23 de noviembre de 2009
China: En una era turbulenta, una escritora se mantuvo firme ante la tormenta
por James A. Dorn
James A. Dorn es Vice-presidente para Asuntos Académicos de Cato Institute y especialista en China y coautor de China's Future: Constructive Partner or Emerging Threat? (El Futuro de China: ¿Socios Constructivos o Amenaza Emergente?).
Nien Cheng, la autora de Vida y muerte en Shanghai (Life and Death in Shanghai), murió en Washington el 2 de noviembre a los 94 años. Era una mujer asombrosamente valiente y la personificación de la nobleza y la sabiduría. Ella amó a la cultura china tradicional, pero su mundo fue destruido el 30 de agosto de 1966 cuando los Guardianes Rojos irrumpieron en su casa y el 27 de septiembre cuando la arrestaron. Ella pasaría los próximos seis años y medio en la Casa de Detención No. 1 de Shanghai, en resguardo solitario.
Los interrogadores del Partido Comunista acusaron a Cheng de ser una espía, pero su verdadero crimen era ser vista como una “partidaria del capitalismo”. Ella había estudiado en la London School of Economics en los 1930s, donde conoció a su esposo, Kang-chi Cheng, quien después se convirtió en el gerente general de Shell en Shanghai.
Cuando él murió en 1957, Nien Cheng se volvió una consejera especial para el nuevo gerente general. Ella era la mujer de negocios de más alto nivel en China en ese momento. Sus habilidades para tratar con los funcionarios del partido eran invaluables y ayudaron a Shell a permanecer en China hasta el principio de la Revolución Cultural en 1966.
Durante su encarcelamiento, Cheng se negó a admitir error alguno. Ella fue torturada y casi muere, pero su determinación de sobrevivir y su profunda fe le dieron la fuerza para perseverar. Salió de la cárcel el 27 de marzo de 1973 solo para enterarse que los Guardianes Rojos habían matado a su única hija, Meiping, por haberse negado a “confesar” y denunciar a su madre como una “enemiga de clase”. La única esperanza en la vida que Cheng tenía se había esfumado; se fue de China para siempre en 1980, y se estableció en Washington en 1983.
Cualquiera que haya conocido a Cheng podía inmediatamente ver que ella era especial—incluso el doctor en la Casa de Detención No. 1 dijo que nunca conoció a un prisionero más “truculento o argumentativo”. Cuando ella supo de su inminente liberación, ella se negó a irse de la prisión a menos que las autoridades declarasen, por escrito, que ella era “inocente de cualquier crimen o error político”. Ella insistió para que ellos ofrezcan “una disculpa por un arresto equivocado”, y tildó al anuncio oficial “una farsa y un fraude”.
Luego de casi siete años en la cárcel, ella declaró: “Permaneceré aquí hasta que una conclusión adecuada acerca de mi caso sea lograda”. Las autoridades se negaron y los guardias tuvieron que arrastrarla hasta sacarla de la prisión.
Es irónico que Cheng aprendió acerca del socialismo durante sus estudios en la London School of Economics, donde se convirtió en una izquierdista. En su ensayo “Las raíces de la crisis de China”, ella escribió: “Cuando leí un libro acerca de la Unión Soviética de Sidney y Beatrice Webb, yo pensé, ‘Qué maravilloso e idealista que suena el socialismo’”.
Luego, después de que su esposo había servido en Australia como un diplomático para el gobierno nacionalista, los Chengs tomaron la decisión de volver a China a fines de 1948. Ellos y muchos otros de sus amigos educados en Occidente se sentían atraídos por los llamados de Mao por una democracia, y querían ayudar a construir una nueva China.
En su ensayo, Cheng indica que mientras que ella había aprendido acerca de los ideales socialistas, tal como el aparente éxito de la planificación central y propiedad estatal de los soviéticos, sus profesores nunca hablaron de la “lucha de clases” o de las “realidades del gobierno comunista”.
Lo que ella descubrió fue que en una sociedad donde los individuos no tienen libertad económica y no hay un genuino Estado de Derecho, nadie esta a salvo del poder del estado. El Partido Comunista bajo el puño de hierro de Mao destruyó la sociedad civil y la cultura tradicional.
Mientras ella escribió Life and Death in Shanghai, una nueva China fue creada luego de la victoria comunista en 1949, pero no fue el ideal socialista que ella se había imaginado. En cambio, el partido creó “robots sin mente, librados de la carga de tener la capacidad de pensamiento independiente o una conciencia humana”. El éxito dependía del poder y la justicia desapareció. “El resultado fue un cambio fundamental en los valores básicos de la sociedad china”, escribió ella.
El lema de Mao era: “Denle duro a la más mínima señal de propiedad privada”. La propiedad de Cheng, incluyendo su colección de porcelana—de valor incalculable—fue confiscada. Su hija fue asesinada y su libertad fue destruida por el estado.
Mientras estaba en la cárcel en 1971, los prisioneros fueron reunidos y un oficial anunció: “Muchos de ustedes están aquí precisamente porque alabaron al mundo capitalista de los imperialistas y menospreciaron a la China socialista. Colocaron toda su esperanza en el mundo capitalista y creyeron que algún día el capitalismo prevalecería nuevamente en China”.
Hoy, la China continental es tal vez más capitalista que cualquier otro país, pero ahí hay un “capitalismo de compadres”. El país carece de derechos de propiedad privada íntegros, especialmente sobre la tierra; no hay una rama judicial independiente para proteger a las personas y a la propiedad del monopolio del partido sobre el poder; y la libertad de religión y expresión son severamente limitadas. La batalla por justicia que Cheng luchó todavía no se ha ganado.
En su libro, Cheng reconoció el significado de la visita del Presidente Nixon a China en 1972 y la importancia de involucrar a China. Ella presenció el progreso que la China continental había experimentado desde que Deng Xiaoping la abrió al resto del mundo en 1978. Ella entendió el rol crítico del comercio y la inversión para enlazar China al Occidente. Pero también entendió que, “A menos y hasta que un sistema político basado en la ley, en vez de en el poder personal, esté firmemente establecido en China, el camino al futuro siempre estará lleno de altos y bajos”.
Este artículo fue publicado originalmente en el South China Morning Post el 15 de noviembre de 2009.



























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