Cinco reflexiones sobre el 1 de mayo desde España

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Cinco reflexiones sobre el 1 de mayo desde España

3 de Mayo de 2010
Juan Ramón Rallo es Director del Instituto Juan de Mariana (España) y columnista de ElCato.org. Juan Ramón obtuvo el tercer lugar en nuestro primer concurso de ensayos, Voces de Libertad 2008.

Cinco reflexiones sobre el 1 de mayo:

  1. Nunca he podido aceptar que existan derechos de los trabajadores distintos a sus derechos como ciudadanos (como individuos o como personas) y a aquellos que libre y autónomamente pacten en sus contratos de trabajo. Todo lo demás son privilegios mediante los cuales unos grupos organizados (sindicatos) explotan a otros grupos desorganizados (trabajadores no sindicados, empresarios no afines al poder y accionistas) gracias a la coacción estatal.
  2. La retórica de la lucha de clases, del trabajo contra el capital, no es que esté caduca y desfasada, sino que nunca tuvo un gramo de verdad. La única forma que tienen los trabajadores de enriquecerse y mejorar su calidad de vida de manera sostenible es o convirtiéndose en capitalistas o viendo aumentar sus salarios gracias a incrementos de su productividad. Ambas vías requieren de más capital y ambas vías se ven segadas sistemáticamente por una izquierda retrógrada y reaccionaria que exhibe altiva su poca vergüenza pauperizadora por las calles. Cayo Lara, el líder del Partido Comunista de España, expresaba muy bien este sentimiento típicamente de izquierdas: “La solución viene por meter el diente al beneficio y al capitaly a eso no se atreven porque parecen intocables”.
  3. Las únicas reivindicaciones legítimas del Día del Trabajo, aquellas que no consistan en explotar a otros individuos en beneficio propio, deberían ser las de exigir al Gobierno que no les impida trabajar ni convertirse en capitalistas. Dos puntos bastante razonables en un país que, como España, tiene casi cinco millones de parados y con un misérrimo sistema de pensiones en quiebra. Pero las peticiones no han pasado ni por abolir la negociación colectiva, ni por abaratar el despido, ni por flexibilizar la negociación y renegociación de salarios, ni por reducir las cotizaciones a la Seguridad Social, ni por reducir la tributación de las plusvalías, ni por ir transitando hacia un sistema de pensiones de capitalización. Al contrario, los sindicatos y manifestantes se centraron en defender a un presunto prevaricador, en alabar la exitosa política laboral del Gobierno y en pedir a los trabajadores que no llegan a fin de mes que sigan consumiendo como consumistas obsesivos.
  4. La cerrilidad gubernamental y sindical, esa entente socialista que en cosa de cuatro años ha llevado al país al borde de la suspensión de pagos con el voto favorable de sus siameses en el Partido Popular, no es la mejor cualidad que quepa exhibir al exterior para mantener una mínima credibilidad. Con un paro del 20%, un déficit del 11% del PIB en 2009 y creciente en 2010 y con un sistema bancario descompuesto, no puede causar sino temor que estos irresponsables —mezcolanza de ignorantes y ruines a partes iguales— estén al mando. El socialista Papandreu terminó de cargarse Grecia con la inestimable colaboración de una clase sindical que bloqueaba a golpe de insurrección cualquier alternativa al desastre. Ahora los estómagos agradecidos de Toxo (Secretario General de la Comisión Federal de Comisiones Obreras) y Méndez (Secretario General de la Unión General de Trabajadores), esos que cobran de los impuestos de los trabajadores a los que ellos mismos impiden trabajar, critican a Merkel por dudar a la hora de financiar el sarao socialista griego. La mala de la película, la codiciosa e insolidaria, es quien no quiere esquilmar a sus ciudadanos para tapar los agujeros de las bacanales griegas y no quienes organizaron esas bacanales con un dinero que ni ellos ni sus sufridos contribuyentes tenían. No tardaremos en ver reproducido ese esquema para España.
  5. El mismo ministro de Trabajo que se muestra incapaz de dar una sola respuesta a los cinco millones de parados —salvo filtrar un escuálido dato del Inem (Instituto Nacional de Empleo)— y a una Seguridad Social pública tan ineficiente que ya no puede ni pagar las bajas pensiones que prometía se indigna de que le den consejos “quienes pactan pensiones millonarias”. Será que él no tiene asegurada una pensión millonaria una vez deje la política en agradecimiento a sus inmejorables servicios prestados; será que no ha alcanzado el poder que da derecho a esa pensión gracias a defender durante décadas el discurso socialista que nos ha llevado a la actual situación de bancarrota; será que la escenografía izquierdista no le ha servido para amasarse una fortuna a costa de unos ciudadanos a los que les ha negado la posibilidad de construirse un patrimonio amplio y de obtener unas rentas crecientes. Por dejar, ni les deja trabajar hoy.

No lo dude: la izquierda y su Día de los Derechos de los Trabajadores son la quintaesencia del progreso de la clase proletaria. 20 años de gobiernos socialistas en España —en realidad más de 70— lo acreditan.