4 de mayo de 2010

EE.UU.: Una economía de mentirosos

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por Gerald O'Driscoll

Gerald P. O'Driscoll es ex-vicepresidente del Banco de la Reserva Federal en Dallas y académico asociado del Cato Institute.

El libre mercado depende de la honestidad. Los precios deben reflejar las valoraciones de los consumidores; las tasas de interés deben ser guías confiables para los empresarios que están asignando capital a través del tiempo; y las cuentas de una empresa deben reflejar el verdadero valor del negocio. En lugar de decir la verdad, nos estamos convirtiendo en una economía de mentirosos. La causa es evidente: el capitalismo de compadres.

Thomas Carlyle, el ensayista victoriano del siglo diecinueve, de manera poco favorecedora describió al liberalismo clásico como “anarquía más policía”. Como un romanticista, Carlyle odiaba el sistema —pero lo describía de manera precisa.

Los liberales clásicos, cuyos contrapartes modernos son los libertarios y los conservadores de gobierno limitado, creían que las tareas del Estado deberían estar limitadas a (1) proveer la defensa nacional; (2) proteger a las personas y a la propiedad en contra de la fuerza y del fraude; y (3) proveer bienes públicos que los mercados no pueden. Aquella concepción del Estado y sus deberes fue articulada en la Declaración de la Independencia y representada en la Constitución de EE.UU.

Los liberales modernos han expandido considerablemente la lista de funciones del Estado, pero, con la excepción de los regímenes totalitarios, no conozco un movimiento político moderno que la haya acortado. Mientras que proteger a los ciudadanos en contra de la fuerza, tanto dentro como fuera del país, es la función más básica del Estado, protegerlos en contra del fraude está estrechamente relacionado. Por el uso de la fuerza, un ladrón toma con armas lo que no es justamente suyo; aquel que comete fraude toma secretamente lo que no es suyo. Es la diferencia entre un ladrón que roba osadamente en la calle y un ladrón que roba a escondidas por la noche. El resultado es el mismo: la pérdida de propiedad por parte de su dueño y el desordenamiento de la sociedad civil. Y el Estado ha fracasado miserablemente en desempeñar esta función básica.

¿Por qué ha ocurrido esto? Los reguladores de los servicios financieros fracasaron en hacer cumplir leyes y regulaciones en contra del fraude. Bernie Madoff es el caso paradigmático y la Comisión de Valores e Intercambios (SEC, por sus siglas en inglés) es el caso emblemático del regulador fracasado. El fraude es notoriamente difícil de descubrir, pero como ahora sabemos, no el de Madoff. La SEC decidió ignorar la evidencia que recibió al respecto. Los reguladores bancarios permitieron que florezcan un tipo de hipotecas denominadas “préstamos mentirosos”. Y así sucesivamente.

Ahora sabemos la manera creativa con la que Lehman Brothers escondió su apalancamiento (cuánto dinero estaba prestando): utilizando una Repo 105. La Repo 105 significaba que Lehman temporalmente intercambiaba activos (tales como bonos) a cambio de dinero. Una Repo, o un acuerdo de recompra, es una manera de prestar dinero. Pero una regla de contabilidad permitía a Lehman registrar la transacción como una venta y reducir sus préstamos reportados, según un informe publicado en marzo del examinador de la bancarrota de Lehman, quien había sido designado por la corte y anteriormente se había desempeñado como fiscal federal.

¿Se supone que debemos creer que los reguladores no estaban al tanto? Hace un par de semanas Goldman Sachs fue acusado en un caso civil de fraude por engañar a muchos de sus clientes para beneficio de John Paulson, operador de un fondo de cobertura.

La idea de que multiplicar reglas y estatutos puede proteger a consumidores e inversionistas es seguramente uno de los grandes fracasos intelectuales del siglo XX. Cualquier regla estática puede ser eludida o manipulada para evadir su aplicación. Mejor que multiplicar las reglas, la contabilidad financiera debería estar gobernada por el principio tradicional de que uno tiene la responsabilidad afirmativa de presentar la verdadera condición de manera justa y precisa, sin importar lo que cualquier regla permanente permita. Y las instituciones financieras deberían tener el deber de cuidar a sus clientes. Los abogados me dicen que eso nos acercaría al método de Derecho Consuetudinario (common law) para lidiar con el fraude y las malas transacciones.

La Teoría de Opción Pública ha identificado las principales causas del fracaso regulador como la captura de reguladores por parte de la industria siendo regulada. Las agencias reguladoras empezaron a identificarse con los intereses de los regulados en lugar de identificarse con los del público al que se les encargó proteger. En un estudio para la Conferencia Jackson Hole de la Reserva Federal en 2008, el economista Willem Buiter describió la “captura cognitiva”, mediante la cual los reguladores se vuelven incapaces de pensar en términos distintos a aquellos de la industria. El 5 de abril de este año, el Wall Street Journal publicóuna crónica acerca de la estrecha relación entre la industria y el regulador titulada “Miembro del personal un día, oponente el siguiente día” (“Staffer One Day, Opponent The Next”).

Los comités del Congreso con la tarea de supervisar las industrias se dejan llevar por el atractivo de las contribuciones a sus campañas, por los pedidos de los lobbies de las industrias y el canto de sirena de expertos cuya fuente de ingreso se debe a la industria. Los intereses de la industria y del gobierno se mezclan y es la regulación la que une a esos intereses. La industria triunfa al llevarse bien con los políticos y reguladores y vice-versa a través de una íntima relación.

A ese sistema lo llamamos no libre mercado, sino capitalismo de compadres. Le debe más a Benito Mussolini que a Adam Smith.

El Premio Nobel Friedrich Hayek describió al sistema de precios como un mecanismo de transmisión de información. El intercambio entre productores y consumidores establece precios que reflejan las valoraciones relativas de bienes y servicios. Los subsidios distorsionan los precios y derivan en asignaciones malas (juzgado por preferencias de consumidores y los costos de oportunidad de los productores). Los precios ya no presentan los verdaderos valores sino unos distorsionados.

El mentor de Hayek, Ludwig von Mises, predijo en los 1930s que el comunismo eventualmente fracasaría porque no dependía de precios para asignar los recursos. Él predijo que los bienes malos serían producidos: algunos en demasiada cantidad, otros en una cantidad insuficiente. Tuvo razón.

En EE.UU. hoy, estamos alejándonos de los precios honestos. El gobierno federal controla 90% del financiamiento de vivienda. Las políticas que promueven la propiedad de vivienda siguen vigentes, y nuevas han sido agregadas. Las políticas federales de tasas de interés bajas resultan en que el capital sea mal asignado a través del tiempo. Las tasas de interés bajas impactan de manera particular la vivienda porque una vivienda es, de manera predominante, el principal activo de largo plazo cuyo valor es aumentado por tasas de interés bajas.

Los precios y las tasas de interés distorsionadas ya no sirven como indicadores precisos de la importancia relativa de los bienes. El capitalismo de compadres asegura el acceso preferencial al capital para las empresas e industrias protegidas. Los negocios que se tropiezan en el proceso de hacer lo que es políticamente favorable son rescatados. Aquello conduce a un riesgo moral y a que se den más rescates en el futuro. Y a los que pierden dinero se les puede permitir esconder estas pérdidas con trucos de contabilidad.

Si queremos restaurar nuestra libertad económica y recuperar al sorprendentemente productivo libre mercado, debemos restaurar la honestidad en los mercados. Aquello significa ponerle fin a los subsidios que distorsionan los precios, lo cual incluye a tasas de interés artificialmente bajas. Nadie admite que prefiere el capitalismo de compadres, pero un Estado regulador oneroso es la base de éste en la práctica.

Apilar más reglas y estatutos no producirá algo distinto de lo que ha producido en el pasado. La dependencia en los principios afirmativos de la honestidad en los balances de cuentas y la responsabilidad de proteger serían preferibles. La desregulación no es un mantra libertario pero sí una necesidad absoluta si queremos dejar atrás este capitalismo de compadres.

Este artículo fue publicado originalmente en The Wall Street Journal (EE.UU.) el 20 de abril de 2010.

Este artículo ha sido reproducido con el permiso del Wall Street Journal © 2011
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