9 de noviembre de 2010

EE.UU.: Primer cañonazo

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por Manuel Suárez-Mier

Manuel Suárez-Mier es Profesor de Economía de American University en Washington, DC.

El miércoles pasado el Sistema de la Reserva Federal anunció que iniciaría la compra de títulos de deuda del gobierno de EE.UU., en lo que ha dado por llamar “relajamiento cuantitativo” (quantitative easing en inglés o QE) y que equivale a imprimir más dólares e inyectarlos al mercado financiero al adquirir bonos de la Tesorería.

El ostensible propósito de esta acción, emprendida por el Fed por segunda ocasión desde el inicio de la actual crisis financiera (razón por la que se le ha llamado QE2), es la de cumplir con uno de sus mandatos estatutarios, que es el de mantener la tasa de desempleo de la fuerza de trabajo en sus niveles mínimos.

La Fed anunció que, para empezar, comprará $600.000 millones de bonos con vencimientos de entre 7 y 10 años, a un ritmo de $75.000 millones al mes a partir de enero próximo, con el propósito explícito de abatir las tasas de interés, sobre todo las de medio plazo, y así estimular el gasto de los consumidores de su país.

Un objetivo no manifiesto de la medida, es la depreciación del dólar frente a otras monedas con el fin de alentar las exportaciones de EE.UU. y reducir sus importaciones del resto del mundo, con la esperanza de corregir su enorme desequilibrio comercial externo.

Los resultados del anuncio aludido no se hicieron esperar: la bolsa de valores se disparó para alcanzar sus niveles más elevados desde septiembre de 2008 (el índice SP-500) y el dólar cayó a su cota más baja de lo que va del año frente a una canasta de seis otras monedas principales. Por su parte, las tasas de interés de mediano plazo cayeron, al tiempo que las de 30 años fueron para arriba.

La reacción del resto del mundo también fue inmediata y fuertemente negativa, al entender que EE.UU., en forzando la devaluación del dólar, incurre en una forma de proteccionismo reminiscente de las políticas de “empobrecer al vecino” que se siguieron en los años treinta del siglo pasado, con fatales consecuencias.

La política monetaria descrita está condenada al fracaso por varias razones:

  1. Pretende inducir a los consumidores de EE.UU. a gastar más cuando estos sienten la imperiosa necesidad de aumentar su ahorro debido a las devastadoras pérdidas en sus patrimonios que sufrieron con el colapso del mercado de bienes raíces.
  2. El mayor déficit comercial externo lo tiene EE.UU. con China, que mantiene la paridad del yuan virtual e inflexiblemente ligada al dólar, por lo que ambas se desplomaron juntas, lo que perjudica aún más la competitividad de los países cuyas monedas fluctúan libremente.
  3. Los mercados financieros son altamente adictos a medidas de estímulo monetario que les generan ganancias en el corto plazo, aunque eventualmente lleven al desastre. En Wall Street ya se habla que QE2 es sólo el modesto inicio de una política mucho más enérgica de expansión monetaria, pues anticipan, con razón, que esta medicina no funcionará en su dosis inicial anunciada.
  4. Buena parte del resto del mundo estudia cómo responder a la agresión monetaria estadounidense, lo que va a resultar en una madeja de controles de cambios, impuestos e impedimentos a los flujos de capitales y, tarde o temprano, a la adopción de tarifas de importación y subsidios a las exportaciones que actúan como sucedáneas depreciaciones de sus monedas.

Lo que se puede asegurar es que en la reunión de líderes de los países miembros del G-20 la semana próxima en Corea del Sur van a salir chispas, pues será el escenario en el que se ventilarán en caliente las quejas y acusaciones de quienes se sienten perjudicados por la política monetaria unilateral seguida por EE.UU.

La más deliciosa ironía de todo esto, la aportó el viceministro de relaciones exteriores de la aún muy comunista República Popular China, Cui Tankai, quien caracterizó la propuesta de EE.UU. ante el G-20 para abatir los desequilibrios externos como reminiscente “de los tiempos de las economías centralmente planificadas”. ¡Inaudito, los pájaros le tiran a las escopetas!  

Este artículo fue publicado originalmente en El Economista (México) el 7 de noviembre de 2010.