3 de febrero de 2012

Capitalismo de estado

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por Lorenzo Bernaldo de Quirós

Lorenzo Bernaldo de Quirós es presidente de Freemarket International Consulting en Madrid, España y académico asociado del Cato Institute.

Hace unas semanas, el semanario británico The Economist publicaba un reportaje sobre el auge del denominado capitalismo de estado y proclamaba su conversión en una alternativa al capitalismo liberal, sobre todo a su versión más cercana al ideal, la anglosajona. Cuando la economía del Hemisferio Occidental está sumida en la crisis y la del sudeste asiático parece inmune a ella, ha emergido un tópico “guadianesco”: El sistema de libre empresa está abocado a un declive irreversible. Esta letanía es la misma de los años treinta del siglo pasado. La Gran Depresión parecía extender un certificado de defunción al capitalismo y los totalitarismos eran la “solución”. Se repitió en la década de los ochenta de esa misma centuria. Japón Inc. iba a desplazar como primera potencia económica mundial a los Estados Unidos SA. Se recrea ahora. El siglo XXI es el de la hegemonía de China, símbolo del nuevo estatismo. Quienes se aferren a los principios de la libertad económica están condenados a la decadencia. Esta tesis es incorrecta.

El modelo de capitalismo de estado no es idéntico en todos los países ni se limita a Asia y el occidental tampoco es igual en la Europa continental que en el mundo anglosajón. Sin embargo, en todas partes, el primero tiene unas características similares. Mantiene algunos rasgos del capitalismo liberal en tanto dice reconocer y proteger los derechos de propiedad, el cumplimiento de los contratos y algunas actividades permanecen en manos privadas, y sometidas a las leyes del mercado. Esta es su principal diferencia con la planificación central. Pero en esencia, este modelo es sólo un reciclaje de lo que Mises definió como intervencionismo, esto es, un sistema económico en el que el poder político obliga a los propietarios de los medios de producción y a los empresarios a emplear sus recursos de manera diferente a como lo harían en ausencia de coerción estatal. En este marco, una élite esclarecida cree estar en condiciones de dirigir la economía y promover el crecimiento, manifestación paradigmática de la fatal arrogancia teorizada por Hayek.

Este tipo de capitalismo controlado puede tener éxito, incluso durante largos períodos de tiempo. Las economías atrasadas necesitan sólo acumular factores de producción, importar tecnología y combinarla con una mano de obra barata para poder vender sus productos en los mercados exteriores y crecer, eso sí, siempre y cuando, el resto de los Estados soporten un entorno de libre comercio y de libre circulación de capitales. El sistema dirigista necesita para sobrevivir y prosperar que los demás adopten en el plano de las transacciones internacionales unos criterios que él no asume o restringe en la esfera doméstica. A pesar de su aparente fortaleza, el capitalismo de estado tiene profundas fragilidades internas. El mundo cambia y, una vez que se avanza hacia la convergencia real, esto es, que la distancia entre su desarrollo y el de las economías ricas de Occidente se estrecha es muy complicado sostener los ritmos de crecimiento del pasado con los mismos planteamientos aplicados hasta ese momento. Por eso, el dirigismo no es capaz de construir un orden económico permanente.

Cuando los países de capitalismo de estado se acerquen a su frontera tecnológica de producción, se les planteará una cuestión crucial, decidir el camino a seguir. Para ello se enfrentan a un problema de información básico: Averiguar qué bienes y servicios van a ser demandados y cuales son los pasos a dar para mantener la capacidad innovadora y competitiva de sus empresas. Esta es una tarea imposible sin dejar funcionar al mercado con libertad. En el largo plazo, sólo éste ofrece los incentivos para elegir los “ganadores", es decir, aquellas empresas cuyos productos son atractivos para los consumidores. La adaptación a ese proceso darwinista de selección es incompatible con un Estado empeñado en dirigir la economía. El gobierno no es capaz de acumular y procesar el conocimiento preciso para asignar los recursos un modo eficiente. Este es el fallo estructural del socialismo real y de todas las modalidades de estatismo.

En los países en los cuales el éxito o el fracaso de las empresas dependen de los favores del gobierno el peligro de corrupción se dispara o, mejor, se vuelve inevitable. Las compañías buscan sutiles y no tan sutiles vías para obtener el apoyo del poder político. Esta perversa alianza entre la política y las empresas es el ADN del capitalismo de estado. Conduce antes o después a realizar una mala asignación de los recursos y a ralentizar el crecimiento. China ha progresado muy rápido en los últimos decenios pero lo habría hecho mucho más sin corrupción y lo hará menos en el futuro a causa de ella. De hecho, la economía del antiguo Imperio del Centro comienza a mostrar claros síntomas de pérdida de dinamismo. En 2012, su crecimiento se reducirá a la mitad.

Por otra parte, una vez el Estado ha comprometido sus recursos y su prestigio en determinadas aventuras empresariales o industriales, le resulta muy difícil dar marcha atrás aunque sea evidente la necesidad abandonarlas si han perdido su posición competitiva o restructurarlas para recuperarla. Los gobiernos no quieren “perder la cara” y, además, el entramado de intereses políticos y económicos beneficiados por el statu quo frena su capacidad de renegar de su estrategia intervencionista. El resultado es una concentración de inversiones en actividades improductivas y la imposibilidad de orientarlas hacia aquellas que no lo serían. De nuevo, esta es una losa sobre el potencial de crecimiento de los modelos dirigistas.

En suma, el denominado capitalismo de estado no es capaz de consolidar un sistema socio-económico estable a causa, diría un marxista, de sus contradicciones internas. Con independencia de sus éxitos momentáneos es incapaz de ofrecer niveles de libertad y prosperidad superiores a los del capitalismo competitivo. La superioridad innata de éste radica en su capacidad de adecuarse al cambio y eso es imposible para los modelos intervencionistas, incluida su versión china. El desafío a Occidente no procede del capitalismo de estado sino de su progresivo alejamiento de los principios de libertad económica que sentaron las bases de su prosperidad.