¡Dejen que el dólar caiga!

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¡Dejen que el dólar caiga!

30 de Enero de 2013
Iván C. Carrino es analista económico de la Fundación Libertad y Progreso (Argentina). Obtuvo su maestría en Economía de la Escuela Austríaca en la Universidad Rey Juan Carlos (España).

Luego de décadas de inflaciones y devaluaciones, muchos países de Latinoamérica están hoy preocupados porque sus monedas están en constante revaluación contra el dólar estadounidense. Si tomamos los últimos 10 años, por ejemplo, en Brasil el dólar cayó 43%, en Colombia 36%, en Chile 32%, y en Uruguay y Perú 27%.

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Esta caída del tipo de cambio nominal fue la que llevó al presidente Santos a pedir un recorte en la tasa de interés en Colombia y a afirmar que “Estamos comprando a través del Banco de la República y a través del propio Gobierno unos volúmenes importantes (de dólares)” para evitar que se su precio siga cayendo. Por su parte, también el presidente chileno Sebastián Piñera expresó su preocupación por el precio del dólar y destacó que se miraba con mucha atención la variable del tipo de cambio, aunque hizo la salvedad de que cualquier intervención en el mercado estaría en manos del banco central, “que en Chile es autónomo”.

Ahora bien, suponiendo que los bancos centrales de Latinoamérica efectivamente pudieran contrarrestar la caída del dólar, ¿por qué si antes el problema era el dólar que subía y se apreciaba, ahora es un problema lo inverso?

El argumento más frecuente a favor de una moneda débil es que beneficia a los exportadores. Si un exportador vende productos a un peso cuando un peso es igual a un dólar, entonces ese producto vale, en el mercado internacional, un dólar. Ahora bien, si el tipo de cambio sube y se necesitan dos pesos para comprar un dólar, entonces el precio del producto en cuestión será, en el mercado internacional (al menos por un tiempo) de 0,5 dólares. Las exportaciones, ahora, están más baratas y “el mundo” nos compra.

Si, en cambio, el peso comienza a apreciarse, los dólares pierden poder de compra y nuestras exportaciones se ponen cada vez más caras.

Ahora bien, este análisis es cuanto menos, muy estrecho. Veamos por qué.

En primer lugar, porque una apreciación del tipo de cambio puede generar un perjuicio inicial para los exportadores pero, al mismo tiempo genera un beneficio para todos los consumidores que ahora tienen mayor poder de compra. De la misma forma, la apreciación del peso genera un beneficio para el sector importador que ahora tiene más poder adquisitivo en el mundo.

Además, en el mediano plazo el sector exportador también se beneficiará puesto que al manejarse con una moneda de mayor poder adquisitivo, tendrá capacidad para importar insumos más económicos y ganar eficiencia y competitividad.

Por último, y he aquí lo más importante del análisis, una moneda fuerte es una generadora neta de confianza. Y si a esta se le suma un marco institucional de respeto por los derechos de propiedad, el país que tenga una moneda fuerte tendrá una cola de personas esperando para depositar allí sus ahorros. Este crecimiento en la cantidad de ahorros bajará los tipos de interés, lo que afectará positivamente la inversión de largo plazo, mejorando la infraestructura del país, haciendo crecer el mercado interno y generando empleo sostenible, factor crucial para eliminar la pobreza y mejorar la calidad de vida de la población.

De hecho, no fue otra cosa que este marco institucional sólido el que dio origen a la fortaleza del dólar y convirtió a los Estados Unidos en el país más próspero del siglo XX.

Merecen una nota aparte Argentina y Venezuela, donde la tendencia es exactamente la opuesta gracias a las obstinadas políticas inflacionistas de sus gobiernos.

En este sentido, si Latinoamérica decide dejar caer el dólar, Argentina y Venezuela tendrán que ver cómo sus vecinos triunfan en la lucha contra la pobreza, reciben inversiones y crecen a largo plazo, mientras que ellos siguen jugando a la demagogia y al progresismo en el que solo progresan los amigos del poder.

Llegado ese punto, acaso esta “mera” revaluación cambiaria sirva, no solo como una mejora económica para algunos países, sino como un modelo político y social para toda la región.