8 de octubre de 2007

Correa y el futuro de Ecuador

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por Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner es periodista cubano residenciado en Madrid.

La victoria del presidente ecuatoriano Rafael Correa fue absoluta. Es inmensamente popular en su país. Su partido obtuvo unos ochenta escaños. Muchos más de la mayoría absoluta que necesitaba para controlar una asamblea de 130 miembros, y podrá redactar una constitución a la exacta medida de sus deseos.

Será la número diecinueve o veinte que estrenan los ecuatorianos. En todo caso, lo que presenciamos fue un tiro por elevación. El objetivo primordial no es redactar un nuevo texto, sino conceder todo el poder al Presidente y desmantelar el sistema de equilibrios y contrapesos de la estructura republicana. A Correa le estorban para gobernar. ¿Para qué sirven un congreso carente de prestigio, unos tribunales totalmente desacreditados o un banco central autónomo?

Lo de siempre: la república ecuatoriana se hundió como resultado de la corrupción, la violación constante e impune de las reglas, sumadas al favoritismo y a la minuciosa incapacidad del sector público. Sencillamente, la mayoría de la sociedad, cansada de este continuado fracaso, asqueada del comportamiento de sus élites, más que por un presidente ha votado por una escoba gigantesca para que barra los escombros dejados por los anteriores gobernantes, y el primer desecho que ha ido a parar a las alcantarillas son los partidos políticos. Correa los pulverizó y difícilmente vuelvan a levantar cabeza, aunque todavía queden en la oposición algunos políticos prestigiosos, como sucede con Jaime Nebot, el popular alcalde de Guayaquil.

¿Qué va a hacer Correa a partir del momento en que tenga todas las riendas del poder en sus manos? A juzgar por sus palabras y sus actos, con el objeto de favorecer a los más pobres le dará un peso mucho mayor al Estado (pese a que en Ecuador ya es bastante elevado), controlará los precios, regulará de cien maneras la economía, fortalecerá el sector de las empresas públicas, y creará unas nuevas entidades destinadas a producir bienes y servicios y a redistribuir la riqueza de diferentes formas. Es como los cepalinos de los cincuenta, pero pasado por la sacristía de los setenta, en donde se defendía la Teología de la Liberación, un disparate basado en la Teoría de la Dependencia y el marxismo, que justificaba la violencia revolucionaria.

¿Cómo va a pagar Ecuador la enorme factura asistencialista que se avecina? Sólo hay tres vías para eso: aumentar los impuestos, endeudar al país y ponerse a imprimir billetes. Generalmente, los gobiernos populistas toman las tres avenidas. Como Ecuador, desde el año 2000 —tras sufrir una pavorosa hiperinflación que barrió los ahorros nacionales y empobreció severamente a la sociedad—, carece de divisa propia y la moneda en circulación es el dólar, lo presumible es que, a medio plazo, imprima un nuevo sucre, que en una primera fase será equivalente al dólar, y por un tiempo el país contará con dos monedas.

Eventualmente, el dólar será sustituido por la divisa nacional, y todo lo que necesitará el gobierno para pagar las cuentas nacionales será una buena provisión de papel y tinta. Volverá a oírse la famosa pregunta de Pancho Villa cuando le dijeron que no había dinero para pagar a los soldados: “¿Pero es que no hay imprenta en este pinche pueblo?”.

Probablemente, al Ecuador de Correa le sucederá lo que a la Argentina de Perón, el Perú de Velasco Alvarado o la Nicaragua de la dictadura sandinista de los años ochenta. La sociedad se empobrecerá paulatinamente y sufrirá un creciente desabastecimiento, unido a una etapa inflacionaria, aunque es posible que el desempleo se reduzca artificialmente por el crecimiento del sector público. Naturalmente, las inversiones se reducirán hasta casi desaparecer, y los capitales locales tratarán de escapar de la degollina, mientras los extranjeros preferirán otros panoramas más seguros y predecibles. Todo ello, de forma inevitable, crispará las tensiones sociales y aumentarán la delincuencia y esos otros males concomitantes que suelen viajar de polizones en los periodos revolucionarios. Si uno repite el mismo experimento, debe esperar los mismos resultados.

¿Se podría evitar todo eso? Por supuesto, pero el señor Correa, además de padecer un genio atrabiliario, tiene ideas disparatadas sobre cómo se crea o malgasta la riqueza: recela de la empresa privada, no distingue las oportunidades que brinda la globalización, rechaza el libre comercio internacional, y no toma en cuenta las experiencias exitosas de otros países del vecindario. Pudiendo emular el exitoso ejemplo de Chile, prefiere, en cambio, aplaudir a Hugo Chávez, de quien llegó a afirmar que en una reunión de presidentes latinoamericanos fue el único que dijo algo inteligente. Sin duda, Correa presenció un espectáculo inédito en la historia del socialismo del siglo XXI. Algo verdaderamente novedoso.

Artículo de Firmas Press
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