15 de marzo de 2007

Ecuador: Una caricatura de democracia

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por Gabriela Calderón

Gabriela Calderón es editora de ElCato.org, investigadora del Cato Institute y columnista de El Universo (Ecuador).

Washington, DC— Por más de que el presidente tenga el respaldo de las encuestas, eso no significa que en Ecuador debamos inventar una nueva forma de democracia— una sin representación de la oposición y, tal vez, hasta una sin congreso y con medios de información, que por lo pronto, él califica de inmorales y corruptos.

Lo sucedido esta semana es culpa del actual Congreso, del gobierno y de casi una década de golpes de creciente intensidad a la institucionalidad del país. Estos golpes han venido no solamente de la tácita violación del orden constitucional que viene efectuando nuestra clase política sino también de la apatía con que todos hemos presenciado estos atropellos. El Congreso sacó del poder a Abdalá Bucaram declarándolo loco, sin siquiera intentar guardar las apariencias del debido proceso. Luego vino la falta de fe en los procesos constitucionales para remover a los presidentes que ya no cumplían con su deber.

Ahora el presidente (¿o ex?) del Tribunal Supremo Electoral (TSE), Jorge Acosta, no reconoce la legitimidad de su destitución por parte del Congreso y destituye a quienes osaron destituirlo. Nuestro presidente, que debió haberse mantenido neutral, saltó a respaldar la destitución de más de la mitad de los representantes elegidos democráticamente por el pueblo, en la misma elección que lo hizo llegar al poder a él. Esto demuestra que está dispuesto a ignorar por completo el orden constituido, en aras de lograr su Asamblea Constituyente (AC). Como que si para obtener su fin, no importa que tenga que pisotear el Estado de Derecho— parece que aprendió las mañas de la “partidocracia” que él tanto critica.

Y el protagonista mesiánico de esta caricatura de democracia es el presidente que ahora va a poder realizar su AC. Digo “su” porque ahora que se ha, de hecho, eliminado a la oposición, la consulta popular y la constituyente se realizarán de acuerdo a sus reglas. Y, cuidado con quienes discrepen, porque esos son los “anti-patriotas” y “sepultureros de la patria”. Si quienes se oponen además son guayaquileños también se los llamará “pelucones”, “vivos” y “oligarcas”. No le faltarán ganas ni poder para silenciar a los que insistan en expresar su desacuerdo. ¿Es esto democracia?

¿Qué se puede esperar de una constitución que nazca en medio de este vacío en que nadie tiene legitimidad? No mucho, solo que padezca de ilegitimidad y que formalice los deseos de “construcción social” que promueve el actual gobierno. Hay un abismo entre tratar de igual forma a todas las personas y tratar de hacerlas iguales. Lo segundo atenta contra la libertad del individuo puesto que para hacernos a todos iguales, es necesario utilizar la fuerza coercitiva del Estado, como en los fallidos experimentos socialistas del siglo pasado.

Esperemos que nuestro presidente se acuerde de esta importante diferencia y no comience a atropellar los derechos individuales como ya ha sucedido en Venezuela y en Bolivia con la libertad de expresión.

Entre tanta habladuría de altivez y soberanía, nos olvidamos que lo primordial en una democracia es que se respete la soberanía del individuo, cuestión no sujeta al proceso democrático y a la voluntad de mayorías. El pueblo ecuatoriano está constituido por varios millones de individuos, y es una tremenda distorsión de la realidad reducirlos a una sola entidad y opinión.

La situación me preocupa. Pero en Guayaquil veo una oportunidad: este es el momento de encaminarse hacia una autonomía plena, esto es, política, regulativa y fiscal. Si algo bueno sale de esta triste crisis política, podría ser un Guayaquil autónomo y próspero. Hay que releer la constitución de Guayaquil libre de 1820 y hacer de esta ciudad una próxima Hong Kong o Singapur en lugar de seguir los catecismos expirados de La Habana y Caracas.

Publicado en El Universo (Ecuador) el 15 de marzo de 2007.