21 de agosto de 2007
Agua y educación: El fracaso del estado peruano
por Ian Vásquez
Ian Vásquez es Director del Centro para la Libertad y la Prosperidad Global del Cato Institute.
Las torres de agua en las afueras de Lima, Perú dicen “Agua es salud, cuídala”. Para muchos residentes de Villa El Salvador, una de las barriadas más famosas de la capital, esa frase es una cruel broma. Muchos le han pedido agua al estado por décadas, sin lograr resultado alguno. Un millón de los ocho millones de habitantes de Lima no tienen acceso a agua limpia.
El monopolio de agua—el cual pierde alrededor de 40% de su agua mediante tuberías con fugas o de otras maneras no facturadas—es solo una de las tantas evidencias monumentales de la incompetencia estatal en el Perú. A los peruanos se les recordó otro ejemplo el mes pasado cuando el sindicato de maestros dirigido por comunistas hizo huelga, paralizando a las escuelas y desatando violencia a lo largo del país. El sindicato estaba protestando por una ley que requería que los profesores sean evaluados y que se les obligue a rendir cuentas de su competencia. Una evaluación realizada a principios de este año descubrió que un tercio de los profesores son deficientes con respecto a comprensión de lectura y que alrededor de la mitad de los profesores no pueden realizar matemáticas básicas.
El control del sindicato en las escuelas es la principal explicación del fracaso de la educación pública, de acuerdo al Instituto Peruano de Economía, el cual reporta que alrededor de la mitad de los jóvenes de 15 años carecen de una capacidad de lectura mínima. Finalmente, el sindicato accedió a suspender temporalmente su huelga mientras que negocia con el gobierno.
Sin embargo, aquellos que son más afectados por la crisis en la educación y del agua—los peruanos pobres—no se han quedado con los brazos cruzados. Están demandando soluciones privadas. De hecho, durante mis visitas a una de las partes más pobres de Villa El Salvador en los últimos dos años, he aprendido por qué los residentes comenzaron a protestar ante las oficinas estatales para demandar que se privatice Sedapal, la empresa estatal de agua de Lima. Los líderes de la comunidad y los residentes explicaban que se cansaron de ser ignorados por Sedapal. A ellos se les habían unido residentes de otras barriadas que rodean a Lima.
En una de estas protestas de cientos de personas de la barriada de Carabayllo ante el Ministerio de Finanzas el año pasado, Adolfo Peña Olivos dijo al Diario Correo que “Somos 116.000 familias de 120 asentamientos humanos que no tenemos agua ni desagüe desde hace más de diez años y muchos niños y ancianos se han muerto porque Sedapal no tiene los recursos para aliviar nuestras necesidades”.
Los pobres de Lima tienen la razón acerca del potencial del sector privado para satisfacer sus necesidades de agua—ellos pueden ver por si mismos cómo las empresas privadas han hecho que la electricidad, los teléfonos y la televisión de cable esté disponible en sus barrios. Tal como José Manuel Saavedra, director de CITPeru, una ONG local, observa irónicamente, las comunidades pobres tienen acceso al Internet pero no al agua.
Los pobres saben, también, que el precio que pagan caería dramáticamente con la privatización. El agua que ahora compran de tanqueros poco higiénicos cuesta entre 10 a 15 veces más que el agua de la red. En Guayaquil, Ecuador, una privatización realizada en 2001 ha reducido el precio de agua por un 90% para 275.000 personas pobres porque sus casas ahora están conectadas a la red formal de agua. El agua administrada por empresas privadas también puede salvar vidas, como ha sido el caso alrededor del mundo en desarrollo incluyendo Argentina, donde la mortalidad infantil se redujo en un 26% en las áreas más pobres donde se privatizó el agua.
Por casualidad, durante mis visitas aprendí que el rechazo de los servicios públicos se había extendido a la educación también. Un día, una mujer en Villa El Salvador me confirmó que el edificio grande que se veía a la distancia era una escuela pública y agregó que ella no manda a su hijo a esa escuela. En cambio, su hijo va a una escuela privada que cobra una pensión. “Duele, pero vale mucho la pena”, explicó ella.
Estando algo sorprendido, le pregunté si muchos padres hacían eso. Ella estimó que por lo menos la mitad de ellos lo hacen. Estando parados en una loma empolvada desde la cual se veía el pueblo, con el olor fétido del desperdicio humano contaminando el aire, la señora me señaló varios edificios en los cuales escuelas privadas del sector informal estaban educando a los pobres.
Resulta que las barriadas del Perú están llenas de estas escuelas privadas con fines de lucro. Aún así hasta donde yo se, el fenómeno no ha sido estudiado cuidadosamente. La evidencia anecdótica es, no obstante, consistente con el trabajo sin precedente del Profesor James Tooley de la Universidad de Newcastle, quien documentó cómo las escuelas privadas en las barriadas de África e India educan a la mayoría de los niños de esos barrios. El Sr. Tooley descubrió que los estudiantes de las escuelas privadas se desempeñaban notablemente mejor académicamente que aquellos de las escuelas públicas, y las escuelas privadas salían mejor posicionadas en gran parte de los indicadores, incluyendo la asistencia de los profesores.
Lo mismo parece suceder en el Perú. La única escuela primaria que visité, San Vicente de Paúl, ofrecía clases a 30 niños a un costo de alrededor de $12 al mes. Sus varias clases eran limpias y ordenadas, y se veían muy bien provistas. La escuela hasta tenía 10 computadoras conectadas al Internet y una pequeña área de juego. La principal queja de la promotora Ariela Roque, sin embargo, era que su escuela carecía de un título de propiedad, por lo tanto esto obstaculizaba su expansión.
De esta manera las personas en las invasiones de Lima dependen de su astucia para superar los numerosos obstáculos impuestos por el gobierno. Su pensamiento todavía es, como el antropólogo William Mangin, uno de los primeros en documentar las abundantes economías informales de las barriadas de Lima, lo describió hace aproximadamente 40 años: “Similar a las creencias del operador de un pequeño negocio en la Inglaterra o en EE.UU. del siglo diecinueve…Trabaja duro, ahorra, confía solo en tus familiares…se más listo que el Estado, vota de manera conservadora si es posible…educa a tus hijos para su futuro y a manera de seguridad para tu vejez”.
Aún en un país en el que el gobierno es disfuncional y ampliamente más grande que aquel de la Inglaterra del siglo diecinueve, esos valores podrían servir como una buena guía de desarrollo. Más gasto público del tipo que el Presidente Alan García ha iniciado en proyectos de agua en Villa El Salvador no darán resultado. Como CITPeru indica, Perú no tiene los recursos ni remotamente para gastar los $2.000 millones necesarios para satisfacer las necesidades de agua de Lima a menos que haya inversión privada.
Las nuevas tuberías de agua del gobierno estarán secas la mayoría del tiempo. Es hora de que el gobierno reconozca la dignidad de los pobres de Lima confiando en las soluciones de ellos.
Este artículo fue publicado originalmente en el Wall Street Journal el 20 de agosto de 2007.
Este artículo ha sido reproducido con el permiso del Wall Street Journal © 2011
Dow Jones & Company, Inc.
Todos los derechos reservados.



























Promueva ElCato.org
ElCato en Twitter
ElCato en Facebook
Colección Milton Friedman
Premio Friedman