1 de abril de 2012

EE.UU.: Las guerras deben ser difíciles de empezar

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por Benjamin H. Friedman

Benjamin H. Friedman es académico titular de estudios de Defensa y Seguridad Nacional del Cato Institute.

El reportaje del New York Times sobre la propuesta del Comando de Operaciones Especiales  tendiente a obtener una mayor autoridad para desplegar tropas no especifica cuáles son esos nuevos poderes que se pretenden. Esa vaguedad, combinada con la ambigua ley existente sobre el despliegue de fuerzas de operaciones especiales fuera de zonas de guerra, dificulta la evaluación de la propuesta.

Lo que sí está claro es que actualmente es sumamente sencillo desplegar fuerzas de operaciones especiales en misiones letales. Según el Times, 12.000 tropas especiales han sido desplegadas en el extranjero y han operado en 70 países a lo largo de la última década. Otros informes sostienen que las fuerzas de operaciones especiales han llevado a cabo operaciones recientes en Siria, Nigeria, Irán, Argelia e incluso Perú. En algunos casos, las fuerzas especiales supuestamente conducen labores de inteligencia, un trabajo del que ya se encargan varias agencias especializadas. En otros casos, las fuerzas de operaciones especiales aparentemente llevan a cabo actos de guerra, los cuales deberían contar con la aprobación explícita del Congreso.

No está claro que el Congreso haya sido informado de estas operaciones, y mucho menos que haya debatido al respecto. Se puede discutir sobre su legalidad —los estatutos que rigen las fuerzas de operaciones especiales o la Autorización de Fuerzas Militares de 2001 podrían brindar suficiente autoridad. Pero dicho debate será académico mientras el Congreso no recuerde sus poderes de guerra. Hasta el tanto estos despliegues procedan con poca supervisión, debate o conocimiento público, serán antidemocráticos y poco prudentes.

Las guerras deberían ser difíciles de comenzar en los estados liberales. La Constitución de EE.UU. divide los poderes de guerra no solo para asegurar el control democrático sino también para mejorar las políticas. La necesidad de justificar políticas y compromisos hace que los errores sean menos probables. La historia de operaciones encubiertas de EE.UU. demuestra dicho punto. Un mayor debate y supervisión de las operaciones de la CIA durante la Guerra Fría probablemente hubiesen prevenido varios desastres militares y morales. La eficiencia está sobrevalorada en las políticas de defensa.

Sin duda la confidencialidad y el apremio requeridos por algunas misiones militares hacen que el debate democrático sea inapropiado. Gran parte de las misiones de los Comandos de Operaciones Especiales, como las redadas a terroristas o el rescate de rehenes, encaja en ese molde. Pero las misiones que requieren limitar la democracia deberían mantenerse al mínimo. La tendencia a utilizar frecuentemente la fuerza de manera secreta sugiere que no deberíamos usarla del todo.

Cuando las fuerzas de operaciones especiales llevan a cabo tales misiones, la decisión de desplegarlas debería ser del presidente. Porque él es elegido, y representa un mayor control democrático que los líderes militares. Y el presidente tendría una perspectiva más amplia. Los líderes militares, como los dirigentes de otras agencias, sirven a un fin particular del gobierno.

Los presidentes tienen incentivos para sopesar fines distintos, tomando mejores decisiones que se aproximen más a los intereses nacionales.

Este artículo fue publicado originalmente en US News and World Report (EE.UU.) el 16 de febrero de 2012