22 de febrero de 2013

Cómo los dictadores llegan al poder en una democracia

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por Jim Powell

Jim Powell es académico titular del Cato Institute y autor de FDR’s Folley, Bully Boy: The Truth About Theodore Roosevelt’s Legacy y Greatest Emancipations.

Las dictaduras son a menudo inesperadas. Han surgido en pueblos prósperos, educados y sofisticados que parecían estar lejos de llegar a una dictadura —en Europa, Asia y Sudamérica.

Consideren a Alemania, uno de los casos más paradójicos y dramáticos.

Durante fines del siglo diecinueve, muchos consideraban que tenía el mejor sistema educativo del mundo. Si cualquier sistema educativo pudiese vacunar a un pueblo en contra de la barbarie, seguramente el sistema alemán hubiese liderado el camino. Tenía educación para la infancia temprana —jardines de infancia. Las escuelas secundarias enfatizaban el entrenamiento cultural. Los alemanes desarrollaron las universidades modernas de investigación. Los alemanes se distinguían particularmente por sus logros en las ciencias —solo considere a Karl Benz que inventó el auto que funciona a base de gasolina, Rudolf Diesel que inventó el motor de compresión-ignición, Heinrich Hertz que comprobó la existencia de las ondas electromagnéticas, Wilhelm Conrad Rőntgen que inventó los rayos X, Friedrich August Kekulé que desarrolló la teoría de la estructura química, Paul Ehrlich que produjo el primer tratamiento médico para la sífilis y, por supuesto, no hay que dejar de mencionar al teórico de la física Albert Einstein. No debería sorprender que muchos académicos estadounidenses fueron a universidades alemanas para obtener sus títulos durante el siglo diecinueve.

Luego de la Primera Guerra Mundial, el enrolamiento en las universidades alemanas se disparó. Para 1931, llegó a 120.000 en comparación con un máximo de 73.000 antes de la guerra. El gobierno proveía becas completas para los estudiantes pobres que demostraban habilidades. Como lo reportó un cronista, un estudiante becado “no paga pensión en la universidad, sus libros de texto son gratis y en gran parte de las compras que hace, de ropa, tratamientos médicos, transporte y tiquetes para teatros y conciertos, recibe descuentos sustanciales, y un estudiante puede obtener suficiente comida saludable para mantener su cuerpo y su alma”.

Mientras que hubo algo de agitación anti-semita en Alemania durante fines del siglo diecinueve, Alemania no parecía ser el lugar más propicio para que este sentimiento aflore. Rusia, después de todo, tuvo pogromos —disturbios anti-semitas y persecución de judíos— por décadas. El régimen bolchevique se dedicaba así mismo al odio —el odio de Karl Marx de la “burguesía” a la cual culpaba de los males de la sociedad. Lenin y su sucesor Stalin empujaron más allá esa filosofía, exterminando a los denominados “ricos”, categoría dentro de la cual se llegó a incluir a los campesinos con una vaca.

¿Por qué, entonces, los alemanes educados acogieron a un lunático como Adolf Hitler? La respuesta breve es que las malas políticas causaron crisis económicas, militares y políticas —el caldo de cultivo perfecto para los tiranos. Las circunstancias alemanas cambiaron para peor, y cuando la gente se vuelve suficientemente enfadada o desesperada, a veces respaldarán locos que nunca atraerían a una multitud en circunstancias normales.

Como otros beligerantes, los alemanes habían entrado a la Primera Guerra Mundial con la expectativa de que ganarían y recuperarían los costos de la guerra haciendo que los perdedores pagaran. El gobierno alemán le hizo creer a la gente que estaban ganando, entonces todos estuvieron sorprendidos cuando la verdad salió a la luz. El entonces presidente de EE.UU. Woodrow Wilson dio un discurso explicando sus altruistas “14 puntos”, derivando en que los alemanes creyeran que habría una negociación de paz. Pero los ingleses y los alemanes —los principales aliados de EE.UU.— estaban determinados a vengar sus pérdidas, y términos rencorosos fueron impuestos a los alemanes. Se sintieron traicionados y humillados. Los principales comandantes militares de Alemania se dieron cuenta de que quien sea que firme el armisticio sería odiado, así que renunciaron y dejaron que un funcionario civil lo firmara (este luego fue asesinado). Como resultado, la República de Weimar, la frágil democracia alemana, fue inmediatamente desacreditada.

Hitler estaba entre esos que se manifestaban en contra del gobierno de Weimar. Se unió al Partido de Trabajadores que, en febrero de 1920, se convirtió en el Partido Nacional Socialista de Trabajadores (NSDAP, por sus siglas en alemán)— nombre que luego fue abreviado a Nazi. Este partido ofrecía un coctel de nacionalismo, socialismo, anti-semitismo y anti-capitalismo. El historiador alemán Oswald Spengler influyó a los primeros Nazis con su idea del “socialismo prusiano”.

El principal talento de Hitler parecía ser la de componer discursos, así que empezó a dar discursos que agradaban a los alemanes resentidos y desilusionados con el resultado de la guerra. Denunció a los judíos, a los capitalistas y a otros supuestos villanos, prometiendo reconstruir la grandeza de Alemania. El historiador Ian Kershaw observó que “Sin una guerra perdida, sin una revolución y sin un sentido predominante de humillación nacional, Hitler hubiese seguido siendo un don nadie”.

Luego vino la crisis con la inflación. Los aliados triunfantes exigieron que Alemania pagara unas onerosas reparaciones, aparentemente sin reparar mucho en cómo los alemanes obtendrían el dinero para pagarlas. Las restricciones comerciales hicieron que fuera más difícil para las empresas alemanas ganar dinero mediante las exportaciones. Los aranceles europeos se triplicaron y eran de un nivel de hasta 800% más alto que antes de la guerra.

El gobierno alemán declaró el incumplimiento del acuerdo de reparaciones. Determinado a extraer las reparaciones de los alemanes, en enero de 1923 los franceses enviaron tropas hacia la zona de Ruhr, donde se encontraban la mayoría de las industrias alemanas. El gobierno alemán respondió subsidiando a aquellos que participaban de una resistencia pasiva en contra de los franceses. Consecuentemente, los déficits en el presupuesto alemán se dispararon.

Por sí solas, las reparaciones hubiesen sido desalentadoras, pero Alemania también tenía un Estado de bienestar en problemas financieros. Casi 90 por ciento del gasto público del gobierno alemán se destinaba a una burocracia enorme, programas sociales, empresas estatales que generaban pérdidas y otros subsidios —una lista de obligaciones incómodamente familiar para nosotros. El gobierno alemán subsidió a los municipios, muy similar a la manera en que los estados de EE.UU. le están rogando al gobierno federal que los rescate. Alemania tenía un sistema estatal de pensiones en problemas, al igual que nuestro sistema del Seguro Social. El gobierno alemán proveía seguro de salud para millones de personas. Habían programas estatales para 1,5 millones de veteranos de guerra discapacitados. El gobierno destinaba cuantiosos subsidios a las artes. Habían teatros y óperas estatales. Los ferrocarriles estatales perdían dinero. El gobierno alemán incluso operaba fábricas que producían margarina y salchichas, las cuales perdían dinero.

El banco central alemán empezó a imprimir cantidades estupendas de dinero de papel para pagar todo esto. En el pico de la inflación a fines de 1923, solo 1,3 por ciento del gasto público alemán estaba cubierto por la recaudación fiscal. El resultado fue que en menos de cinco años los precios se dispararon por un factor de 100 mil millones.

La inflación perjudicó a todos de una forma u otra. Muchos depósitos bancarios fueron devaluados hasta llegar a ser nada. El historiador Gerald D. Feldman reportó que pandillas de mineros de carbón desempleados saqueaban el campo, porque los agricultores se negaban a vender sus productos por dinero de papel sin valor. El gobierno implementó controles de renta que limitaron la capacidad de los propietarios de recuperar sus costos y desalentó a los promotores inmobiliarios de construir más departamentos. Luego los gobiernos de las ciudades pidieron prestado de prestamistas extranjeros para construir viviendas que perdían dinero. Las librerías y los museos no podían mantener sus colecciones debido a la inflación. Gran parte de las investigaciones científicas se volvieron imposibles de financiar también.

El historiador Konrad Heiden reportó “En las tardes de los días viernes en 1923, largas líneas de trabajadores manuales y de cuello blanco esperaban afuera de las ventanas de pago de las fábricas, los grandes almacenes, los bancos y las oficinas. Cada uno recibía una funda llena de papeles. De acuerdo a las cifras inscritas en ellos, los papeles equivalían a setecientos mil quinientos millones, o trescientos ochenta mil millones, o dieciocho billones de marcos —las cifras subían de mes a mes, luego de semana a semana, finalmente de día a día. La gente corría a las tiendas más cercanas de comida donde las líneas ya se habían formado. Cuando llegaban a las tiendas, una libra de azúcar, por ejemplo, podría haberse comprado con dos millones de marcos; pero para cuando llegaban a la caja todo lo que podían comprar con dos millones de marcos era media libra. Todos buscaban cosas que durarían hasta el próximo día de pago”.

Las personas empleadas en el sector privado se enfurecieron cuando los empleados públicos organizados en sindicatos —quienes implementaban las desastrosas políticas económicas del gobierno— lograron que sus salarios fuesen pre-pagados, de tal manera que pudieran convertir la moneda en bienes antes de que esta se depreciara más. La publicación Soziale Praxis reportó: “Nos parece significativo que la opinión pública ahora esté gradualmente volcándose en contra del servicio civil a tal grado que provoca una gran preocupación. Cuánta hostilidad es dirigida a diario en contra de esa porción del pueblo alemán con empleo y con estatus de servicio civil es mostrado por la prensa e incluso por esas partes que anteriormente respaldaban al servicio civil y ahora presionan por una reducción del servicio civil”.

Hitler dio discursos tratando de congraciarse con los que él denominó “billonarios muertos de hambre”, quienes tenían miles de millones de marcos en papel pero no podían comprarse un pan de molde. En conjunto, durante la inflación, Hitler reclutó alrededor de 50.000 Nazis y se volvió una fuerza política digna de reconocimiento. El economista Constantino Bresciani-Turroni denominó a Hitler “el niño acogido por la inflación”.

Es cierto que intentó un golpe de estado que fracasó (8 de noviembre de 1923) y que fue encarcelado. Pero retuvo el encanto sobre sus seguidores y escribió sus venenosas memorias en Mi batalla, libro que se convirtió en la biblia Nazi.

Durante fines de la década de 1920, la economía alemana empezó a recuperarse y hubo menos interés en los Nazis. En las elecciones para la legislatura de 1928, ganaron solamente 2,6% del voto.

Si los buenos tiempos hubiesen continuado, Hitler podría haber sido olvidado. Él necesitaba otra crisis para tener una oportunidad de ganar poder político.

La crisis vino en la forma de una sucesión de políticas mal concebidas que crearon obstáculos al emprendimiento y provocaron la Gran Depresión. El gobierno promovió la deflación. Fijó precios a niveles que estaban por encima del mercado y desalentaban a los consumidores de comprar, y fijó salarios a niveles que estaban por encima del mercado y desalentaban a los empleadores de contratar trabajadores. Los carteles aprobados por el gobierno restringieron la competencia. Los impuestos altos dificultaron que la gente ahorrara e invirtiera. Los aranceles altos obstaculizaron el comercio. Cuando los productores alemanes fueron capaces de exportar productos, tuvieron dificultades obteniendo el pago correspondiente debido a los controles de tipo de cambio. Todas estas políticas dificultaron el crecimiento de la economía.

Además, los bancos alemanes estaban en una posición vulnerable, dado que ellos no se habían recuperado completamente de la inflación que había licuado una porción sustancial de su capital y los había dejado dependientes de los depósitos extranjeros a corto plazo, que podían ser retirados.

Conforme el número de desempleados aumentó, más alemanes votaron por los Nazis, y el número de miembros de los Nazis aumentó nuevamente. Quería destruir a sus opositores entonces los demonizó. Los acusó de ser traidores. Dos organizaciones Nazis paramilitares, la S.A. y la S.S., lanzaron ataques sangrientos contra sus opositores. Esto atrajo más rufianes a quienes les gustaba la violencia y eran buenos en infligirla.

Cada noche, habían manifestaciones y marchas de los Nazis. Los partidarios de Hitler lo promovían publicando una revista Nazi, distribuyendo discos Nazis y promoviendo las películas Nazis.

Se convirtieron en la organización política más grande en Alemania, y para el 30 de enero de 1933, con la ayuda de un poco de chantaje, Hitler surgió como el canciller de Alemania —la cabeza del gobierno. Luego procedió a consolidar poderes ilimitados antes de que alguien se diera cuenta de lo que estaba pasando.

Deberíamos comprender que Hitler no llegó un gobierno limitado con una separación efectiva de poderes enumerados, delegados y restringidos. Él llegó a liderar un Estado de bienestar. Había sido creado por el autócrata Otto von Bismarck, se expandió rápidamente durante la Primera Guerra Mundial y ganó control total de la economía. Las empresas privadas relacionadas a la guerra fueron convertidas en burocracias estatales. El gobierno cerró empresas privadas que los funcionarios consideraban innecesarias. Hubo trabajo forzado y nadie podía cambiarse de trabajo sin permiso del Estado. Por primera vez, este “socialismo de guerra” mostró al mundo lo que una economía socialista sería, y se convirtió en un modelo para Lenin y otros teóricos comunistas. Los Aliados dirigieron el desmantelamiento de la máquina de guerra en Alemania, pero una economía estatizada sobrevivió en gran medida.

Aunque Hitler hacía eco de la planificación económica centralizada de la URSS con un plan de cuatro años, su método consistía de una regulación sofocante en lugar de la expropiación frontal. La propiedad privada existía nominalmente pero el Estado la controlaba. Abordó el desempleo introduciendo el trabajo forzado para hombres y mujeres. El control estatal de la economía hizo que fuera virtualmente imposible, para cualquiera, amenazar seriamente su régimen. Hitler agregó la policía secreta, los campos de concentración y otra máquina de guerra.

El sistema educativo alemán, que había inspirado a tantos progresistas estadounidenses, jugó un papel importante en todo esto. Durante el siglo anterior, el Estado obtuvo el control completo de las escuelas y las universidades y su principal prioridad era enseñar la obediencia. La élite docente promovió el colectivismo. El llamado más noble era trabajar para el gobierno. En 1919, el sociólogo Max Weber reportó que “El honor del servicio civil está en su habilidad de ejecutar conscientemente el orden de las autoridades superiores”.

Lecciones para nosotros:

  • Las políticas económicas y exteriores malas pueden causar crisis que tienen peligrosas consecuencias políticas.
  • Los políticos usualmente demandan poder arbitrario para lidiar con una emergencia nacional y restaurar el orden, aún cuando los problemas subyacentes generalmente son causados por malas políticas públicas.
  • En tiempos difíciles, muchas personas están dispuestas a respaldar cosas terribles que serían impensables en tiempos buenos.
  • Quienes descartan la posibilidad de un régimen dictatorial en EE.UU. necesitan considerar los desarrollos posibles que podrían empeorar nuestra situación y hacerla más volátil de lo que es ahora —como el gasto público descontrolado, los impuestos crecientes, más guerras, la inflación y el colapso económico.
  • Los aspirantes a dictadores algunas veces revelan sus intenciones mediante su deseo evidente de destruir a sus opositores.
  • No hay una manera confiable de prevenir que las personas malas o incompetentes obtengan poder.
  • Un sistema político con una separación de poderes, con pesos y contrapesos —como la Constitución de EE.UU.— si dificulta que una rama del Estado domine a las otras.
  • Finalmente, la libertad puede ser protegida solamente si a la gente le importa lo suficiente como para luchar por ella, porque en todas partes los gobiernos presionan por más poder y nunca renuncian a este voluntariamente.

Este artículo fue publicado originalmente en la revista Forbes (EE.UU.) el 5 de febrero de 2013.