12 de marzo de 2009
EE.UU.: El problema con la nacionalización
por Gerald P. O'Driscoll
Gerald P. O'Driscoll es ex-vicepresidente del Banco de la Reserva Federal en Dallas y académico asociado del Cato Institute.
El coro de voces a favor de nacionalizar los bancos estadounidenses en dificultades está creciendo cada vez más y el respaldo a esta idea proviene de extrañas fuentes.
Alan Greenspan ha dicho que según él “una vez cada cien años” el gobierno necesita asumir el control de los bancos y ahora es ese momento. El senador Lindsey Graham, republicano de Carolina del Sur, ha pedido hacer lo que funcione y “ si la nacionalización es lo que funciona, entonces deberíamos hacer eso”. Este es el tipo de pragmatismo que conduce al socialismo.
Hay mucha imprecisión en toda la discusión acerca de la nacionalización de los bancos. El gobierno, a través de la Corporación Federal de Seguros de Depósitos (FDIC, por su sigla en inglés), temporalmente asume el control de los bancos insolventes cuando los cierra. Cuando puede, la FDIC vende el banco quebrado a otra institución. A veces el comprador no quiere alguno o ninguno de los activos del banco quebrado. La FDIC debe optar por pagar al comprador para que acepte esos activos (subsidiando pérdidas esperadas) o tomar control de esos activos. En un número limitado de casos, no hay comprador para un banco fallido. IndyMac Bank es un notable ejemplo reciente. Desde hace un año ha sido operado como una institución propiedad de la FDIC (IndyMac Federal Bank) con el objetivo de encontrar un comprador privado.
Ciertamente, en el mencionado caso, una agencia gubernamental ha tomado el control de un banco. El gobierno federal, a través de la FDIC, puede decirse que nacionaliza de vez en cuando bancos fracasados. No hay nada nuevo acerca de esa política y ciertamente ha ocurrido más de una vez cada de cien años.
Hay algunos comentaristas con una agenda ideológica que quieren utilizar la presente crisis para nacionalizar el sistema financiero entero. Es decir, una nacionalización al estilo de aquella de un déspota latinoamericano. No es presumiblemente lo que la mayoría de los defensores de la nacionalización de la banca tienen en mente y ciertamente no es lo que el Sr. Greenspan o el Sr. Graham están proponiedo. Los dos defienden la nacionalización temporal de un número limitado de instituciones, hasta que puedan ser reestructuradas y puestas nuevamente en manos privadas.
La verdadera cuestión es qué hacer con un subconjunto de las instituciones financieras más grandes, los mastodontes basados en Nueva York y otros centros financieros que se teme que caigan en insolvencia (algunos piensan que de hecho ya son insolventes). La promesa del Secretario del Tesoro Timothy Geithner de hacer una “prueba de tensión” entre los mayores bancos ha alimentado coro a favor de la nacionalización. ¿Qué ocurriría si los bancos principales no pasan la prueba?
No hay buenas opciones y seguramente nada parecido a una solución de libre mercado. El gobierno ha puesto al contribuyente en una situación difícil de varias maneras. Primero, está el seguro de depósitos. Segundo, se han concedido garantías a ciertos acreedores. Tercero, y más cuestionable aún, el Tesoro ha invertido los fondos de los contribuyentes en acciones preferidas de ciertas instituciones. Cuarto, ha prestado fondos en muchos de los activos riesgosos de estos bancos. La hoja de balance de la Fed debería ser consolidada con la del Tesoro en cualquier cálculo de costo-beneficio de estrategias de resolución alternativas.
Idealmente, el gobierno adoptaría el método para resolver la quiebra de un gran banco que sea menos costoso para el contribuyente. En principio, la nacionalización temporal puede ser la opción menos costosa en algunos casos. El ejemplo de la crisis financiera sueca de principios de 1990 es frecuentemente citado por los defensores de la nacionalización.
El gobierno conservador del Primer Ministro Carl Bildt adoptó un enfoque agresivo frente a la crisis bancaria y generalmente se le da crédito por haber realizado una buena labor resolviéndola. Bildt actuó rápido para asegurar a todos los depositantes y acreedores. Los valores de los activos fueron rápidamente anotados. Fondos públicos fueron utilizados para recapitalizar a los bancos, por lo que el Gobierno recibía acciones comunes para otorgar cualquier ganancia al contribuyente. Dos bancos fueron nacionalizados enteramente.
El resto de la historia es un elemento importante del triunfo de Bildt. La oposición política respaldó su gobierno, al menos en público. Los activos malos, mayormente bienes raíces, fueron vendidos relativamente rápido. Las medidas necesarias provocaron quejas de que los prestamistas estaban siendo exprimidos. En resumen, la resolución fue manejada de manera profesional y no politizada.
El contraste con la actual crisis en EE.UU. no podría ser más agudo. Desde un principio, el manejo de la crisis estadounidense ha sido politizado. El partidismo es casi tan tóxico como los activos malos en las hojas de balance de los bancos. Ambos partidos están elaborando esquemas para impedir la ejecución de hipotecas para vivienda que no pueden pagar sus propietarios, proceso que pondría a dichas casa en manos de nuevos propietarios que sí pueden pagarlas. ¿Alguien cree que un banco estatal malo puede presionar a los propietarios? Hacerse esa pregunta es responderse.
Aún más, ya sabemos como el Estado maneja instituciones financieras—consideremos los casos de Fannie Mae y Freddie Mac. O IndyMac, cuyo periodo bajo la FDIC ha sido criticado por inflar los costos del rescate a través de su programa flexible de modificación de préstamos. Un banco de un centro financiero en manos del gobierno se convertiría en un conducto para préstamos politizados y donaciones disfrazadas como préstamos. Eso fue lo que ocurrió con Fannie y Freddie. El Gobierno nunca dejaría ir a su cajero automático político. De una vez podríamos también consolidar desde un principio una institución como esa con la Reserva Federal.
El Sr. Geithner quiere que una sociedad público-privada compre a los bancos los activos tóxicos. Todo lo que el gobierno ha hecho hasta ahora solo ha ahuyentado al capital privado aún más. Como los banqueros ahora lo saben, cuando le pides al Gobierno ayuda financiera, estas incorporando a un socio poco confiable. El capital extranjero no vendrá a ver como sus inversiones después se diluyen cuando el Gobierno inyecta fondos adicionales.
En vez de enfocarnos en maneras en las que podríamos involucrar al gobierno en el sistema financiero, tenemos que encontrar maneras de arrebatar a los bancos de las mortales manos del Estado. Los bancos, al menos los más grandes, eran sociedades público-privadas antes de la crisis. Los seguros de depósito, el acceso a los préstamos de la Fed y la implícita (ahora explícita) garantía del gobierno a los bancos que son “demasiado grandes para quebrar” todos constituían un sistema de corporativismo financiero. Éste debe ser erradicado y no extendido.
Si un banco es demasiado grande como para quebrar, entonces simplemente es demasiado grande. Dichas instituciones deben reducir su tamaño hasta que su quiebra no implique un riesgo sistémico. Después de eso podremos discutir como separar a los bancos del gobierno y crear un sistema bancario de instituciones genuinamente privadas.
Este artículo apareció publicado en The Wall Street Journal el 23 de febrero de 2009.
Este artículo ha sido reproducido con el permiso del Wall Street Journal © 2011
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