Hay tres grupos de asuntos que merecen una mayor discusión en términos de cantidad como de calidad. Uno de ellos es la relación de EE.UU. con México —más allá de la seguridad de la frontera y la inmigración. El segundo grupo, es el deterioro de la seguridad en América Central, relacionado a la creciente presencia de los cárteles mexicanos de la droga. El tercer grupo es la relación de Washington con el recientemente reelecto presidente de Venezuela Hugo Chávez y lo que su victoria electoral implica para la fortaleza y durabilidad del populismo autoritario en el hemisferio occidental.

Ya sea Obama o Romney quien gane la elección, el presidente de EE.UU. tendrá que lidiar con un nuevo y menos conservador presidente en México. La victoria de Enrique Piñera Nieto en las elecciones presidenciales de su país en julio restaura el otrora dominante Partido Revolucionario Institucional (PRI) al poder después de doce años en los que el Partido Acción Nacional controló la presidencia. Las propuestas de políticas públicas de Peña Nieto siguen siendo un tanto vagas y su victoria con una mayoría ligera en una carrera de tres partidos no le da a él ni a su partido un mandato fuerte.

De lo que podemos discernir, parece serio en cuanto a la limpieza del notoriamente corrupto PRI y en cuanto a hacer al partido más receptivo a las reformas económicas de libre mercado. Sus puntos de vista sobre la desastrosa guerra contra las drogas que el saliente presidente Felipe Calderón impulsó, resultando en la muerte de más de 55.000 personas, siguen sin ser claros. Sin embargo, Peña Nieto parece estar inclinado a restarle importancia al conflicto y tal vez incluso lograr algunas treguas tácticas con algunos de los cárteles de la droga.

Washington tiene que ser paciente con la administración de Peña Nieto y reconocer que EE.UU. tiene una relación vital y multifacética con México. Los líderes de EE.UU. no deberían impulsarlo a seguir la equivocada guerra contra las drogas de Calderón y deben ser más flexibles con el tema de la inmigración. También es importante para Washington alentar reformas orientadas al mercado en su vecino del sur, ya que darían lugar a un crecimiento económico más robusto en México y con ello, aliviaría los problemas bilaterales en los ámbitos de la inmigración y el tráfico de drogas.

Si el poder de los cárteles de la droga dentro de México es preocupante, su fuerza creciente en los frágiles países de Centroamérica debe ser doblemente preocupante. Hay estimaciones creíbles de que los dos principales cárteles, la organización de Sinaloa y los ultra violentos Zetas, ahora controlan grandes porciones de Honduras y casi la mitad de Guatemala. La administración de Obama se ha alarmado lo suficiente para despachar silenciosamente a Infantes de Marina y personal militar adicional para ayudar a las unidades de seguridad en ambos países. Las fuerzas estadounidenses han participado en varios combates, incluyendo uno a principios de este año que al parecer resultó en la muerte de civiles inocentes.

La presencia militar secreta de EE.UU. ya se está convirtiendo en una cuestión controversial entre poblaciones que recuerdan el apoyo de Washington a los gobiernos de derecha y sus fuerzas militares en América Central  durante la Guerra Fría, a pesar de los abusos a los derechos humanos cometidos por esos regímenes. En cualquier caso, Centroamérica está de nuevo en el radar de seguridad de Washington en un grado en el que no  había estado por dos décadas. Dada la potencial amenaza a la seguridad que plantean los cárteles de la droga, es casi seguro que la tendencia se mantendrá sin importar quién gane la elección presidencial de EE.UU.

El último conjunto de asuntos de América Latina que ha recibido poca discusión en la campaña es la resistencia política de Hugo Chávez en Venezuela y sus aliados populistas autoritarios en países como Ecuador, Bolivia y Nicaragua. Chávez fue electo para un nuevo mandato a principios de octubre, por lo que es seguro que seguirá siendo una incomodidad política y diplomática para Washington. Sin embargo, su victoria sobre su rival Henrique Capriles fue mucho más estrecha que sus triunfos anteriores. A pesar de haber erosionado sistemáticamente los fundamentos democráticos de Venezuela durante sus años en el poder —eliminando el poder legislativo, gobernando por decreto, cerrando o tomando los medios de comunicación que critican su conducta y hostigando a los opositores políticos y líderes de la comunidad empresarial— ganó apenas el 55 por ciento de los votos (un margen de victoria de 10 puntos porcentuales en comparación con 27 puntos porcentuales en 2006), y su partido perdió escaños en la asamblea nacional.

Los temores de Washington, tan prominentes hace apenas unos años, de que Chávez y sus aliados populistas en otros países fueran el presagio de una "revolución bolivariana" hemisférica se han desvanecido considerablemente. Regímenes más moderados en Brasil, Colombia, Chile y México ahora parecen ser los modelos que la mayoría de latinoamericanos favorecen. Sin embargo, la voluntad de Chávez (y algunos de sus emuladores) para hacer una causa común con Irán y otros regímenes anti-EE.UU. es ahora una mayor preocupación entre los líderes estadounidenses. Las relaciones entre Caracas y Teherán van a ser un asunto importante y polémico en los próximos años.

Estas y otras cuestiones son suficientemente importantes como para merecer atención en la campaña presidencial de EE.UU. Es una señal del provincialismo político de EE.UU. que la política exterior en general, y particularmente estos temas, hayan tomado un segundo plano frente a los asuntos domésticos. Si bien es comprensible que la mayoría de los votantes estadounidenses quieran centrarse en los persistentes los problemas económicos del país y en cómo superarlos, importantes cuestiones de política exterior, incluyendo algunas bastante cercanas a casa, están desarrollándose mientras los votantes continúan fijándose exclusivamente en lo doméstico.

Este artículo fue publicado originalmente en Aspenia (EE.UU.) el 23 de octubre de 2012.